La Fuerza de un Nombre

Todavía se puede visitar en el monasterio de santa Catalina, a los pies de la montaña llamada jebel Musa –monte de Moisés–, la zarza que habría visto Moisés arder sin consumirse.

Desde los orígenes de nuestra era, esta cima al sur del Sinaí fue identificada con el monte Sinaí, el monte sagrado de Moisés y el pueblo de Israel. Quizá era ya una montaña sagrada para las tribus madianitas, en cuyas tiendas el hijo adoptivo de la hija del faraón había encontrado refugio y se había casado.

Como sus antepasados, este hombre nacido y criado en Egipto se convierte en pastor; vuelve a los orígenes nómadas de su pueblo. Recorriendo las tierras de los madianitas con su rebaño, un signo llama su atención y se acerca. Será la montaña de la ley y la alianza; pero, por ahora, es solo una etapa para el ganado. Allí, en el corazón de su trabajo, cuando ha encontrado estabilidad después de su ajetreada vida en Egipto, Dios le sale al encuentro.

¿Qué tiene el desierto para que allí sea más fácil toparse con lo absoluto? ¿Qué tienen su vacío y su vida al límite para que se comprendan mejor las claves de lo humano? ¿Qué tiene su silencio que permite escuchar voces más allá de los propios pensamientos?

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AVISO: Semana de la Misericordia.

-Viernes 4 de Marzo a las 21:00 h:
VIGILIA DE ORACIÓN. Parroquia de San Pedro.

-Sábado 5 de Marzo:
CELEBRACIÓN PENITENCIAL JUBILAR. Catedral.
Horario de 17:00 a 19:00 h.

Del lunes 7 al Miércoles 9 de Marzo:
CONFERENCIAS CUARESMALES
Salón del Colegio Hermanos Garates (entrada por Ramirez de Arellano) a las 20:00 h.

1. El crucificado que perdona.
D. Lorenzo Trujillo

2. Parábola del hijo prodigo
D. Manuel Pérez

3.Parábola del Buen Samaritano
D. Joaquín Gutierrez

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Hay otra forma.

Las furgonetas suben de forma vertiginosa desde las afueras de Daburiyya hasta la cima del Tabor. Allí espera el bien cuidado convento franciscano que custodia la memoria de la transfiguración de Jesús. Una iglesia moderna, de las más bellas de Tierra Santa, está dedicada al acontecimiento; debajo, otras construcciones más antiguas donde ya cristianos de otros siglos subieron a buscar el rostro de Jesús, como en los orígenes lo hicieron Pedro, Santiago y Juan.

Una iglesia bella para custodiar un acontecimiento que expresa la belleza del fundador del cristianismo: el rostro de Jesús y sus vestidos eran pura luz, belleza de Dios entre nosotros.

El camino hacia Jerusalén podía parecer una dura subida marcada por la tragedia, lo era; pero, en lo profundo, era un itinerario de construcción del rostro humano del Hijo de Dios, era un moldeado de su carne asumida para poder mostrar el Espíritu. Toda la vida de Jesús, desde la encarnación a la resurrección, fue un proceso de espiritualización de la carne, de divinización de lo humano, de transformación artística hacia la belleza más perfecta.

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