Hacia el Domingo…20 de septiembre de 2020: “PRIMERAS COMUNIONES”

Debido a la situación de pandemia que llevamos sufriendo meses en todo el mundo, las Primeras Comuniones de nuestros creyentes más pequeños han tenido que retrasarse. Ha cambiado, también, la forma de hacerlo: ¿se parecen ahora más nuestras celebraciones a los orígenes de este sacramento o eran más verdaderas antes?

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata los incios del cristianismo y, como corazón de sus actividades, se señala la celebración de la fracción del pan: “Partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo” (Hch 2,46s).

La fracción del pan es un gesto tomado del ritual de bendición de las comidas judías: el pater familias, el dueño de la casa, partía el pan bendiciendo a Dios y lo repartía para que todos participaran de la bendición. Interpretado desde la pascua de Jesús, el gesto de partir el pan es también memorial de su cuerpo partido en la cruz. Celebrar la eucaristía es hacer memoria cotidiana de la entrega de Jesús, de su muerte redentora.

            Pero san Lucas añade que, tras partir el pan, “tomaban el alimento”. La eucaristía es comunión, participación física y real de toda la comunidad en el pan de Jesús, en su entrega; la eucaristía es banquete, comida compartida con Jesús resucitado y con los hermanos: ahí se funda la familia nueva del Reino. El cristianismo es un misterio de alimento, de comida y bebida.

La eucaristía es el alimento de nuestras familias, el pan de nuestro cristianismo, aquello que hace crecer nuestra fe y siembra nuestras vidas con la semilla de la eternidad.

            Leyendo el texto de san Lucas podemos recordar algunas actitudes en la Iglesia primitiva a la hora de “tomar el alimento”.

Lo hacían “con alegría y sencillez de corazón”. Son dos actitudes que suelen estar muy relacionadas. La eucaristía es el lugar donde la familia retoma su alegría y alimenta su sencillez, como el salmista, que “no pretende grandezas que superan su capacidad, sino que acalla y modera sus deseos como un niño en brazos de su madre” (Sl 131). La sencillez es posible en el regazo familiar, en la confianza de que hay alguien que nos ama y nos cuida. En la eucaristía se hace presente el misterio paternal y maternal de Dios, su providencia que nos hace vivir en confianza, con alegría y sencillez.

Comían el pan “alabando a Dios”. La finalidad de la eucaristía es, ante todo, la gloria de Dios; no es la satisfacción personal, o el aprendizaje de teorías sobre Dios, o el acicate para una praxis comprometida. La familia, la casa, es un lugar para alabar a Dios como Padre común; la familia enseña siempre a mirar “más arriba” y “más dentro”, aprendiendo a buscar el centro de lo que somos más allá de nosotros mismos.

Celebrando la Eucaristía, los cristianos “gozaban de la simpatía de todo el pueblo”. La fracción del pan no es solo “para la misión”: ella misma es misión. La casa no es solo “lugar de privacidad”, sino cimiento de la sociedad, lugar desde el que se construye el pueblo. Desde la casa, celebrada con sencillez y alegría, y con la mirada fija en Dios, la fracción del pan se convierte en el principal acto misionero de la comunidad en medio del pueblo.

Es un buen programa, no solo para nuestras parroquias, sino para todas nuestras familias. La “casa” que celebra la eucaristía, que parte el pan de esta manera, se convierte en lugar misionero fundamental. La participación familiar en la eucaristía es uno de los actos de evangelización más importantes que podemos realizar en la actualidad.

Memoria de Jesús, alimento de la vida, alegría profunda, alabanza a Dios, misión abierta: así nació la fracción del pan. Sería importante discernir nuestras “Primeras Comuniones”, y todas nuestras celebraciones, desde la verdad original del cristianismo.

Manuel Pérez Tendero