Hacia el Domingo…12 de agosto de 2018: “MAS QUE EL AIRE QUE RESPIRO”

El largo discurso de Jesús sobre el pan de vida está llenando las asambleas cristianas durante este mes de agosto. Después de multiplicar el pan, Jesús habla, comunica su palabra, su vinculación a Dios, su condición filial.

El Maestro de Galilea se sitúa en el corazón de la necesidad humana, en la esencia de lo que somos y necesitamos para vivir.

Decíamos hace algún domingo que la necesidad configura nuestras vidas de criaturas. Necesidad, en primer lugar, de pan, de alimento. Es, tal vez, la necesidad más presente y perentoria que experimentamos los seres humanos. Cuando falta, hablamos del “problema del hambre”. Pero el alimento no es lo único necesario para que podamos sobrevivir.

Si matizamos en nuestra apreciación, sabemos que, antes que pan, necesitamos agua. La sed es más grave que el hambre; la bebida es más inmediatamente necesaria que la comida. El líquido nos configura más que lo sólido.

¿Existe alguna necesidad humana, física, más inminente que la bebida? Evidentemente, sí: necesitamos respirar. El oxígeno nos es más necesario que el pan y el agua: es más inmediato. Parece que, como respiramos de una forma más inconsciente, como el aire está ahí, a disposición de todos, es un bien por el que no debemos preocuparnos.

¿Podemos atrevernos a ir más allá? Sin entrar en detalles sobre la presión atmosférica adecuada que necesitamos y otros componentes, creo que hay una realidad interesante, muy necesaria, que está ahí y nos sostiene incluso más allá del pan que comemos, el agua que bebemos o el aire que respiramos. Se trata de la luz.

La luz, toda la energía que proviene del sol, no es necesaria solo para poder ver: sin ella no habría vida, en absoluto. Como está ahí, como no tenemos que buscarla, ni siquiera de forma vegetativa, como el oxígeno que respiramos, la damos por supuesta. Gracias a la ciencia vamos descubriendo la gran belleza de la naturaleza que nos envuelve y el milagro de la existencia de la vida, con todas las circunstancias que deben converger para que se produzca esta extraña casualidad.

Es más, parece que, cuanto menos “física” es una realidad, más necesaria nos es. Es verdad que el agua es tan física como el pan, pero es menos consistente. Lo mismo podemos decir del aire y, aún más, de la luz. De hecho, el agua, el aire, el fuego, la luz, han servido siempre para significar en todas las culturas y religiones las realidades espirituales.

Parece que “lo visible”, lo palpable, lo más sólido y consistente, siendo absolutamente necesario, lo es menos que aquellas realidades menos consistentes, que se nos escapan de las manos y necesitamos un mayor esfuerzo para saber que están ahí.

Es más, nos son más necesarias las realidades que damos por supuestas, que recibimos con menor esfuerzo: respirar, acoger la luz, son actos de nuestros cuerpos que tienen que ver menos con nuestra voluntad que el hecho de beber o de comer.

Por otro lado, estas realidades más importantes, parecen también más abundantes en el universo. En la tierra, hay más agua que comida, aunque ambas sean una realidad más escasa de lo que pensamos. En la tierra, el aire abunda más que el agua. En el universo, la luz parece más abundante que la atmósfera, el agua o la materia orgánica.

¿No habrá en todo esto un bello signo de lo que somos? Necesitamos todo, pero necesitamos más aquello que menos podemos palpar y controlar. Parece que necesitamos lo más “espiritual” del mundo material. Necesitamos, además, como más inmediato aquello por lo que menos tenemos que esforzarnos, parece que lo regalado, lo más “gracioso” es lo más necesario. Por otro lado, necesitamos lo que más abunda, aunque todo sea un bien relativamente escaso que no podemos derrochar.

Necesitamos lo más espiritual, lo más gratuito, lo más a

El largo discurso de Jesús sobre el pan de vida está llenando las asambleas cristianas durante este mes de agosto. Después de multiplicar el pan, Jesús habla, comunica su palabra, su vinculación a Dios, su condición filial.

El Maestro de Galilea se sitúa en el corazón de la necesidad humana, en la esencia de lo que somos y necesitamos para vivir.

Decíamos hace algún domingo que la necesidad configura nuestras vidas de criaturas. Necesidad, en primer lugar, de pan, de alimento. Es, tal vez, la necesidad más presente y perentoria que experimentamos los seres humanos. Cuando falta, hablamos del “problema del hambre”. Pero el alimento no es lo único necesario para que podamos sobrevivir.

Si matizamos en nuestra apreciación, sabemos que, antes que pan, necesitamos agua. La sed es más grave que el hambre; la bebida es más inmediatamente necesaria que la comida. El líquido nos configura más que lo sólido.

¿Existe alguna necesidad humana, física, más inminente que la bebida? Evidentemente, sí: necesitamos respirar. El oxígeno nos es más necesario que el pan y el agua: es más inmediato. Parece que, como respiramos de una forma más inconsciente, como el aire está ahí, a disposición de todos, es un bien por el que no debemos preocuparnos.

¿Podemos atrevernos a ir más allá? Sin entrar en detalles sobre la presión atmosférica adecuada que necesitamos y otros componentes, creo que hay una realidad interesante, muy necesaria, que está ahí y nos sostiene incluso más allá del pan que comemos, el agua que bebemos o el aire que respiramos. Se trata de la luz.

La luz, toda la energía que proviene del sol, no es necesaria solo para poder ver: sin ella no habría vida, en absoluto. Como está ahí, como no tenemos que buscarla, ni siquiera de forma vegetativa, como el oxígeno que respiramos, la damos por supuesta. Gracias a la ciencia vamos descubriendo la gran belleza de la naturaleza que nos envuelve y el milagro de la existencia de la vida, con todas las circunstancias que deben converger para que se produzca esta extraña casualidad.

Es más, parece que, cuanto menos “física” es una realidad, más necesaria nos es. Es verdad que el agua es tan física como el pan, pero es menos consistente. Lo mismo podemos decir del aire y, aún más, de la luz. De hecho, el agua, el aire, el fuego, la luz, han servido siempre para significar en todas las culturas y religiones las realidades espirituales.

Parece que “lo visible”, lo palpable, lo más sólido y consistente, siendo absolutamente necesario, lo es menos que aquellas realidades menos consistentes, que se nos escapan de las manos y necesitamos un mayor esfuerzo para saber que están ahí.

Es más, nos son más necesarias las realidades que damos por supuestas, que recibimos con menor esfuerzo: respirar, acoger la luz, son actos de nuestros cuerpos que tienen que ver menos con nuestra voluntad que el hecho de beber o de comer.

Por otro lado, estas realidades más importantes, parecen también más abundantes en el universo. En la tierra, hay más agua que comida, aunque ambas sean una realidad más escasa de lo que pensamos. En la tierra, el aire abunda más que el agua. En el universo, la luz parece más abundante que la atmósfera, el agua o la materia orgánica.

¿No habrá en todo esto un bello signo de lo que somos? Necesitamos todo, pero necesitamos más aquello que menos podemos palpar y controlar. Parece que necesitamos lo más “espiritual” del mundo material. Necesitamos, además, como más inmediato aquello por lo que menos tenemos que esforzarnos, parece que lo regalado, lo más “gracioso” es lo más necesario. Por otro lado, necesitamos lo que más abunda, aunque todo sea un bien relativamente escaso que no podemos derrochar.

Necesitamos lo más espiritual, lo más gratuito, lo más abundante: ¿no habrá aquí un mensaje? ¿Podríamos atrevernos a seguir profundizando en lo que más necesario nos es? ¿Hasta dónde podríamos llegar?

Manuel Pérez Tendero