Hacia el Domingo…1 de marzo de 2020: “CUARESMA A TRES”

El tiempo de Cuaresma se introdujo como la etapa final del catecumenado hacia el Bautismo, en la noche de Pascua. Se trataba de la última preparación antes de entrar a formar parte de la Iglesia.

Para los ya bautizados, este tiempo es una oportunidad de volver a las raíces, de recuperar la esencia de nuestro ser cristiano. Se trata de una invitación a renovar la fe, que necesita dar pasos; no puede seguir siempre igual, debe despertar del posible letargo en que la rutina la encadena.

El Bautismo de Jesús, antes de los cuarenta días de desierto en que vivió su propia “Cuaresma”, fue en el río Jordán, el lugar que tuvo que atravesar el pueblo para entrar en la Tiera Prometida. Esto es la Cuaresma: atreverse a “cruzar el Jordán”, a entrar en la Tierra a la que Dios nos conduce; se trata de no mirar los toros desde la barrera ni el cristianismo desde una concepción teórica; dejar atrás Egipto y su pecado para recorrer el desierto y entrar en lo definitivo, en el Reino, en Cristo.

¡Cuántos de nosotros se pasan el tiempo dando vueltas por el desierto, sin atreverse a dar el paso, sin implicarse! Cuánto estamos perdiendo por mirar el horizonte de esa Tierra que es buena desde la lejanía.

Para los creyentes, la Cuaresma es una llamada para atreverse a acoger el reto de santidad que el cristianismo significa. Ya desde los primeros textos del Nuevo Testasmento, san Pablo llama a los cristianos a una vida santa, implicada, impregnada por todo lo que tiene que ver con el amor y con Dios.

Para hacer este camino, la Iglesia nos propone las tres obras de piedad de las que Jesús habló, en continuidad con el judaísmo: la oración, la limosna y el ayuno.

Tres son también las virtudes teologales que resumen la vida cristiana: fe, esperanza y caridad.

Tres son también los consejos evangélicos que Jesús pide a todos los creyentes, muy relacionados con todo lo anterior: pobreza, castidad y obediencia.

Tres son las relaciones fundamentales que afrontamos en nuestra vida: con Dios, con los demás y conmigo mismo.

Tres, por fin, son los patriarcas bíblicos, que la tradición judía ha considerado como etapas de un camino espiritual: Abraham, Isaac y Jacob.

¿Cómo podríamos ordenar y poner en relación este conjunto de tres elementos para que se iluminen mutuamente?

Claramente, Abraham se puede poner en relación con la fe: él es el modelo de creyente del Antiguo Testamento, como María lo es en el Nuevo. Imitar a Abraham en esta Cuaresma significa revisar la propia fe y ponerla en camino.

¿Con qué consejo evangélico podemos relacionar la fe? Creo que, claramente, con la obediencia. De hecho, en latín y en griego, la palabra significa “oír desde abajo”, “oír junto a”: la fe es escucha para configurar la vida desde la palabra del Otro. San Pablo habla de la “obediencia de la fe”, en una expresión en que ambos términos parecen sinónimos.

¿Con cuál de las tres obras de piedad hemos de relacionar a Abraham, la fe y la obediencia? Creo que con la oración. La oración es ejercicio de fe, es puesta a la escucha del Señor que habla para prestarle la obediencia de nuestra vida.

Por fin, creo que queda claro con qué relación fundamental tiene que ver la figura de Abraham: la relación con Dios. Esa es la clave de la oración, ese es el sentido de la obediencia, ese es el contenido de la fe.

Gracias al Bautismo nos hemos convertido en hijos de Dios y estamos llamados, por tanto, a vivir como tales: ser “hombres y mujeres de Dios”, personas de misterio, con hondura humana y religiosa, que dedican tiempo a lo importante, que no corren en sus actividades, que no hablan solo de lo urgente y saben ir más allá de lo imediato.

Para ello, es fundamental la capacidad de silencio y de interioridad. En el fondo, amamos aquello a lo que dedicamos el tiempo. Por aquí va el primer mandamiento bíblico: “Amar a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón…” Es decir, dedicarle más tiempo de calidad que a ninguna otra cosa.

Abraham abre el camino: la fe es la tarea. Tiempo de Cuaresma.

Manuel Pérez Tendero