Hacia el domingo…1 de noviembre de 2020: “CANÓNICOS”

¿Qué es un santo? ¿Qué significa “canonizar” a alguien?

Hemos de reconocer, en primer lugar, que la santidad es más amplia que la lista de santos canonizados: por eso precisamente existe la fiesta que hoy celebramos.

Canonicidad tiene que ver, por tanto, con el reconocimiento de la santidad. Se trata de un acto derivado, que no produce en absoluto la santidad, sino que la reconoce en unos determinados casos.

Para comprender correctamente todo proceso de “canonización” puede ayudarnos el paralelo con la “canonicidad” de los libros bíblicos.

En el judaísmo y en el cristianismo hay numerosos libros religiosos, pero no todos son canónicos. Podríamos hablar de tres tipos de libros: los canónicos, los apócrifos y los libros religiosos, sin más.

Los libros canónicos son aquellos que la Iglesia ha reconocido como inspirados por Dios para regular su vida y su fe; un ejemplo claro son los cuatro evangelios. Los demás libros religiosos, aunque tengan un fuerte valor espiritual y puedan ayudarnos, no son considerados “palabra de Dios”, sino palabra, más o menos acertada, “sobre Dios”. Un ejemplo claro podría ser cualquier libro de Teresa de Jesús. Dentro de este conjunto amplio de libros, la Iglesia reconoce a algunos creyentes como “doctores”: su doctrina es recomendable, está en consonancia con la fe de la Iglesia; pero nunca puede colocarse al nivel de los libros inspirados.

La diferencia principal entre los libros religiosos y el tercer grupo, los apócrifos, es que estos tienen la pretensión de ser canónicos, o han sido considerados como tales por algún grupo. Un ejemplo claro podría ser el evangelio copto de Tomás. En este tercer grupo, los apócrifos, la Iglesia reconoce libros con doctrinas ortodoxas, compatibles con el mensaje de Jesús, y otros heréticos, nacidos para difundir una imagen de Dios y de la religión diferente a la de la revelación.

Creo que podemos aplicar estas distinciones a nuestra mirada sobre lo “canónico” en las personas, podemos aplicarlo a los santos.

Existe ese gran grupo de personas religiosas, más o menos cercanas a la fe, con una mayor hondura y verdad en su religiosidad. En el santo hay algo más.

Ser “santo”, el hecho de haber sido “canonizado”, implica una doble dimensión, como en el caso de los libros canónicos.

En primer lugar, la Iglesia reconoce en esa persona una “inspiración”, un milagro de Dios. Ser santo es algo más que ser bueno: tiene que ver con la gracia, se trata de una intervención de Dios que nos regala, de vez en cuando, personas que nos abren a la trascendencia de una forma especial. El santo no es, ante todo, el que ha vencido, sino el que ha sido agraciado. El santo y el héroe no tienen por qué identificarse. Cuando la vida de una persona no se puede explicar con criterios meramente humanos, cuando vemos signos de la presencia desbordante del Espíritu en esa vida, ahí tenemos un santo. María de Nazaret es el ejemplo más acabado de la santidad: “Llena de gracia”.

En segundo lugar, como indica su sentido original en griego, “canon” significa “regla”: los libros canónicos de la Biblia son aquellos que Dios nos ha regalado para regular nuestra fe y nuestra vida.

Una persona santa, “canonizada”, es una persona cuya vida puede considerarse, de alguna manera, regla de vida para nosotros: su estilo puede ser imitado, los caminos que ha recorrido conducen a Dios.

Los santos son como “libros vivos” de parte de Dios que nos hacen comprender el milagro de la gracia y la posiblidad de recorrer caminos nuevos que conducen a la resurrección.

Los santos, su abrumadora y silenciosa abundancia, son uno de los principales signos de esperanza para los que vivimos entre las contradicciones de la historia.

Manuel Pérez Tendero