Hacia el Domingo…2 de febrero de 2020: “PRESENTACIÓN DEL NIÑO”

Cuarenta días después de Navidad, vuelve la fiesta de la luz a nuestros pueblos: La Candelaria. Una fiesta de María, que es candela, como nosotros mismos estamos llamados a ser. Una fiesta, ante todo, de aquel que brilla como luz en nuestras candelas: el Hijo de María.

De ahí viene el nombre de esta fiesta del día dos de febrero: “Luz para alumbrar a las naciones” llamó el anciano Simeón al bebé Jesús cuando estaba entre sus brazos en el templo. Luz para todos y gloria para los suyos, para su pueblo, para Israel.

Un bebé que alumbra en manos de un anciano, en manos de su Iglesia y de cada uno de nosotros. Pero, ¿qué hacían allí, en el templo, los padres de Jesús? Se solapan dos rituales: la purificación de la parturienta y la presentación del primogénito. Este segundo ritual es el que tiene más importancia. ¿Cuál es sus signifcado?

Israel, desde antiguo, ha sido educado para ofrecer a Dios sus primeros frutos. Lo hacían ya los antepasados nómadas cuando ofrecían el cordero primogénito, sin mancha, al llegar en primavera la fiesta de la Pascua. También debían hacerlo cuando, más tarde, se establecieron en Canaán y se hicieron sedentarios: las primicias de la cosecha debían ser para Dios y, por ello, eran llevadas al templo en presencia de los sacerdotes. Una de las oraciones más bellas de la Biblia se pronunciaba durante este ritual: “Mi padre era un arameo errante…” (Dt 26).

El primer parido del ganado, el primogénito; los primeros frutos agrícolas, las primicias: debían ser ofrecidos a Dios. ¿Por qué? Como reconocimiento de que la tierra y sus frutos, hasta nuestra propia vida, nos vienen de Dios. En culturas más antiguas podía interpretarse como un “pago” a los dioses por alquilarnos un pedazo de sus tierras, o incluso como una “compensación” para que se mantuvieran tranquilos y no molestasen a los hombres ni los castigasen por sus pecados. En Israel, en cambio, es un signo de reconocimiento. El libro del Deuteronomio lo repite una y otra vez: cuando te vayan bien las cosas en la tierra, cuando acabe el duro camino por el desierto, no olvides Quién te ha dado la tierra, Quién te ha liberado.

El agradecimiento y la humildad son la clave del sacrificio, de toda ofrenda.

¿Qué sucede con el fruto más íntimo de lo que somos, más allá del trabajo? ¿Qué sucede con los frutos de nuestra propia carne? La legislación de Israel también lo tiene claro: todo le pertenece a Dios, también nuestra vida y su futuro, nuestra fecundidad. Por ello, el primogénito de la familia ha de ser ofrecido a Dios.

Eso sí, a diferencia de los animales, el primer varón no ha de ser sacrificado: es sustituido por un cordero o, en el caso de familias más pobres, por un par de tórtolas. El primogénito es rescatado, a diferencia de los pueblos vecinos de Israel, cuyas familias sí sacrificaban a sus hijos a sus dioses. Este es el sentido del sacrificio de Isaac, que no llega a perpetrarse porque el Dios de Israel rescata a aquellos que le son ofrecidos.

La vida es de Dios, del Dios verdadero y, por eso, es rescatada. Solo en sus manos hay futuro y libertad. Mucha actualidad tienen estos rituales que, por desgracia, muchos siguen haciendo sin profundizar en su sentido, como floklore vacío que no educa nuestros caminos y costumbres.

También hoy nuestros hijos son ofrecidos a los dioses de turno a quienes nos complacemos en adorar. Han cambiado sus nombres y hemos transformado sus tronos, son más sutiles sus exigencias y parecen prometernos más, pero siguen siendo los dueños de nuestros deseos y aspiraciones. Es posible que, hoy como ayer, solo los hijos de aquellos que reconocen al Dios verdadero sean rescatados de la muerte y de una vida expropiada por los ídolos de los mayores.

¿A quién pertenecen nuestros hijos, a quién se los damos, en qué manos ponemos su futuro? Israel, en medio de la idolatría general, supo encontrar el camino del Único Dueño que libera. También Jesús participó de esta ofrenda: José y María pusieron su futuro en manos de Dios.

Manuel Pérez Tendero