Carreteras de vida

Alejandra no paraba de llorar. Estaba en brazos de una mujer que no era su madre y había sufrido un gran estruendo a su alrededor. Al final, consiguió asir con sus pequeños dedos un dedo de la mujer que ejercía de madre. La niña se calmó.
Más adelante, junto a la carretera, había un coche volcado. La madre de Alejandra yacía muerta a unos metros del vehículo. Su padre, atrapado por el volante, no podía respirar. Los helicópteros y las ambulancias llegaron más tarde: nada pudieron hacer por aquellos padres. Era media mañana y una familia conducía tranquila por la carretera. Unos jóvenes, en sentido contrario, venían de una fiesta El desastre les salió al encuentro. Sigue leyendo

Temores

Una de las experiencias humanas más comunes es el miedo. Tan común, que muchas de las enfermedades de nuestra alma llevan un nombre con el compuesto griego que se corresponde con el miedo (fobia): claustrofobia, agorafobia,..

Es propio del ser humano adelantarse con su mente a lo que le sobreviene. Cuando se intuye que lo que llega es un mal, un dolor, esa capacidad de adelantarse se convierte en miedo, con la esperanza de despertar en nosotros una búsqueda de los mecanismos para evitar ese mal que se intuye a las puertas. El miedo es un mecanismo de defensa.

Pero es posible que nuestra memoria y nuestra experiencia no estén preparadas para evitar ese mal o para afrontarlo; entonces, el miedo nos paraliza y buscamos cualquier atajo o estamos dispuestos a cualquier barbaridad para evitar lo que nos asusta. A menudo, la decisión que tomamos nos lleva a un mal mayor al que queremos evitar.

El miedo, a menudo, se convierte en un instrumento del mal. Cuando nos quieren quitar libertad, cuando quieren conseguir algo de nosotros, nos amenazan con el mal para que el miedo nos haga decir o hacer aquello que nos imponen.

Por eso, cuando falta el miedo, el mal pierde uno de los instrumentos principales para atenazar al hombre. Una persona sin miedos es mucho más libre que una persona llena de temores. El miedo nos impide ser nosotros mismos, nos hace centrar todo nuestro interés, no en hacer el bien, sino en evitar un mal, no en amar, sino en no sufrir.

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Las cosas del comer

Comer es una realidad humana rica y compleja.
En las lecturas de este domingo, en que celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, se nos sugieren, al menos, tres dimensiones fundamentales relacionadas con el hecho físico y social del comer.
Moisés, en el libro del Deuteronomio, habla al pueblo de la importancia de la memoria: Recuerda el camino No te olvides de quien te sacó de Egipto. El hambre del desierto, la comida del maná, los futuros abundantes frutos de la tierra: todo se convierte en posibilidad de memoria de Aquel que está detrás de todo. Moisés sabe que es muy fácil olvidarse de quien nos liberó cuando la esclavitud es una realidad superada; es muy fácil olvidar a aquel que nos da de comer cuando estamos saciados
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Tres

Existe una gran diferencia entre la imagen religiosa occidental y el icono oriental. La diferencia más palpable está en la forma: escultura frente a pintura y realismo frente a simbología.

La imagen religiosa occidental es, fundamentalmente, escultura, define lo representado, lo abarca. Por otro lado, esa imagen –desde el Renacimiento hasta la actualidad– pretende ser realista, buscando la perspectiva humana, la perspectiva del que mira.

En cambio, el icono oriental no es escultura, sino pintura; posee dos dimensiones, porque sabe que la realidad representada no se puede abarcar, no se puede rodear, no se puede girar en torno a ella. El icono es solo una pequeña ventana que nos permite asomarnos a una realidad siempre mayor, desbordante para nuestra mirada, para nuestra mente y nuestro corazón.

Por otro lado, este icono no pretende mostrarse desde la perspectiva del que mira, sino desde las claves del símbolo. La imagen no es real, porque no pretende pintar el misterio desde lo humano, es más bien al contrario: lo humano debe realizarse bajo la luz del misterio, él es el modelo, no nosotros. El icono pinta a María y a Jesús, por ejemplo, no como fueron entre nosotros, sino como son ante Dios; no representan lo efímero, el pasado, sino el presente, lo eterno. Por eso, tampoco hay una fuente de luz que proyecte sombras en los personajes: todos están iluminados desde dentro, todos participan de la lámpara del Cordero que, según el Apocalipsis, será la luz de la ciudad celeste. El icono está coloreado con las luces de la Transfiguración.

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Desde Ballesteros a Omura

Creo que existen cerca de cuatro mil islas en Japón. En Tacaxima, un islote deshabitado de la zona de Omura, el jueves, uno de junio, tres hombres son decapitados. Uno de ellos era manchego. Hace ahora cuatrocientos años.

Fernando de Ayala nació en la villa de Ballesteros de Calatrava, en el corazón de una familia de apellido y pasado noble, pero de presente campesino. El niño queda huérfano y debe marchar con un tío suyo a Marchena. Allí, decide consagrarse a Jesucristo e ingresa en los agustinos de Montilla. Para poder entregarse mejor, es enviado a estudiar a la universidad de Alcalá de Henares, y empieza a ensayar como profesor de filosofía y teología. Pero llegan noticias enjundiosas desde Filipinas: hacen falta misioneros para trabajar tanta mies recientemente sembrada.

La entrega religiosa se convierte en camino misionero. Fernando se embarca para Méjico. Desde allí, partirá para Filipinas.

Antes, Fernando deja Alcalá y se dirige a Ballesteros: quiere despedirse y dejarlo todo aquí, también su apellido: será, a partir de entonces, fray Fernando de san José.

Cuando esté a punto de morir, este agustino inquieto se preguntará mucho por los motivos. Supongo que también analizaría sus motivos en aquel momento de su juventud: ¿por qué dejar su patria y su futuro para embarcarse hacia la aventura y lo desconocido? ¿Por qué despedirse para siempre de todo lo que conocía y le había hecho feliz?

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Arrodillados en el Monte.

En la escena final de su evangelio, la más solemne, san Mateo nos presenta a los Once discípulos frente a Jesús resucitado. Las mujeres les habían dicho que vivía y que debían encontrarlo en Galilea.

Nada más verlo, lo adoran, se postran: reconocen una presencia divina en este amigo que ha caminado tantas leguas en su compañía.

La mayoría de nuestras biblias nos dicen que “algunos dudaron”. Al parecer, todos adoraron, pero no todos lo hicieron con seguridad. ¿Cuántos dudaron?

En el texto griego original no tenemos ninguna palabra que signifique “algunos”. El texto dice, sin más: “pero ellos dudaron”. No dudaron algunos, sino todos, los Once. Ha sido la dinámica de los discípulos a lo largo de todo el evangelio: Jesús les ha llamado a menudo “hombres de poca fe”. El discipulado es un camino, y aún no ha terminado.

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Palabra y Prenda

Superando viejas diferencias de la historia y la religión, Felipe se atreve a ir a tierra de samaritanos, como su Maestro muy pocos años antes. Allí, siembra la Palabra con osadía: nada sabe de posibles frutos. Pero Dios es buen agricultor y hace crecer con creces nuestras pequeñas semillas. Samaría se abre al Evangelio, llega la fe y llegan los bautismos; pero falta la confirmación de la Iglesia Madre de Jerusalén, falta la plenitud del Espíritu Santo. Para ello, son enviados Pedro y Juan, para imponer las manos y derramar el Espíritu también en Samaría.
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Al servicio del camino

Buscó vivir su vocación en alguno de los monasterios del norte de España, pero no fue admitido. Santo Domingo de la Calzada había sentido la llamada de Dios de una forma tan fuerte y real que tuvo que seguir buscando dónde servir, dónde repartir tanto amor que él recibía de parte de su Creador. Un santo italiano, de servicio por tierras riojanas, le ayudó a encontrar su camino. Sigue leyendo

Amén, amén

La parábola del pastor y la puerta comienza con dos palabras extrañas, ajenas al griego: “Amén, amén os digo…”

El Nuevo Testamento está escrito íntegramente en griego, pero conserva palabras semitas procedentes del hebreo y el arameo. ¿Por qué? Porque la comunidad humana en que nació el cristianismo hablaba arameo y rezaba en hebreo.

Aleluya, Amén, Hosanna, Maranatha, Abbá… Son palabras importantes que la comunidad ha querido mantener para fortalecer la vinculación con el origen, con la comunidad primera, con el mismo Maestro. Los autores griegos de los evangelios, o de las cartas apostólicas, no han querido traducir estas palabras: las conservan como regalo a los discípulos posteriores, sea cual fuere su lengua materna.

Una de las consecuencias de esta conservación creo que debería ser el no traducir estas palabras a nuestras lenguas modernas. La parábola del pastor comienza con “En verdad, en verdad os digo…” Si Juan, hablando a oyentes griegos, no quiso cambiar la palabra hebrea Amén, ¿por qué hemos de hacerlo nosotros? Al traducirla, pierde gran parte de su fuerza y significado originales; pierde, sobre todo, su capacidad de memoria.

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Después de la decepción

¿Es posible creer en la vida en presencia de la muerte? ¿Es posible creer en la alegría cuando nos visita el dolor? ¿Se puede creer en la pureza después de haber sido manchados hasta el fondo por el pecado? ¿Se puede mirar al cielo cuando se ha visitado el abismo?

¿No será la esperanza una actitud de la etapa adolescente de la vida, o de la lejana infancia, cuando todavía no nos ha venido al encuentro ninguna frustración? ¿No se identifica la madurez con la resignación y la ironía, con una aceptación escéptica de las limitaciones de nuestra existencia?

¿Se puede creer en Cristo en una sociedad post-cristiana? ¿Puede recuperar el ardor del creyente quien ha perdido la fe? Es posible que nuestra sociedad esté llena de personas decepcionadas con el cristianismo. Hay muchos que no creen en Cristo, pero hay muchos otros, también, que, después de haber creído, han abandonado la esperanza en aquel Mesías de la primera hora.

Muchos han  iniciado el camino de Emaús. Cariacontecidos, con una actitud “de vuelta”, lleno el corazón de decepción y en búsqueda de certezas más pequeñas y antiguas para reconstruir una vida con sentido después de la esperanza.

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