Hacia el Domingo…20 de enero de 2019: “LA BODA MÁS FAMOSA”

No sé cuál fue, el año pasado, la “boda del año”; tampo sé cuál será este año. Es verdad que, según pasa el tiempo, el matrimonio no parece ser uno de los valores más significativos de nuestra sociedad. Pero sigue habiendo “bodas del año” y también “bodas del siglo”. Los reyes, los famosos, los deportistas… aumentan su fama también con sus relaciones afectivas, sus vidas privadas y sus compromisos de amor.

Es difícil que los periodistas y los expertos en sociología se pongan de acuerdo sobre cuál ha sido “la boda del siglo”; pero creo que todos estamos de acuerdo si nos atrevemos a señalar cuál ha sido la boda más famosa de la historia.

No fue en Londres, ni en el París de la Ilustración, tampoco en la medieval Verona, ni en los lugares míticos de la antigua Grecia o el ancestral Egipto. La boda más famosa de la historia fue en un pueblo de Galilea: Caná. Y no ha sido famosa por los novios, como sucede en todos los demás casos: ni siquiera conocemos sus nombres. Ha sido famosa por sus invitados: María y Jesús, de la cercana aldea de Nazaret; una madre de familia y un carpintero. Eran todo lo contrario a lo que hoy llamaríamos “famosos”.

¿Cuál es el misterio de aquellas bodas y el milagro de la transformación del agua en vino? ¿No son, en el fondo, un reflejo de todos nuestros matrimonios y de todas nuestras relaciones? Es la boda más famosa porque es la más nuestra: habla de nuestras propias vidas en camino.

María supo darse cuenta de la falta de vino e intercedió ante su hijo. ¿En qué matrimonio, tarde o temprano, no parece agotarse el vino? No me refiero al vino físico de nuestras bodegas: en muchas familias, al contrario, más bien sobra vino y se entromete el alcohol para destruir las relaciones.

El vino que faltó en Caná es el vino de la alegría, es un símbolo de nuestras relaciones que pierden su frescura; el amor encendido no dura siempre. El amor, como el agua, como el vino, como todo lo humano, necesita sus fuentes; no podemos darlo por supuesto: necesita alimentarse, ser cuidado, crecer, esforzarse, vencer obstáculos, afianzarzse, purificarse.

La clave de todos los matrimonios y de todo nuestro amor está en saber encontrar la fuente donde beber vida para poder compartirla. En Caná, la clave estuvo en los invitados: con la ayuda de la intercesión de María, Jesús de Nazaret se convierte en fuente de un vino abundante y nuevo para las bodas de Caná, para todas las bodas de la historia.

Cuando Jesús y su madre han sido invitados a nuestro matrimonio, a nuestras relaciones, hemos sabido colocar una fuente de vino y alegría en el corazón de nuestras vidas. Él puede convertir existencias aguadas por la rutina en relaciones llenas del vino de la entrega, con la sonrisa auténtica del que ha descubierto el amor más humano y profundo.

¿Seremos sensibles a la falta de vino en nuestros amores? ¿Tendremos la presencia de María para darnos cuenta a tiempo del problema y saber dirigir la mirada al único que puede solucionarlo?

En Caná, no solo no faltó el vino, sino que mejoró con el tiempo: el segundo vino, el de Jesús, es mejor que el primero. Es lo que sucede con el amor cuando es genuino: crece con los días. La clave del amor no está en llenarse de enamoramiento en los inicios para aguantar, después, el mayor tiempo posible según se desinfla es enamoratmiento con la presencia de la rutina; la clave del amor está en que, aunque aprende a cambiar de color, crece con los años: cuanto más conozco, más amo; cuanto más amo, más quiero conocer.

Las bodas de Caná siguen estando ahí, como llamada a nuestros amores, como posibilidad de esperanza cuando parece que ya es imposible recuperar la alegría y volver a beber el vino que plenifica la vida.

Manuel Pérez Tendero