Último artículo dominical: “Simón Satán”

Cuando el Jordán es joven, y se precipita entre cascadas y rápidos por las altas tierras del Golán, se convierte para nosotros en memoria del paso de Jesús con sus discípulos por aquellas tierras lejanas a Jerusalén, gobernadas por Filipo, hijo de Herodes.

Allí, Jesús ha cambiado el nombre de Simón por el de Pedro, porque él supo comprender que Jesús es Mesías e Hijo. No han pasado unos minutos, no se ha avanzado ni un palmo de camino, cuando Jesús llama a Simón Satanás.

Un nuevo nombre para el discípulo. Simón ha de ser Piedra para la comunidad que nace pero, en estos momentos, está siendo Satán para Jesús. ¿Por qué llama así Jesús a su discípulo?

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Clavo y roca

En la iconografía cristiana, san Pedro suele ser representado como un hombre mayor, con barba, generalmente calvo, y con unas llaves en su mano derecha.

El símbolo de las llaves proviene del evangelio según san Mateo, en el corazón del relato, cuando Simón confiesa a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, y Jesús llama a Simón Piedra y le da las llaves del Reino.

Pero Jesús no fue original en la simbología de las llaves: la toma del profeta Isaías que, en nombre de Dios, pronuncia un oráculo sobre el mayordomo del palacio del rey. Se instituye un nuevo mayordomo, por la infidelidad del antiguo, y se le inviste para el cargo: la túnica, la banda y la llave del palacio, como signo de su autoridad.

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Dios para todos

Uno de los misterios más grandes de los inicios del cristianismo es la universalización de una alianza que se fundamentaba en una elección.

Abrir la religión de Israel a todos los pueblos, ¿no significaba desvirtuar la base misma de la fe bíblica, es decir, la alianza con un pueblo, la elección de Abraham y sus descendientes? Para muchos investigadores, fue esta universalización la clave de la separación entre la Iglesia y la sinagoga, significó la definitiva des-judaización del cristianismo.

Si este hecho parece una contradicción, ¿por qué se llevó a cabo? ¿Quién fue el sujeto de esta separación? Más aún, al hacerlo, ¿no se está cambiando la voluntad misma de Dios, del Dios de Abraham?

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A solas al atardecer

Ha terminado el milagro. Es necesario despedir a la multitud. Los discípulos suben a la barca: ¿para regresar al hogar? ¿Para iniciar su tarea de pesca en la noche? La multitud vuelve a las aldeas, los discípulos surcan el lago, Jesús se dirige al monte. A solas, para orar.

Junto a la oración oficial del pueblo, de la que Jesús participó desde pequeño, existe también una oración personal. Toda persona religiosa, de cualquier creencia, se siente llamado a esta personalización de la relación con Dios. Jesús frecuentó este trato personal con Dios, seguramente, como nadie en la historia.

Esta práctica nos habla del profundo sentido religioso de la persona y la misión de Jesús. El Maestro de Galilea hacía milagros, predicaba en parábolas, comía con los pecadores, pero todos sus actos estaban marcados por su relación con Dios. A menudo, los investigadores más expertos en los evangelios olvidan esta dimensión fundamental de quien era profeta, taumaturgo, Mesías y muchas cosas más: él era, ante todo, un hombre de Dios.

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