Hacia el Domingo…18 de agosto de 2019: “UN BAUTISMO QUE DUELE”

Ayer por la tarde tuve el privilegio de bautizar a una niña. Muchos de nosotros hemos participado alguna vez en algún bautizo; la alegría suele ser el signo en estas celebraciones. Celebramos la vida, el futuro está presente, la familia se reúne y la pequeñez suscita en nosotros ternura y esperanza.

También habla de bautismo Jesús en el evangelio que este domingo se proclamará en nuestras parroquias: “Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!”

La experiencia del bautismo es fuente de angustia para Jesús, muy diferente a la experiencia del bautismo que tenemos sus discípulos: ¿a qué se debe esta aparente contradicción?

Cuando hablan del bautismo, los evangelios se refieren a la muerte de Jesús en el suplicio de la cruz. De hecho, cuando relatan el bautismo de Jesús en el río Jordán, nos ofrecen unas claves para que lo interpretemos desde la muerte futura que el Hijo de Dios sufrirá.

El Maestro también les pregunta a sus discípulos si están dispuestos a ser bautizados con el bautismo con que él será bautizado. Con un sí rotundo respondieron los hijos de Zebedeo y, efectivamente, en el futuro sufrirán el martirio por predicar la victoria del Crucificado.

¿Tal vez hemos olvidado una dimensión fundamental de nuestro bautismo cristiano? ¿Será que conocemos demasiado poco las Escrituras y nos hemos acostumbrado a construir unas celebraciones según nuestras propias claves solamente?

En una de las reflexiones más antiguas sobre el bautismo cristiano, escribiendo a los cristianos de Roma, san Pablo lo interpreta como un acto por el que morimos con Cristo y somos sepultados con él para poder vivir de una forma nueva también con él.

Recibir el bautismo es una experiencia de muerte y de renacimiento: ¿es así como lo vivimos? ¿A qué muere, de hecho, la persona que es sumergida en el agua? ¿O queda todo como un símbolo superficial y vacío de nuestras costumbres religiosas?

El bautismo es la experiencia más importante de la vida de una persona, es la transformación más radical de su existencia, es el acto que más configura su futuro: ¿es así como se vive? ¿No parece, más bien, que no cambia nada en el que se bautiza? ¿Hasta qué punto configura su camino, sus decisiones, sus pertenencias, su estilo de vida?

Después de hablar de su bautismo doloroso, Jesús se refiere a un fuego que ha venido a prender y a unas divisiones que surgen debido a su misión. ¿No nos han acostumbrado a pensar que el cristianismo es algo así como un pacifismo inerte, en el que nada debe ser muy definido ni radical? Las palabras de este domingo son difíciles de entender para los discípulos de Jesús, sobre todo para aquellos que hemos nacido en una situación de bienestar y no nos hemos jugado nunca nada por ser cristianos.

Si leemos el Evangelio y repasamos la historia, parece, en cambio, que la persecución y la incomprensión forman parte constitutiva de la religiosidad surgida de Jesucristo: él murió crucificado y el martirio ha sido la tónica de toda la historia de la Iglesia.

Es tarea fundamental del creyente que esa persecución sea solo por ser seguidor del Crucificado, no por una actitud impositiva o arrogante hacia nadie. Elegir el camino del Siervo es afrontar su estilo y su destino: una misericordia incomprendida que se vuelve contra aquel que ama pero que, de esta manera, acaba venciendo y redimiendo a todos.

Deberíamos enseñar a aquellos que bautizamos el camino en que los hemos situado, qué implica ser discípulos de Jesús: también en la propia familia pueden surgir incomprensiones y rechazo.

Manuel Pérez Tendero