La alegría

Como ya os adelantamos… a partir de ahora, volvemos a colgar en nuestra página web los artículos dominicales en la sección: “Hacía el Domingo”. Estos textos nos ayudan a reflexionar en el Día del Señor, y nos sirven de sustento para acercarnos más a Dios, mediante el “apostolado digital”. ¡Esperamos que de mucho fruto! 😉

“Muchos viven la Navidad como tiempo de alegría. El papa Francisco nos ha transmitido la “Alegría del Evangelio” en la misión de la Iglesia y la “Alegría del Amor” en la familia. C. S. Lewis, convertido al cristianismo, se sintió “Cautivado por la Alegría”.

Muchos siglos atrás, un ángel llamado Gabriel saludó a María en Nazaret con el grito del “¡Alégrate, llena de gracia!”; cuando la misma María de Nazaret visitó a Isabel en la montaña de Judá, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre; al salto de Juan, María respondió alabando a Dios y “alegrándose su espíritu en ese Dios salvador”. Nueve meses más tarde, unos pastores anónimos de la zona de Belén, en los linderos del desierto, se llenaron de alegría porque fueron a ver a un niño envuelto en pañales.

La alegría es uno de los signos de nuestro tiempo, al menos como deseo, quizá como nostalgia. La alegría es el gran signo del tiempo del Mesías, del misterio de Belén. La alegría es uno de los síntomas más importantes de la salud del espíritu, del equilibro de nuestro ser más profundo.

¿Qué es la alegría? ¿Cuál es su proceso? ¿Cuáles son sus causas? ¿Y sus principales enemigos? ¿Cómo se reconoce? ¿Cuáles son sus frutos? Sería bueno atreverse a realizar una “fenomenología de la alegría”, un análisis, siquiera leve, de esta realidad que a todos nos atrae.

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Último artículo dominical: “Simón Satán”

Cuando el Jordán es joven, y se precipita entre cascadas y rápidos por las altas tierras del Golán, se convierte para nosotros en memoria del paso de Jesús con sus discípulos por aquellas tierras lejanas a Jerusalén, gobernadas por Filipo, hijo de Herodes.

Allí, Jesús ha cambiado el nombre de Simón por el de Pedro, porque él supo comprender que Jesús es Mesías e Hijo. No han pasado unos minutos, no se ha avanzado ni un palmo de camino, cuando Jesús llama a Simón Satanás.

Un nuevo nombre para el discípulo. Simón ha de ser Piedra para la comunidad que nace pero, en estos momentos, está siendo Satán para Jesús. ¿Por qué llama así Jesús a su discípulo?

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Clavo y roca

En la iconografía cristiana, san Pedro suele ser representado como un hombre mayor, con barba, generalmente calvo, y con unas llaves en su mano derecha.

El símbolo de las llaves proviene del evangelio según san Mateo, en el corazón del relato, cuando Simón confiesa a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, y Jesús llama a Simón Piedra y le da las llaves del Reino.

Pero Jesús no fue original en la simbología de las llaves: la toma del profeta Isaías que, en nombre de Dios, pronuncia un oráculo sobre el mayordomo del palacio del rey. Se instituye un nuevo mayordomo, por la infidelidad del antiguo, y se le inviste para el cargo: la túnica, la banda y la llave del palacio, como signo de su autoridad.

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Dios para todos

Uno de los misterios más grandes de los inicios del cristianismo es la universalización de una alianza que se fundamentaba en una elección.

Abrir la religión de Israel a todos los pueblos, ¿no significaba desvirtuar la base misma de la fe bíblica, es decir, la alianza con un pueblo, la elección de Abraham y sus descendientes? Para muchos investigadores, fue esta universalización la clave de la separación entre la Iglesia y la sinagoga, significó la definitiva des-judaización del cristianismo.

Si este hecho parece una contradicción, ¿por qué se llevó a cabo? ¿Quién fue el sujeto de esta separación? Más aún, al hacerlo, ¿no se está cambiando la voluntad misma de Dios, del Dios de Abraham?

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A solas al atardecer

Ha terminado el milagro. Es necesario despedir a la multitud. Los discípulos suben a la barca: ¿para regresar al hogar? ¿Para iniciar su tarea de pesca en la noche? La multitud vuelve a las aldeas, los discípulos surcan el lago, Jesús se dirige al monte. A solas, para orar.

Junto a la oración oficial del pueblo, de la que Jesús participó desde pequeño, existe también una oración personal. Toda persona religiosa, de cualquier creencia, se siente llamado a esta personalización de la relación con Dios. Jesús frecuentó este trato personal con Dios, seguramente, como nadie en la historia.

Esta práctica nos habla del profundo sentido religioso de la persona y la misión de Jesús. El Maestro de Galilea hacía milagros, predicaba en parábolas, comía con los pecadores, pero todos sus actos estaban marcados por su relación con Dios. A menudo, los investigadores más expertos en los evangelios olvidan esta dimensión fundamental de quien era profeta, taumaturgo, Mesías y muchas cosas más: él era, ante todo, un hombre de Dios.

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Desde la montaña

Subieron a un monte alto. Su rostro se llenó de luz y sus vestidos resplandecían, transmitiendo el fulgor interno que brotaba de un cuerpo como el sol. ¿Qué impresión causó esta visión en los tres escogidos que subieron a la montaña con él?

Pero aún hubo más. Se aparecieron dos personajes clave de las antiguas Escrituras: Moisés, el fundador y legislador, junto a Elías, el profeta. La Escritura hablando con la Palabra, los antiguos profetas conversando con el Mesías: ¿podía haber mayor privilegio para los tres pescadores del lago de Galilea?

Pero aún hubo más. Llegaron la nube y el trueno. Como en los tiempos primeros, Dios se hacía presente con toda su grandeza y pronunciaba su palabra. Ya no eran ni Moisés ni Elías, no eran la Ley ni los profetas, no se trataba de las Escrituras, sino de la misma voz viva del Todopoderoso.

No sabemos lo que dijeron Moisés y Elías, no sabemos lo que les dijo Jesús. Pero sí se nos dice lo que dijo la voz, y sabemos quiénes eran sus destinatarios: los tres escogidos y, junto a ellos, nosotros, lectores creyentes que, gracias al Evangelio, somos subidos al monte y podemos hacernos presentes en la misma escena del Tabor.

La voz dice de forma muy clara: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.

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Mudanzas

Conozco a muchas personas que, durante el verano, tienen que hacer mudanza. Este año, también me ha tocado a mí.

La primera imagen que viene a mi memoria es la del patriarca Abraham, que fue llamado por Dios para salir de su tierra y marchar hacia una tierra incierta y lejana, habitada por los cananeos. Más tarde, cuando el marido de Sara llega a la tierra prometida, tiene que recorrerla sin poseerla, habitando como extranjero en la meta de su camino. Nómada entre ciudades muy desarrolladas, Abraham no deja de caminar con todo lo suyo.

De esta forma, va aprendiendo, ante todo, que la vida entera es un camino que no acaba en una doble dirección.

Primero, porque nuestro camino prepara las metas de otros que nos sucederán: Abraham recibe la promesa, pero solo será cumplida más tarde, en sus descendientes. Y será cumplida, no de forma absoluta y plena, sino en una relación dialéctica con el Dios de la alianza, con la Ley como condición de la posesión.

Siempre que hacemos camino ayudamos a otros que nos sucederán. De la misma manera que también nosotros hemos habitado lugares que otros han preparado y enriquecido con su presencia. Aunque no seamos padres, todos tenemos descendencia humana que pisará nuestros pasos: estamos unidos en el tiempo en una comunión preciosa, incluso con aquellos que no hemos conocido y con aquellos que llegarán sin conocernos. La sucesión es un misterio que nos habla del misterio del Eterno que se muestra en el tiempo.

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El poder y la misericordia

Existe una expresión bíblica con la que se alude de forma muy habitual al Dios de Israel: Todopoderoso; en latín, la expresión nos es también conocida: Omnipotente; y tampoco nos es ajena la correspondiente palabra griega: Pantocrátor.
Conozco a algunos cristianos, incluidos sacerdotes, a los que no les gusta esta expresión. Tanto, que suelen cambiarla por Todo-misericordioso. De fondo, puede estar esa contraposición que algunos siguen suponiendo entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios de Jesucristo, que ya Marción inició en los comienzos del cristianismo. Sigue leyendo

Semillas

Las parábolas de Jesús no son solamente enseñanzas morales para sus oyentes: son también una interpretación de las paradojas de su misión; no son principalmente ideas que quiere transmitir, sino una ayuda para compartir y comprender el misterio de la tarea que Dios le ha encomendado.

La parábola del sembrador nos habla de Jesús mismo, de sus esfuerzos de predicación en los territorios de Galilea en el siglo primero. Él ha venido a predicar el Reino, a invitar a todos a entrar en un nuevo mundo de relaciones; ha pedido la conversión, el cambio de rumbo, para entrar en el mirar de Dios y en su forma de actuar en la historia. Sigue leyendo