Hacia el Domingo…19 de julio de 2020: “EL TRIGO Y LA CIZAÑA”

“Meter cizaña” es una de las expresiones de nuestro vocabulario que tienen orígenes bíblicos. En concreto, se inspira en la parábola del trigo y la cizaña que aparece en el evangelio según san Mateo.

El trigo simboliza lo bueno y la cizaña, en cambio, la hierba mala, que comparte tierra y crecimiento con el trigo.

Según la explicación de la parábola, el enemigo del dueño de la tierra es quien siembra la cizaña; ese enemigo es “el diablo”. Por tanto, “meter cizaña”, de alguna manera, es hacerle la jugada al diablo, funcionar según sus leyes.

La cizaña misma, dice Jesús, son los partidarios del Maligno. ¿Quiénes son? No se nos dice: en cada época tienen diferentes rostros y nombres diversos.

¿Por qué dijo Jesús está parábola, tiene sentido también para nuestra época? La clave está en la pregunta de los criados: “Señor, si sembraste trigo, ¿por qué brota también la cizaña?”. Esta es la primera cuestión que, desde siempre, el hombre se ha preguntado: si Dios es bueno y siembra el bien, ¿por qué vemos en los sembrados del mundo tanta semilla mala? ¿De dónde viene y cuál es el sentido de su existencia? Es más, ¿por qué no la arranca el dueño de la tierra? Es la impaciencia del hombre frente a los caminos de Dios.

La parábola no nos da todas las respuestas, deja interrogantes abiertos. Nos dice, eso sí, que el origen del mal está en el diablo: existe una voluntad libre superior al hombre que quiere pervertir los caminos del hombre. Una voluntad libre que nos desborda, pero muy por debajo del poder de Dios. Y ahí surge la gran cuestión, el misterio fundamental: ¿por qué no acaba Dios con la cizaña? ¿Por qué existe el mal en el mundo, por qué lo permite el Dios bueno, el Dueño de todos, el sembrador del trigo?

“Podríais arrancar también el trigo: Dejad que crezcan juntos hasta la siega”. La perspectiva es escatológica: la justicia de Dios es bien real, pero tiene unos tiempos que no son los nuestros. Él es paciente, él conoce los recovecos de la historia; nosotros, no.

La permanencia del mal en el mundo, de un mal limitado pero doloroso, es un misterio que tiene que ver con la salvación. Tiene que ver, ante todo, con la paciencia de Dios y su capacidad para reconducir las cosas y convertir los males en bienes.

Si Dios arrancara toda cizaña, ¿no tendría que arrancarnos también a nosotros a menudo? La cizaña no es solo una cuestión exterior, el trigo y la cizaña no solo representan el mundo, sino nuestro propio mundo interior: ¿no experimentamos el límite y el mal dentro de nosotros mismos? ¿No querríamos arrarcar aquello que no nos gusta? ¿Por qué no somos dueños del todo de nuestro propio campo? ¿No querríamos vernos libres de límites y de males? Pero, ¿sería eso conveniente? El perfeccionismo es inhumano y perjudica al trigo. A veces, “lo perfecto es enemigo de lo bueno”.

La parábola de la cizaña es una llamada de Jesús a sus discípulos para que aprendan los caminos de la paciencia: todo tiene su tiempo; ahora, toca sembrar y hacer crecer lo bueno; que nos preocupe el trigo. Es también una llamada a los sembradores de cizaña: aunque parezca que Dios calla, el Dueño de la mies arrancará la cizaña a su tiempo y pondrá todas las cosas en su sitio. La justicia, a menudo, parece que se hace esperar, pero llega inexorable.

La parábola de la cizaña es, ante todo, una enseñanza de Jesús para mostrarnos quién es Dios, su Padre, el que nos ha creado. Él es Dueño y Señor: porque es grande puede ser misericordioso, su omnipotencia se manifiesta en la paciencia y el perdón. Como dice el libro de la Sabiduría, “Él juzga con moderación, nos gobierna con gran indulgencia”.

No olvidemos nunca que él nos ha creado a todos, también a aquellos que lo desprecian, también a los pecadores, a los increyentes, a los enemigos de la religión.

Seguiremos dialogando con Jesús y meditando sus parábolas para comprender el misterio de esta historia en la que existen muchas fuerzas y numerosos sembradores, pero que está en manos, ante todo, de Dios.

Manuel Pérez Tendero