Hacia el Domingo…14 de julio de 2019: “AMOR POR APROXIMACIÓN”

“¿Quién es mi prójimo?”. Es la pregunta que dio origen a una de las más bellas parábolas del Evangelio, la del Buen samaritano. El letrado, que sabe bien la jerarquía de los mandamientos, las prioridades en la moral, quiere justificar su pregunta apelando a las dificultades prácticas del amor: ¿a quién amar? ¿Quién es ese prójimo del que habla la Ley al que hay que amar como a uno mismo?

La parábola de Jesús da un vuelco a la misma pregunta: no busques prójimos a quienes amar, sino hazte prójimo de los que encuentras en el camino por medio del amor, de la misericordia. El prójimo se construye desde el amor, el amor es la prioridad, no la proximidad. La proximidad no es la causa del amor, sino su efecto, su hermosa consecuencia.

A diferencia del sacerdote y del levita, que dan un rodeo ante el hombre herido, el lejano samaritano, que vive al margen del judaísmo, es capaz de acercarse al herido y sanarlo. El sacerdote y el levita no dan un rodeo, ante todo, porque sean malas personas: su propia condición sagrada les impide acercarse a un posible cadáver. Las leyes de la antigua alianza se podían entender mal, interpretando la sacralidad como separación y límite a la misericordia. Jesús descubre al letrado el verdadero sentido de la Torah: cumplir la ley, amar, es aproximarse al otro, preocuparse por su situación, tocarlo, ayudarle, pagar por él con nuestros propios bienes.

También habla de proximidad la primera lectura de este domingo, que es otro bello resumen del verdadero sentido de la Ley: los mandatos no están lejos, están cerca de ti, en los labios y en el corazón. Un israelita aprendía las leyes de memoria desde adolescente y también las recitaba en la oración; la memoria del corazón y la oración de los labios: solo falta un requisito, cumplir, llevar a la práctica.

¿Cuál podía ser la excusa para no vivir las leyes de Dios? Que son mandatos lejanos, difíciles para el hombre, propios de gente sabia y experta. Moisés lo desmiente: la ley se ha acercado a ti, se ha aproximado; Dios y su voluntad, como el buen samaritano, se han hecho prójimos de tu vida para ayudarte en las dificultades del camino.

De igual manera que el sacerdocio y la sacralidad se podían malinterpretar desde la separación y la lejanía, también la ley y la moral se podían malentender como requisitos para gente exquisita, superior, especial, apartada. La ley es la condescendencia de Dios que se hace pequeño para iluminar nuestros pasos más concretos.

El hombre actual es también el peregrino herido que, bajando de Jerusalén, queda expuesto a las puertas de Jericó. Muchos son los bandidos de hoy que, prometiendo bienestar y experiencias plenas, nos dejan abatidos en la cuneta, abandonados de todos. No faltan caminantes que han sabido sortear a esos bandidos, como el levita y el sacerdote, pero no siempre saben acercarse para atender nuestro cuerpo maltratado por nuestra propia inconsciencia.

¿Quién se acercará a tocar nuestras heridas? ¿Quién se atreverá a descender de su caballo para subirnos a nosotros y llevarnos a la posada de la sanación?

Uno de los problemas principales de nuestro consumismo exacerbado es la basura que generamos. ¿No es este también el problema de nuestros egoísmos adolescentes que se han hecho programa de esta sociedad? ¡Cuánta gente es dejada atrás, como basura residual, de tantas compañías que venden placer y bienestar!

Reciclar es también la clave de nuestra misma humanidad: recuperar personas que han sido desechadas por la fábrica de placeres en que se ha convertido nuestro mundo. El amor es la clave: personas capaces de acercarse y aproximarse; entonces, el caído se hace prójimo y puede recuperar la dignidad.

Manuel Pérez Tendero