Hacia el Domingo…22 de marzo de 2020: “LA MISIÓN DE JOSÉ”

El evangelista san Mateo, en los comienzos de su relato, nos muestra a un varón judío, de nombre José, que se ve sorprendido con el embarazo de María, la mujer a la que había desposado. Esta sorpresa le desbordó por completo y le llenó de temor: ¿qué tenía que hacer, cómo responder a una situación que él no comprendía?

También nosotros, en tantas circunstancias de la vida, no comprendemos y tenemos miedo. Nos encontramos, a menudo, con personas a las que no acabamos de entender, que nos cuesta aceptar; también nos llegan situaciones complicadas que nos desbordan y no sabemos qué hacer; es posible que, alguna vez, ciertas inquietudes interiores, aunque sean positivas, nos llenen de temor porque no las controlamos: la vocación tiene mucho que ver con esta sensación. La presente situación en que nos encontramos, este estado de alarma por el coronavirus, es también una realidad que nos hemos encontrado sin buscarla y que nos llena de miedos.

¿Qué hacer cuando nos visita el desconcierto?

José, como nosotros, tiene una respuesta inmediata: rechazar la situación. Eso sí, con respeto: repudiar en secreto a María. José no sabía que, en el misterio de esta mujer embarazada, se encontraba el plan profundo de Dios que actúa en el mundo de los hombres.

Gracias a su sueño, gracias a una experiencia de Dios que le habla, José decide obedecer: se fia ante el misterio y decide cuidar lo que no comprende. Tiene que acoger a esta mujer, su mujer, en su casa y tiene que dar un nombre y educar a un hijo que no es suyo.

No sé cuáles eran los sueños de José cuando era adolescente; no sé qué planes tenía para su vida; pero, en un sueño, decidió obedecer los sueños de Dios y convirtió su vida en un servicio a los planes del Todopoderoso sobre María. José también forma parte de este plan de Dios, aunque él no es el protagonista primero.

A menudo, entendemos la vocación como la autorrealización del sujeto en una especie de película en la que cada uno somos siempre el protagonista principal. La vida, entonces, sería un conjunto inconexo de historias paralelas sin una trama común, sin argumento ni desenlace. La vida sería un plató que compartimos aquellos que estamos grabando nuestras propias escenas: el que es protagonista desde el enfoque de una cámara, es fondo para la historia que se está grabando desde otra cámara. Sin director, sin guionista: la historia es un caos de películas propias donde nadie sabe el papel que le corresponde con respecto a los demás.

Para la Biblia, en cambio, el mundo es historia de la salvación: escenario de una sola historia en la que todos estamos implicados. Todos los papeles son importantes; es más, los papeles más sencillos son los que tienen la clave del desenlace. Aparecer en alguna escena como protagonista es también un servicio, y no el más importante.

El gran protagonista de la historia de los hombres, según la Biblia, es Jesús de Nazaret, el Dios que se ha hecho carne y debilidad en un rincón perdido de la historia y de la geografía, para conducir el drama de los hombres a su mejor final. Nuestro papel será relevante siempre y cuando esté ligado a su actuación. Desde él se mide nuestra presencia y la calidad de nuestra misión.

Esta es la preciosa vocación de José: secundar la vocación de María, su mujer, con relación al protagonista, Jesús; cuidar al protagonista desde el seno materno para que aprenda, en la escuela limitada de su paternidad no física, los caminos de la misión y de la entrega. Cuidar a la esclava del Señor en su debilidad de embarazada, preparar a Dios para salvarnos como hombre: no es pequeña la misión de José.

Tampoco hoy sabemos cuáles son los planes de Dios para este mundo global en que vivimos y sufrimos: en estos días de cuarentena y Cuaresma estamos comprendiendo que nuestros planes eran otros y tenemos que aprender a ajustarlos a la fuerza de lo real. El Espíritu de Dios no dejará de fecundar el mundo y, en nuestros sueños, hablará su Palabra y nos invitará a secundar su voluntad.

Tiempos recios, para mirar al futuro, como nunca, desde los ojos de Dios.

Manuel Pérez Tendero