Hacia el Domingo…19 de enero de 2020: “LLEGAR A TODOS”

Esta semana he tenido la suerte de compartir tarea, tiempo e inquietudes con un grupo de personas desconocidas para mí, de tierras lejanas y con perspectivas diferentes. Algunos de ellos se sienten herederos de aquellos movimientos sociales que surgieron en la Iglesia en los años setenta y se situaron de forma dialéctica frente a toda institución, muy especialmente frente a la misma Iglesia.

Han sido interrogante para mí. Una de las preguntas de fondo que latían entonces y que aún hoy se hacen muchos –a otros, ni siquiera les preocupa el tema– es si la Iglesia responde a los problemas reales de la gente.

¿Lo hacía la Iglesia de los años setenta? ¿Lo hace la Iglesia de hoy? Por el interés que suscita y las personas que convoca, podríamos responder que hemos empeorado en este sentido. ¿Cuál es la búsqueda del hombre a la que el cristianismo quiere salir al encuentro? ¿Qué resortes existen en nuestra vida cotidiana que son puertas abiertas a lo religioso?

Durante estos domingos de comienzo del año, leemos en los templos los inicios de la vida pública de Jesús. Fue un Maestro con mucho éxito, tanto en Galilea como en las regiones y ciudades de los alrededores: Decápolis, Fenicia, Judea. Podemos descubrir, ante todo, dos actividades por las que Jesús atraía a la masa del pueblo: su manera de hablar y, sobre todo, su poder para sanar a los enfermos y endemoniados.

La enfermedad ha sido siempre un resorte fundamental que nos ha abierto a la dimensión trascendente. Las dificultades de la vida son puerta abierta para la oración y la búsqueda de Dios. Una sociedad que, progresivamente, va conociendo el bienestar, ¿será una sociedad menos capacitada para la pregunta religiosa? ¿Se alimenta Dios de nuestros límites y sufrimientos?

Según los textos bíblicos y según el actuar del mismo de Jesús se trata, más bien, de lo contrario: Dios trabaja con el hombre para superar el dolor, para dar sentido al sufrimiento. Siempre seremos limitados: somos criaturas; pero estamos llamados a encontrar los caminos de la felicidad en medio de esos límites. Las capacidades que el Creador ha puesto en el hombre no pueden ir en contra de la presencia y el cariño de ese mismo Creador.

La Iglesia, por tanto, está llamada, en nombre del Dios hecho carne, a acompañar todos los límites del hombre: solo ahí es posible crecer como personas, solo ahí descubrimos la realidad del otro y sus sufrimientos, solo ahí vamos comprendiendo, con dificultad, que estamos siempre en camino y somos criaturas.

Junto a su poder taumatúrgico, Jesús atraía a las masas por su palabra nueva y llena de autoridad. Sabía llegar al corazón de las personas porque daba sentido a lo más profundo de sus búsquedas.

El ser humano, además de cuerpo y psicología que nos duelen, es también persona y proyecto, sujeto que busca sentido a todo lo que hace. La felicidad no coincide exactamente con la ausencia de dolor: queremos amar, proyectar el futuro, trabajar para transformar la realidad; queremos aprender, nos empuja la admiración. Necesitamos, por ello, horizontes para soñar y poder ser hombres en plenitud.

La Iglesia, como Jesús, está llamada a dialogar con los interrogantes más profundos del ser humano. Además de estar al lado del dolor, sabe estar también al lado del hombre que busca amar y trabajar. La religión acompaña nuestros amores y desamores, nuestros esfuerzos y nuestra falta de trabajo. La religión, además, se sitúa también como un horizonte de amor: la comunidad que debe ser fraternidad, el Dios que nos ama y es Padre de todos. Y se sitúa también como realidad que pone tarea a nuestras vidas: Dios tiene un proyecto para cada uno de nosotros que nos humaniza; ayudar a encontrar la vocación de cada persona es ayudarle a humanizar su vida, a ser feliz encontrando su propio camino.

El ser humano está lleno de resortes que le abocan a Dios: de él venimos y, a pesar de nuestros caminos errados, a él nos dirigimos.

Manuel Pérez Tendero