BAJO UNA SINAGOGA BLANCA

“Los restos de la sinagoga de Cafarnaúm conforman uno de los lugares más dignos de ser visitados en Palestina”. Así se expresaba un famoso arqueólogo en el siglo pasado. Gran edificio público, construido con piedra blanca caliza, traída desde lejos; dinteles bellamente labrados, columnas esbeltas: en el siglo cuarto de nuestra era una gran comunidad judía construyó un bello edificio junto al lago de Galilea. La piedra blanca resalta aún más entre los restos del poblado antiguo, todos ellos de basalto negro, piedra abundante en la región.

La entrada está orientada hacia el sur, hacia Jerusalén. Ahí se leía la Ley y todos los participantes oían la palabra con el cuerpo, la mirada y el corazón orientados hacia la ciudad santa.

Uno de los adornos más bellos de la sinagoga es un bajorrelieve de un arca de la alianza –lugar donde se guardaban los rollos de la Ley– con ruedas. Es algo más que una mera cuestión práctica: la Ley se mueve con los creyentes, Dios se mueve y camina con su pueblo.

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Hijos del Trueno

Santiago siempre nos habla de camino. Las dos tradiciones españolas sobre este “hijo del trueno”, hermano de Juan, así lo atestiguan.

Su presencia en Compostela, como meta que puso en pie a muchos europeos y, de esta manera, hizo nacer el espíritu de España y Europa. Pero también la tradición de Zaragoza, en el pilar junto al Ebro: un apóstol venido de lejos –como más tarde hará san Pablo– para transmitir un tesoro que le cautivó a él en las otras orillas del Mediterráneo. Un apóstol tentado y cansado, pero que vence las dificultades con la ayuda de la discípula-madre, que da firmeza y esperanza a la tarea del apóstol.

La impresión que tenemos en los comienzos del tercer milenio es que escasean los peregrinos. ¿Por qué? El peregrino es aquel que busca algo y se pone en camino para encontrarlo, sin quedarse en los atractivos o las dificultades del recorrido. Tal vez, el hombre de hoy, el europeo de hoy –quizá el mismo cristiano medio de hoy– ya no busca nada, ha perdido sus inquietudes más profundas; sus interrogantes más humanos se ahogan en la trastienda de sus necesidades más inmediatas.

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PEREGRINOS SIN MIEDO

A quienes se van a ir de peregrinación a TIERRA SANTA.

Con motivo de la próxima peregrinación a Tierra Santa de algunos feligreses de nuestra parroquia, que se unen a las parroquias de Daimiel, ofrecemos este artículo del episcopado italiano.

(L’ Osservatore Romano del 24 de Julio 2015, Edición cotidiana, página 6. Traducción: Vicente Ruiz-Blanco)

“Son numerosos los viajes organizados por las diócesis italianas a TIERRA SANTA. PEREGRINOS SIN MIEDO”

JERUSALÉN, 23. Los peregrinajes son importantes y  << nosotros los obispos deberíamos dar ejemplo. Hay tantos motivos para caminar, para no rendirse, deberíamos recordar que ciertamente gracias a la peregrinación, muchos vuelven a la fe, y además se trata de un modo concreto de ayudar a los cristianos de Tierra Santa>> No dejar que el miedo nos venza y partir con fe: este es el mensaje lanzado por algunos prelados italianos que también este verano han escogido organizar una peregrinación a Jerusalén con su propia diócesis. Entre esos, el obispo de Grosseto, Rodolfo Cetoloni, que estará en Tierra Santa desde el 20 al 27 de agosto con cuarenta y cinco fieles. <<Hoy – declaró a Tierrasanta.net – a los temores sobre la seguridad, que me parece francamente excesivos, para algunos se ha añadido la dificultad de afrontar los costes del viaje. Pero deberíamos recordar que la peregrinación a Tierra Santa es única>>.

 Este año ha sido el empeoramiento del conflicto en Siria lo que ha alimentado los temores. El resultado es la constante disminución de  los viajes, los hoteles vacíos incluso en temporada alta, el sistema turístico en crisis. Y, como consecuencia, la tentación para muchos cristianos árabes, que se han quedado sin empleo, de emigrar abandonando la Tierra Santa. Una crisis aún, superable, visto que la situación en los lugares santos es de total tranquilidad.

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EL MURO DERRIBADO

“Ningún extraño podrá entrar en el recinto protector alrededor del santuario y quien fuera atrapado allí únicamente tendrá que culparse a sí mismo por su consiguiente muerte”.

Así reza una de las dos inscripciones escritas en griego que se han encontrado en el antiguo templo de Jerusalén, del siglo I de nuestra era. La mejor conservada está en el museo de Estambul.

En el grandioso y concurrido templo que Herodes el Grande construyó, ampliando el segundo templo judío de la época persa, había una gran cantidad de pórticos y atrios. Sabemos que una balaustrada de altura media separaba el atrio de los gentiles de las zonas reservadas a los israelitas. Los no judíos podían entrar al templo, pero hasta un cierto lugar. Santidad significa separación, distancia. La trascendencia de Dios era significada por toda una serie de separaciones, bien visible en la construcción del templo, donde quedaba preservado de toda presencia humana el sitio más sagrado, el santuario, el lugar simbólico donde Dios habitaba en la tierra. En aquel recinto, solo el sumo sacerdote podía penetrar, y solo un día al año: la fiesta de la Expiación.

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