Hacia el Domingo…21 de junio de 2020: “LUZ EN EL DOLOR”

¿Cuál ha sido el libro más leído de la historia? Me atrevería a aventurar una respuesta: se trata de un libro bíblico. Y creo que no está en el Nuevo Testamento, aunque este tema sería discutible. Creo que el libro más leído de la historia es el libro de los Salmos. Leído, releído, meditado, cantado, comentado, orado.

Como sucede con los buenos poemas, muchos de estos Salmos son también recitados sin leer, de memoria, para acompañar momentos importantes de nuestra vida. Como sucede con los buenos poemas, su significado nunca se agota: nos descubren, cada vez, tesoros nuevos de interioridad humana.

Escritos hace muchos siglos, los Salmos nos hablan de aquello que nos sucede hoy: nos hablan del hombre desde sus sufrimientos y alegrías, nos hablan de experiencia, de la vida que vivimos.

Los Salmos han acompañado el sufrimiento de muchas personas a lo largo de los siglos, incluso de personas no creyentes. Han sido luz para el camino, han aportado sentido y consuelo, tanto para las comunidades como, sobre todo, para muchos individuos.

En los Salmos, el creyente se atreve a abrir su alma de par en par delante de Dios. Y, puestos por escrito, nos ofrecen cauce y palabra para comprender también lo que sucede en nuestra propia alma, nos invitan a atrevernos a vivir desde Dios todo lo que nos sucede.

La clave de los Salmos es la fe: la seguridad de que Dios está siempre ahí, aunque a menudo no se le vea ni parezca que nos escucha. Son fruto de muchas vidas que se han sabido acompañadas, de muchas personas que han buscado, entre las sombras, la luz y el rostro de Alguien que nos cuida y da sentido a todo.

Hay Salmos de todo tipo, para diversas circunstancias, son numerosos los géneros literarios: súplicas individuales y colectivas, himnos, salmos de confianza, acciones de gracias, liturgias festivas, cánticos del rey, peticiones de perdón… Por esto mismo, es difícil no encontrar un Salmo que ponga palabra a las diversas situaciones de nuestra vida, en la alegría y en la tristeza, en la compañía y la soledad.

Pero abundan entre los Salmos, sobre todo, las súplicas individuales. Quizá la segunda clave de los Salmos, junto a la fe en un Dios que no nos deja, sea el sufrimiento del hombre. En todas las razas y lenguas, en todos los tiempos y lugares, el hombre ha sido siempre una criatura que sufre, que acompaña el sufrimiento y que busca el sentido de ese sufrimiento.

Por eso, el sufrimiento, propio y ajeno, es un lugar hermenéutico fundamental para comprender los Salmos. Durante la liturgia de este domingo leeremos el Salmo responsorial y diremos: “¡Sálvame, oh Dios, porque las aguas me llegan hasta el cuello, me hundo en el cieno! ¡Estoy exhausto de gritar!… ¡Respóndeme, Yahvé, pues tu amor es bondad; en tu inmensa ternura vuelve a mí tus ojos!”. No es indiferente el “lugar existencial” desde el que pronunciemos estas palabras. Cuando alguien que sufre lee despacio este y otros muchos Salmos, se da cuenta de que está hablando de su propia experiencia. De esta manera, expresando su dolor, se siente unido a una larga historia de seres humanos que, como él, han dejado con sus heridas huella en este mundo; se siente acompañado por muchos orantes de todos los tiempos y se sabe, sobre todo, escuchado: hay un Dios que ha inspirado esas palabras porque quiere estar junto a nosotros en medio de los dolores de la vida.

Una Iglesia que sufre, que se ve superada por los problemas que le llegan de fuera y de dentro, que es consciente de sus límites y pecados, no rezará los Salmos de la misma manera que una comunidad que vive centrada en otras cosas y no ha palpado el dolor.

Lo mismo sucederá con cada uno de nosotros: la vida nos da claves que nos hacen comprender los Salmos de una forma nueva y más profunda. Los Salmos, por otro lado, nos regalan una inmensa luz para la vida, sobre todo cuando aprieta el sufrimiento. Son, ante todo, ventana abierta para atisbar la luz de Alguien que nos cuida, a pesar de todo.

Manuel Pérez Tendero