Caminante Ignacio

En el corazón del verano, todos los años, nos encontramos con la figura de Ignacio de Loyola. Un hombre que buscó la notoriedad y, al convertirse, quiso mirar la vida desde el otro lado: la ribera del mendigo, del peregrino que todo lo espera del otro para poder seguir su camino. “Siendo rico, se hizo pobre”, como san Pablo había dicho de Jesús de Nazaret. También era rico en ambición Ignacio. Pero lo dejó todo porque se encontró con Cristo. En su autobiografía se designa así, como “peregrino”, sin apellidos de renombre familiar ni logros eclesiales.

Muchos peregrinos se movían entonces por Europa. Algunos de ellos, bastante acomodados: caminaban con cierta seguridad, con bienes y servidores. Pero muchos caminaban a la intemperie, buscando hacer penitencia por los caminos de la fe. Las metas estaban claras: Compostela, Roma y Jerusalén.

Ignacio lo descubrió con claridad: convertirse a Cristo era hacerse peregrino; había que buscar el milagro de lo cotidiano, sin hacer más planes que la búsqueda de la providencia sencilla en el tiempo que Dios nos regala. ¿Dónde ir, si solo Cristo era el camino? A Jerusalén.

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Europa

Ayer celebrábamos a santa Brígida, venida desde Suecia hasta Roma para dar testimonio de un tenor de vida femenino y cristiano. Mujer casada y, más tarde, religiosa fundadora. Es compatrona de Europa.

Mañana recordaremos a Santiago, hijo de Zebedeo, patrono de España. Su sepulcro, desde la edad media, ha dado a los europeos un rumbo común que les ha ayudado a construir el proyecto, hoy en crisis, que llamamos Europa.

Europa no es una realidad geográfica, no es algo dado, previo, que hemos de dar por supuesto. Ha sido una aspiración, un sueño, una construcción larga, un camino con dificultades. Una construcción cuyo símbolo podría ser el románico, con su arquitectura armoniosa y recogida, de medidas muy humanas y con capacidad para albergar el misterio. Un camino cuyo símbolo podría ser el Camino, recorriendo montañas y mares con la meta en el límite, en un sepulcro ungido de un apóstol de aquel Maestro que vivió en el otro confín del Mediterráneo.

La construcción no ha terminado, el camino no ha finalizado. Atacada desde fuera como nunca, en el corazón de su bienestar, Europa puede apreciar con mayor claridad su crisis interna.

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Marta

La gramática es puerta hacia la teología. Los fundadores de nuestras universidades lo sabían muy bien. La matemática, la literatura, la medicina; todo lo humano es ayuda para la trascendencia, porque trascender es una de las realidades más humanas.

Antes de hacerse carne la Palabra, ya se había hecho literatura: narración, poesía, palabra firme en boca de los profetas. Olvidar la gramática es desconocer la Palabra, ahí radica el mayor de los peligros de la religión: el fundamentalismo.

Por eso, lo humano, la poética, los géneros literarios, el estudio de la narratividad, nos ayudan a escuchar la voz del Maestro que nos habla en la Biblia. Quien busca, sin matices, la palabra de Dios en los textos bíblicos, guiado solo por su intuición o sus devociones particulares, no encuentra la voz de Dios, sino sus propias ideas. Hay que empezar por fuera para llegar bien dentro, hay que descender a lo más cotidiano para trascender a lo más sublime.

Uno de los ejemplos donde mejor podemos aplicar esta regla es en el episodio conocidísimo de Marta y María. Hermanas de Betania, representan ante Jesús dos actitudes diferentes; pero entenderíamos de forma insuficiente el texto si no tenemos en cuenta su dinámica literaria, sus claves narrativas, su aspecto más humano y gramatical.

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AVISO

Este jueves, 14 de julio, a las 20:30 h. tendremos la misa por Manuel Pérez Bermudez, el padre de nuestro párroco Manuel Pérez Tendero.