Hacia el Domingo…10 de enero de 2020: “REYES MAGOS DE VERDAD”

Pocas cabalgatas de Reyes hemos visto este año por las calles de nuestras ciudades y pueblos. En algunos sitios, se han atrevido a salir de una forma discreta, sin multitudes. En uno de estos recorridos, los Reyes hablaban dando consejos a los niños y las familias que se encontraban por el camino. Una niña que asistía a estos consejos se volvió a sus padres y les hizo una confidencia: “Papá, máma, estos no son Reyes de verdad…”. Los padres se quedaron un poco perplejos, con miedo a un descubrimiento prematuro por parte de su hija pequeña. Pero la niña continuó: “No son Reyes de verdad, porque no hablan de Jesús”.

La perplejidad de los padres aumentó aún más, pero, ahora, con un tono de alegría profunda. Dicen que los niños dicen la verdad. ¿Son verdad nuestros Reyes Magos? Lo son, para esta niña, en tanto en cuanto están referidos a Jesús. ¿Cuál sería, si no, el sentido de estos Magos?

El día seis de enero celebramos, con alegría, el misterio de unos extranjeros que, desde tierras lejanas, se pusieron en movimiento para buscar al Mesías de un pueblo que no era el suyo, un Mesías que estaba naciendo para todos. La búsqueda fue larga, hubo que preguntar, superar engaños, redescrubir la estrella. Pasaron por la capital, Jerusalén, hablaron con el rey de Judea, Herodes; pero su meta solo llegó cuando alcanzaron un establo y se pusieron de rodillas ante un niño.

Jesús de Nazaret es la verdad de la festividad de los Magos; él es la verdad, también, de toda la Navidad. Estas Navidades, debido a la pandemia, han sido especiales, quizá tristes para muchos de nuestros contemporáneos; pero, ¿han sido verdaderas?

¿Puede existir Navidad sin cabalgatas? ¿Podría haber Navidad sin luces en las calles y tiendas a rebosar? ¿Es una verdadera Navidad aquella en la que no podemos reunirnos con la familia? Todas estas preguntas manifiestan, en el fondo, la idea que tenemos de la Navidad, su verdad más profunda para nosotros, aquello que no puede faltar.

Es posible que cada uno de nosotros tenga una respuesta para estas preguntas. Para algunos, la esencia de la Navidad son los niños y sus ilusiones: por eso, la cabalgata y los regalos, la ilusión de los pequeños contagiada a los mayores, sería la verdad más profunda de estas fiestas. Para otros, en cambio, la esencia está en la reunión familiar: todos hacen el esfuerzo por reunirse en estos días. Junto a la familia, también otras relaciones: estamos en la época en que más nos comunicamos, más nos felicitamos; hay personas que no tienen contacto el resto del año y en estos días se envían tarjetas o mensajes de felicitación. Es posible que, para otros, una de las claves de la Navidad sea el exceso: comidas como nunca, gastos superiores al resto del año, fiestas alargadas más allá de la noche… Cada uno tiene, en el fondo, su propia Navidad.

Pero podríamos preguntarnos, de forma objetiva, si existe una Navidad original, una Navidad primera, para, desde ahí, discernir nuestra propia idea de la Navidad. ¿Existe una “verdad” que no depende de nosotros desde la que discernir la “verdad” de nuestra propia celebración navideña?

Creo que la respuesta es bastante clara: la Navidad tiene una verdad histórica originaria, radicada en los evangelios, nacida de la fe cristiana. Se trata de la celebración del nacimiento de un niño, hijo de María de Nazaret, que muchos afirman ser el Hijo de Dios. El nacimiento de un niño considerado Mesías, pero que nace lejos de los palacios y fuera de la ciudad.

Es verdad que la verdad importa poco para muchos. Pero hemos de seguir defendiéndola, mostrándola, celebrándola: las puertas deben seguir abiertas para aquellos que se atrevan a franquearlas. Toda celebración cansa cuando no es genuina; toda novedad se hace vieja cuando no porta verdad.

Seguiremos agradeciendo que existan profetas de la verdad perenne de la Navidad.

Manuel Pérez Tendero