Hacia el Domingo…20 de octubre de 2019: “AGUA Y TIERRA”

Sumergirse en el agua que limpia y da la vida: ese es el sentido del Bautismo cristiano. Ponerse en camino para recorrer las distancias de la misión, llegar al otro en nombre de Dios por los caminos de la historia: ese es el sentido de la tarea misionera de la Iglesia.

Lo más normal sería limpiarse después del camino. En cambio, la secuencia que nos recuerda la Jornada misionera de este año es la contraria: “Bautizados y enviados”; renacidos para poder ser entregados, limpios para ponerse en camino.

Es la secuencia que vivió el mismo Jesús de Nazaret: al cominezo de su vida pública, el Jordán, el río, la limpieza. Después, los caminos llenos de dificultades y barro. Al final del todo, después de mancharse con el barro de la tierra de su pueblo, acabó elevado en la cruz, sucio de su propia sangre; la carne y la sangre que tomó de nosotros y que supo ensuciarlas por amor. Todo, para que comenzara la nueva y definitiva limpieza para todos… y continuara la misión.

Fue también la secuencia que les pidió a sus discípulos: en la Última Cena, les lavó a todos los pies para convertirlos en caminantes; los pies lavados para ir, en su nombre, a surcar los caminos de la evangelización y el servicio.

En la liturgia de este domingo se hablará de la importancia de la oración: insistir es la clave, confiar, perseverar. Para hablar de la necesidad de la oración, leeremos un episodio significativo del éxodo de Israel, en pleno desierto camino de la Tierra Prometida, cuando los amalecitas se enfrentan con el pueblo y surge la batalla.

Las dificultades del desierto no son solo naturales: junto a la sed, el cansancio y el vacío, también acechan los enemigos del pueblo. Caminar es esforzarse, luchar, avanzar frente a todos los obstáculos del camino.

En la batalla, Josué dirige al ejército y lucha. Moisés, a su vez, sube a la montaña para orar, para levantar los brazos a Dios y extender el cayado milagroso. La victoria es fruto de la oración y el esfuerzo humano: “A Dios rogando (Moisés) y con el mazo dando (Josué)”.

Es más, de ambas dimensiones, la más importante es la primera: cuando Moisés se cansa y baja los brazos, cuando deja de estar con contacto con Dios, el ejército retrocede. Moisés necesita ayuda y le asisten Aarón y Jur para que levante los brazos, para que no baje la tensión de la oración.

A raíz de la Jornada del DOMUND y la lectura de este domingo, podemos establecer un pararlelo entre el camino de Israel por el desierto hacia la Tierra Prometida y el camino de la Iglesia hacia las tierras de misión, al encuentro de todo hombre y mujer a quienes Dios quiere llegar.

La misión no es fácil, no es un paseo turístico para compartir experiencias superficiales con otras culturas. El camino está lleno de arena, es largo y cansado. Surgen, además, dificultades que el mal nos pone delante: los enemigos de la misión existen, fuera y dentro. Es necesario luchar. Sin esfuerzo, sin camino prolongado, sin travesía del desierto, es imposible la misión; será turismo, intercambio de experiencias, pero no misión.

En este camino, como en el caso de Moisés y Josué, el milagro misionero necesita las dos dimensiones para vencer y llegar a la meta: la lucha y la intercesión, el esfuerzo humano y la oración. Estamos comprometidos en una tarea que es de Dios, sobre todo de Dios; es nuestra porque es suya antes, porque hemos sido enviados por él.

En el relato del Éxodo, antes de la batalla de Amalec, Moisés ha realizado el milagro de la roca: brota agua para el pueblo sediento. De nuevo, la secuencia clave: agua y tierra, oración y lucha, bautismo y misión.

También hoy, este domingo, beberemos y seremos limpiados a los pies de la cruz del Maestro. ¿Nos atreveremos a salir, también, a la misión? ¿Cumpliremos el deseo de quien nos ha enviado?

Manuel Pérez Tendero.