La mano en el arado.

“El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios”. Respuesta firme de Jesús a uno que quería ser discípulo y solo le pidió despedirse antes de su familia, como había hecho Eliseo, siglos antes, al convertirse en discípulo de Elías.

Jesús quiere marcar el contraste entre Elías y el Reino, entre el pasado y el presente: han llegado los tiempos definitivos y todo queda relativizado por la urgencia del Reino.

Mirar para atrás, mirar lo que dejamos, mirar hacia todo lo nuestro: en el fondo, es dejar el corazón prendido en lo pasado y no atrevernos a caminar hacia lo nuevo, compartiendo el proyecto de Dios.

¿Hacia dónde estamos mirando los españoles de hoy? ¿Hacia dónde dirigen su mirada los europeos en esta hora incierta de nuestra historia? Sobre todo, ¿hacia dónde miramos los cristianos que hemos recibido, de la mano del Maestro, el arado del Reino para trabajar en los campos de nuestra época?

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Y vosotros.

Las dos últimas semanas, los textos bíblicos que han resonado en nuestras eucaristías nos han presentado a Jesús como profeta. Gracias a la resurrección del hijo de una viuda, el pueblo aclama a Dios y dice: “¡Un gran profeta ha surgido entre nosotros, Dios ha visitado a su pueblo!”. La semana pasada, en casa de Simón, la pregunta sobre la misericordia se convertía en la pregunta sobre Jesús profeta: “Si este fuera profeta…” ¡Este es profeta, misericordia cercana y tangible que hace posible el perdón!

Hoy, el tema vuelve centrarse también en Jesús, en el misterio de su persona. La pregunta es explícita: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Las respuestas parecen ser un eco de lo que acabamos de decir sobre las escenas anteriores: todos han sabido descubrir, de una forma u otra, la dimensión profética del misterio de Jesús. Lo comparan con Elías, con Juan Bautista, con los antiguos profetas. Pero los discípulos van más allá: la dimensión profética no es suficiente para conocer a Jesús de Nazaret. Los que viven con él, los que escuchan de cerca su palabra, los que se han hecho seguidores suyos lo proclaman como Cristo, Mesías de Dios.

Jesús es el que ha sido tocado por Dios, ha recibido el aceite del Espíritu para convertirse en enviado personal de todo el amor del Padre. Él es profeta, pero el definitivo.

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En casa de Simón

Simón y Jesús, anfitrión e invitado. Están a la mesa. En el corazón de la comida, la conversación gira en torno a un ejemplo puesto por el invitado, una pequeña parábola: “Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?”

¿Cuál es el significado de esta parábola? Las parábolas, en principio, no fueron contadas para ser explicadas, sino para explicar una situación. Con la parábola, se busca la participación del oyente en la transmisión del mensaje. Simón tiene que responder a Jesús, y lo hace correctamente: se implica en la parábola y, con ello, sin darse cuenta, se está implicando en la situación real, forma parte del mensaje que va a recibir. Hablando de otros, Jesús está hablando de él y de Simón; gracias a la ficción, se está interpretando la vida, la situación concreta y paradójica que ambos están viviendo en torno a la mesa.

Simón es fariseo, buena persona, religioso, cumplidor. Nada nos invita a pensar que sea hipócrita, orgulloso o algo parecido. Jesús ha aceptado su hospitalidad. La pecadora, en cambio, es lo contrario: pecadora pública en la ciudad; nada nos dice el evangelista sobre su bondad u otras cualidades humanas: se la presenta, sin más, irrumpiendo en la casa de Simón, interrumpiendo la comida.

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