Aprender comiendo.

Desde Babel, el gran reto de la humanidad es la comunión. En el matrimonio, en las familias, en la ciudad, en los países, en las relaciones internacionales. En la Iglesia. Por desgracia, muchas de nuestras leyes y la mayoría de nuestros esfuerzos están encaminados a gestionar rupturas.

Convivir, aprender a amar, compartir tiempos y espacios, fracasos y proyectos, es la gran tarea del ser humano sobre la tierra. Y no es fácil. Fundar bien la comunión y aprender a restaurarla son, tal vez, las claves de nuestro futuro.

¿Cuál es la raíz, la condición de posibilidad de una comunión enriquecedora en igualdad? Escribiendo a los primeros cristianos europeos, en la ciudad de Filipos, san Pablo les invita a fundar la comunión en la humildad.

También la palabra que este domingo nos propone la liturgia tiene que ver con la humildad; y con la gratuidad. Son lecciones que Jesús propone en el contexto de una comida.

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La otra España.

Finalizan los Juegos Olímpicos y dejan su huella en forma de medallas y emociones. Los Juegos sirven siempre para invitarnos a redescubrir otros deportes más allá del fútbol. Deportistas que se preparan en la sombra durante años, sin publicidad ni grandes presupuestos, sin baños de multitudes ni reconocimientos públicos. Ahí están sus resultados.

No es bueno mitificar nada, pero es gratificante comprobar que aún existe el amor por el deporte más allá de los presupuestos millonarios y el baño de masas.

Muchos españoles tenemos mucho que aprender de estos compatriotas nuestros que se convierten en ejemplo de disciplina y superación. En estos días, nos viene inmediata la imagen de los políticos; pero no son solo ellos los que tienen que aprender de nuestros deportistas.

En primer lugar, estos otros deportistas saben que es posible perder, y saben hacerlo felicitando a quienes les ha derrotado. Es reconfortante la imagen del abrazo final entre dos contrincantes que se ha repetido jornada tras jornada. Ganar no es humillar al contrario; perder no significa quedar herido en el resentimiento y la descalificación hacia quien ha ganado. De otra forma nos irían las cosas si aprendiéramos a competir, a ganar y a perder, de la mano de la mayoría de nuestros deportistas. Buscar ganar y saber perder: ahí está la clave de los grandes; saber ganar sin humillar a nadie.

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En el corazón del valle.

Todos los peregrinos de Tierra Santa dedican una mañana a visitar el monte de los Olivos. La visita empieza en lo más alto, junto a la torre de un convento de monjas ortodoxas. Allí está la pequeña cúpula de la Ascensión. Fue convertida en mezquita, pero no fue del todo destruido el pequeño edificio que los cruzados construyeron, sobre otros edificios más antiguos, para recordar la ascensión de Jesús, cuarenta días después de resucitar.

Allí se encuentra la pequeña piedra que conserva, según la tradición, la última huella de Jesús en la tierra. Desde san Ignacio de Loyola, muchos son los peregrinos que se afanan por descubrir la orientación de esa huella. Mirando, es posible que no nos demos cuenta que la huella verdadera del Resucitado no está en la piedra, sino en nuestras carnes de creyentes, labrada con el fuego de la fe.

Después de pasar por otras muchas iglesias –el monte de los Olivos ha estado cubierto de monasterios desde los primeros siglos del cristianismo–, se llega a lo más hondo del valle del Cedrón, que separa el monte de la ciudad de Jerusalén. Desde lo más profundo de la calle, aún se debe descender una larga serie de escalones para llegar a la iglesia más antigua y más profunda de Jerusalén: la cripta de la tumba de María. El nivel del torrente era mucho más bajo hace dos mil años.

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Con la cintura ceñida.

No sé cómo se encuentra la cintura de mi alma. No alcanzo a ver del todo el traje con el que mis decisiones y el amor de los otros va recubriendo lo que soy. No sé muy bien si me voy vistiendo para esperar, si ciño mi cintura para caminar, o me voy arropando para descansar.

Hace un mes se marchó el tesoro de la casa en la que vivo. Él sí sabía esperar: la enfermedad lo desvistió de carne y de fuerzas, hasta de voz; pero la fe ciñó firme sus huesos para esperar al Amigo. Nunca estamos del todo preparados para lo que llega; pero los demás nos acompañan y hacen humana y llevadera nuestra espera, la llenan de alegría.

Seguramente, la vida no es un camino hacia una meta que nos aguarda, o que creemos construir con nuestras fuerzas. Creo que es más una espera: Alguien viene a nosotros. Es verdad que la vida es un camino, pero no es menos cierto que otros se encaminan también hacia nosotros. Por eso siempre es posible la novedad, la superación de todos los dolores y la irrupción de nuevos horizontes cuando parece que todo está perdido y las salidas se han cerrado.

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Testimonio de algunos parroquianos en el Camino de Santiago.

Como ya va siendo tradición desde hace cinco años, la Delegación Diocesana de Pastoral de Juventud de Ciudad Real (http://www.jocreal.com/), organizó del 17 al 24 de julio el campamento en camino en su cuarta edición, #camino4, realizando el conocido Camino de Santiago.

En esta edición se realizó el camino Sanabrés o vía de la plata, desde Orense a Santiago con un total de 111 km a lo largo de cinco etapas, y que contó con una participación de unas 80 personas de toda la Diócesis entre peregrinos de 16 a 22 años, monitores y sacerdotes, dentro de los cuales se encuentran algunos miembros de nuestra parroquia, los cuales nos van a contar su experiencia:

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