Hacia el Domingo…17 de junio de 2018: “DE SEMILLAS Y REYES”

Creo que todo el mundo sabría responder a la pregunta sobre lo esencial del mensaje de Jesús de Nazaret. “¿Qué predicó Jesús?” El Reino de Dios diría cualquiera que haya leído alguna vez los evangelios. Más difícil es saber en qué consiste ese Reino que Jesús predicó.

Si leemos despacio las parábolas, las bienaventuranzas, los pequeños dichos sapienciales, más que encontrarnos la explicación concreta de los contenidos del Reino, vemos que se nos habla de sus destinatarios privilegiados, de la autoridad con la que Jesús lo enseña y, sobre todo, del cariño con el que lo instaura el Rey de Israel que se hace ahora rey de todos.

En las parábolas aprendemos que el Reino se parece, ante todo, a una semilla. Semilla pequeña que se hace arbusto grande; semilla poderosa que crece por sí misma; semilla que ha de ser acogida por la tierra y que ha de morir para poder dar fruto. Las parábolas nos hablan de los personajes del Reino, nos acercan más al “quién” que al “qué” del mensaje de Jesús. ¿Por qué?

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Hacia el Domingo…9 de junio de 2018: “EL CORAZÓN DE JUNIO”

“El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo, ¿quién lo conoce?” Son palabras pronunciadas y escritas hace dos mil seiscientos años. Los profetas de Israel supieron profundizar en el misterio del hombre y su libertad. Mucho antes que los grandes filósofos de Grecia. ¿De dónde les venía esa lucidez? ¿Desde dónde observaban la interioridad del ser humano? Desde la atalaya de la fe en un Dios único que ama al hombre.

Jeremías, y otros antes y después que él, supieron ver la clave del problema del pueblo en el corazón, en la persona, en su libertad, en sus decisiones responsables, en sus pasiones no educadas.

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Hacia el Domingo…3 de junio de 2018: “TU COMPROMISO”

Como cada año, con motivo de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo –el Corpus–, Cáritas realiza una campaña de sensibilización. Este año, el lema elegido ha sido “Tu compromiso mejora el mundo”.

La palabra “compromiso” significa, según el diccionario, “obligación contraída, promesa hecha”. Esta promesa puede entenderse en sentido positivo o negativo: la palabra puede significar, sin más, “dificultad”; o, por el contrario, puede tener un aspecto tan positivo que pasa a significar “capacidad de entrega ante cualquier decisión libremente aceptada”. Todos estos matices, al menos, puede tener la palabra compromiso.

Cuando hacemos algo “por compromiso” queremos decir que no nos queda más remedio, que es una obligación tolerada por nosotros, pero ante la que no somos libres; es algo que no nos gusta, que no querríamos hacer, pero que debemos cumplir por alguna razón ajena a nuestra libertad a la que no podemos sustraernos.

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Hacia el Domingo…27 de mayo de 2018: “LA CABAÑA”

Hace más de mil cuatrocientos años nuestros antepasados construyeron junto al Duero una pequeña iglesia, obra maestra del arte visigodo que ha llegado hasta nosotros: la iglesia de san Pedro de la Nave. Los expertos quieren ver, en las tres alturas que se observan desde fuera del templo, una afirmación clara de la fe trinitaria de los visigodos, tras la unificación de España en torno al catolicismo, superadas las divisiones con los arrianos.

No es la única iglesia en la que la arquitectura pretende insinuar el misterio de la Santísima Trinidad. También lo ha intentado, de forma aún más explícita, el arte de la pintura. El ejemplo más famoso es el icono de la Trinidad de André Roublev. Fue pintado en los comienzos del siglo XV para el iconostasio del monasterio de la Trinidad, cercano a Moscú. El misterio de Dios es insondable y su rostro se escapa a nuestra mirada; pero el Eterno ha bajado hasta nosotros y, en el rostro encarnado del Hijo, podemos contemplar el misterio de Dios.

Roublev se sirve de una escena del Antiguo Testamento, la Filoxenía de Abraham, su hospitalidad. Esta escena había sido entendida tradicionalmente en la Iglesia como manifestación misteriosa de la Trinidad. Roublev quita a Abraham y a Sara de la escena, deja solo los tres ángeles, los tres peregrinos misteriosos: quiere que el orante se concentre en el misterio de Dios que, a través de la mirada, nos introduce en su naturaleza de amor.

La copa es el corazón de la escena: en ella se refleja el rostro humanado y crucificado del Hijo. La Trinidad se ha acercado en el misterio pascual como salvación del hombre. Por eso, la redención pasa por la copa de la Trinidad; la misma oración no es nada si no accede a Dios a través de la copa del Hijo: para nosotros, Dios es misterio eucarístico.

El arte del hombre busca siempre trascender y se atreve a arañar el misterio. Más allá de la escultura y la pintura, también el cine ha querido ayudarnos a buscar la Trinidad. “La cabaña” es una película original, y se parece mucho al icono de Roublev. Dios invita a un hombre desesperado a su propia intimidad: el sufrimiento vuelve a ser el lugar adecuado para el encuentro. La vida humana está llena de misterios, que no son sino posibilidades de acceso a la realidad más honda que no podemos controlar.

Dios es representado como padre-madre, como madre sobre todo. Esto ya lo han dicho los últimos papas, y también lo dijeron los antiguos profetas, como Oseas o Isaías. “Adonai” ha sido el nombre elegido para definirlo. El Hijo era más fácil de representar: un varón con barba, Jesús de Nazaret. El Espíritu Santo era, probablemente, lo más difícil de representar; la elegida ha sido una mujer joven, con rasgos asiáticos que invitan al misterio. Se trata de representar la luz, el amor, la belleza, la serenidad, la vida. “Ruah” es su nombre, la palabra espíritu en hebreo.

Cada uno de ellos realiza una tarea diferente. Dios-madre está, sobre todo, en la cocina: amasa la harina, como el alfarero amasa todo el barro de nuestra existencia, como el Padre amasó la carne del Hijo para que nos sirva de alimento. El Hijo, claro está, realiza obras de carpintería. Y el Espíritu, “Señor y dador de vida”, se dedica a cuidar el jardín, lugar de vida y de belleza. Ese jardín –se le revela al protagonista– es su misma alma, su vida, su historia, su ser. El Espíritu moldea el caos de nuestra vida interior para llenarlo de belleza y fecundidad, él es jardinero callado de nuestros rincones más ocultos y hermosos.

Es evidente que la Trinidad no es lo que nos muestra la película, como tampoco es una estructura tripartita en una iglesia o tres ángeles representados en torno a una mesa. En cine, posiblemente, es mucho más difícil representar a Dios que en la pintura. La película tiene sus defectos y sus límites; pero me parece de un atrevimiento afortunado. En el fondo, estamos rodeados de guiños y signos del amor de Dios, de su comunión eterna abierta a nosotros.

Manuel Pérez Tendero