Hacia el Domingo…14 de junio de 2020: “VOLVER AL CUERPO”

Celebramos el día eucarístico por excelencia en medio de una crisis que nos impide hacer las cosas como siempre las hemos hecho. Venimos de unas semanas muy largas en las que, junto a todos los miedos y dificultades sufridos, la mayor parte de los creyentes han tenido que vivir sin Eucaristía presencial.

Es buen día hoy, por tanto, para reflexionar profundamente sobre el papel de la Eucaristía en la vida de los creyentes, en la construcción de la Iglesia y en su misión hacia un mundo que no parece tener hambre de este pan.

Han sido muchos los creyentes que, en el confinamiento, han buscado la Eucaristía a través de la radio, la televisión o internet. Ha llegado a muchas familias y a muchas personas que vivían solas. ¿Va a suponer esta cercanía en casa un aprecio mayor por la celebración parroquial de la misa?

La lejanía física y la falta de alimento, ¿habrá alimentado el hambre de los creyentes? ¿Nos hará más practicantes? A los practicantes, ¿nos hará más convencidos, más genuinamente eucarísticos?

Creo que ha funcionado la “comunión de los santos” en estos días: muchos creyentes sabían que otros hermanos suyos celebraban el misterio en su nombre, comían el pan que nos une y ofrecían a Dios en sacrificio todos los sufrimientos, muertes y dolor de aquellos que no podían estar presentes físicamente en la celebración.

La Iglesia es una comunión eucarística más allá de las fronteras que nos marcan los límites físicos de nuestra fragilidad. Creo que lo hemos experimentado: espero que deje huella y aprendamos a vivir esta comunión más allá de esta crisis.

En la Eucaristía se construye la Iglesia, de ella vive y desde ella crece; también desde ella es enviada a la misión. La Iglesia está siempre en construcción: ¿cómo está afectando toda esta crisis a la construcción del pueblo de Dios? ¿Se van afianzando los cimientos, se van asentando en su lugar las piedras vivas que sostienen el edificio, se refuerza la cohesión entre esas piedras que somos cada creyente? ¿Se afianza la comunión con los pastores, se renueva la unidad, más allá de ideologías o protagonismos personales?

La Iglesia es cosa de Dios, milagro del Espíritu de Jesucristo en medio del mundo: ¿cómo vamos respondiendo nosotros a ese milagro del gran Arquitecto que nos ha puesto en medio de la historia con una misión imprescindible?

Hace dos mil años, en la sinagoga de Cafarnaúm, junto al lago de Galilea, Jesús pronunció un discurso que tuvo poco éxito entre sus discípulos: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. “Para la vida del mundo”: ¿sabe el mundo que su vida y su futuro dependen de este pan? ¿Lo sabemos los creyentes? ¿Celebramos la Eucaristía con la conciencia de que el Señor de la historia está alimentando el mundo con su cuerpo?

No parece que el hambre y la sed de nuestros contemporáneos se dirijan hacia la Eucaristía. Y, en cambio, cada día están más profundamente insatisfechos. Hemos sido creados para tener hambre de Dios y, por eso, nada por debajo de él puede satisfacernos: con esta profunda convicción celebra la Iglesia la Eucaristía y vive misionera en medio del mundo.

Desde la Eucaristía, el amor de Dios por el mundo nos apremia. Nos empuja a suscitar el hambre de Dios en quienes no parecen desearlo; y nos empuja, muy especialmente, a saciar el hambre física de tantos hermanos nuestros que viven aún el drama de la desnutrición y la pobreza.

El camino misionero y el camino hacia los últimos convergen en la vida de la Iglesia. La Eucaristía, además de ser corazón íntimo de la familia creyente, es empuje imparable hacia una tarea en la que el mismo Dios nos ha puesto y en la que el mundo se juega su futuro.

Manuel Pérez Tendero