Hacia el Domingo…17 de octubre de 2020: “ANTONIO ÁNGEL ALGORA HERNANDO”

En la catedral de Ciudad Real, en la mañana de ayer, fue enterrado Antonio Algora, obispo emérito de nuestra diócesis.

A raíz de su muerte, son muchas las biografías y entrevistas que se han subido a las redes sociales. Por ello, no querría yo abundar en esta intensa biografía y en lo que ha significado este obispo nacido en Zaragoza y enterrado en Ciudad Real para la Iglesia en España y en nuestra diócesis. Quisiera, sí, hacer alguna reflexión desde el entierro en el que ayer participamos.

En la basílica catedral hubo protocolo. Sencillo, silencioso, correcto. El protocolo es un servicio, no tiene nada que ver con la hipocresía o con las formas vacías. Obispos, autoridades locales, provinciales, militares…: allí estaban para rendir homenaje a un hombre público de nuestra sociedad que, además, ha luchado por que esa sociedad sea más justa y humana, sobre todo en el mundo del trabajo. Gran parte de nuestro pueblo es cristiano: representándonos a todos estaban allí nuestras autoridades, porque también hay cristianos que están sirviendo a nuestra tierra y a los que todos, incluidos los no creyentes, tenemos mucho que agradecerles. Protocolo significa normalidad, presencia de lo religioso en medio de la sociedad, respeto y reconocimiento.

Pero hubo algo más que protocolo en la mañana de ayer: hubo también sentimiento. Allí estaba la familia de don Antonio: serenos, tristes, afectados. Y, más allá de su familia, también en muchos creyentes y muchos sacerdotes había amistad y cariño. Todos tenemos una dimensión pública y social en nuestra vida, pero somos, ante todo, personas, afecto compartido, relaciones humanas.

Me llamó la atención que, incluso en una de las personas que estaban allí por protocolo, las lágrimas se derramaban de sus ojos, por encima de la mascarilla omnipresente. Podremos ejercer de autoridades, tener nuestras ideas diferentes, pero la muerte nos une, el dolor nos pone en comunión y despierta en todos un interrogante de futuro.

Protocolo y amistad, unidos en armonía, se hicieron presentes en el entierro. Pero hubo algo más. No estábamos allí solo por protocolo a para despedir al amigo: nos habíamos reunido para celebrar la muerte de Jesús; en eso consiste todo entierro cristiano. Don Antonio muere como obispo de la Iglesia, pastor en nombre del Resucitado: él ha cuidado del rebaño por vocación, elegido por la Iglesia para que la familia de Dios no viva huérfana su fe. “El entierro de un obispo” no tiene solo el color y la vistosidad de un personaje importante en una sociedad: tiene el color y la belleza de un ministro de Cristo, un sucesor de los apóstoles.

Además de un puesto en la sociedad –de ahí el protocolo–, además de un puesto más o menos cercano a la pesona de don Antonio –de ahí la amistad–, los creyentes tenemos un puesto a la Mesa de Jesús, en su compañía, en su círculo de amigos: de ahí la presencia por la fe.

La mayor gloria para un cristiano, para un obispo, es que Jesucristo se convierta en protagonista de nuestra propia muerte: “Si vivimos, vivimos para Dios; si morimos, morimos para Dios: en la vida y en la muerte somos del Señor” nos recuerda san Pablo.

Creo que don Antonio ha recibido la gracia de ejercer como sacerdote hasta en su muerte: es el único obispo que ha muerto por coronavirus. El pueblo está muriendo con la pandemia: quiero creer que, como dice la carta a los Hebreos, ser sacerdote es hacerse solidario con el destino de los que sufren. Cristo, en la persona de su apóstol, está compartiendo la muerte de su pueblo para hacerla fructificar desde dentro.

“Si el grano de trigo no muere, no da fruto”. También Cristo está siendo enterrado con nosotros en estos meses: habrá fruto más allá del dolor. Esta es también la misión de la Iglesia, la tarea de sus apóstoles.

Que la muerte de don Antonio sea fecunda para su persona: rezamos por ello; y pedimos, también, que sea sacerdotal: para bien de la Iglesia, para bien de los trabajadores y de toda la sociedad.

Manuel Pérez Tendero