Hacia el Domingo…26 de abril de 2020: “EMAÚS”

No sabemos si era una aldea o una ciudad. Tampoco sabemos muy bien donde situarla. Pero conocemos bien su nombre y su significado: Emaús.

El evangelista nos dice que estaba a sesenta estadios de Jerusalén, es decir, a unos once kilómetros.

Hay dos preciosos santuarios a once kilómetros de Jerusalén. Uno de ellos, al norte, se sitúa en la zona palestina. Su nombre actual es Qubeibeh. Este santuario, no muy antiguo, lo cuidan con esmero los franciscanos, pero son pocos los peregrinos que lo visitan. En las excavaciones parece haber algunos restos de ocupación de la época romana: no faltan, por tanto, argumentos para situar allí el relato de los díscípulos que se encuentran con el Resucitado.

También a once kilómetros de Jerusalén está la aldea de Abu Gosh, junto a la autovía que conduce a Tel Aviv. Estamos en la zona judía. Muy cerca, en lo alto del monte, se yergue un santuario de monjas que recuerda la ciudad de Qiryat Yearîm, el lugar del traslado del arca en tiempos de David: una gran estatua de María, la nueva arca de la alianza, sirve de referencia. Muy cerca, también, se sitúa un parque nacional, en un rincón precioso de aguas y vegetación, que sirvió un día para guerreros cruzados que se jubilaban.

El santuario de Abu Gosh es hoy un convento de clausura de los monjes olivetanos. En la cripta, una cisterna nos recuerda antiguas ocupaciones humanas. Una incripción en latín nos dice que por aquí se asentó la X Legión Fretense de los romanos. La iglesia medieval, con restos de pinturas, está rodeada por un jardín precioso, muy adecuado para el silencio y la oración. Por aquí pasó san Francisco en su peregrinación hacia los Santos Lugares.

Por tanto, tampoco faltan razones históricas para hablar de este lugar como el escenario de la fracción del pan por parte de Jesús ante Cleofás y su compañero.

Existe otro lugar, en la misma carretera, pero mucho más alejado de Jerusalén. Se trata de Anwas, al lado de Latrún, donde hay un monasterio de monjes que fabrican buen vino. En tiempos de Jesús había allí una ciudad que se llamaba Emaús.

Es un lugar privilegiado estratégicamente. De hecho, en la primera guerra árabe-israelí fue un lugar de luchas continuas, con un significado estratégico de primer orden. Allí acaban las colinas de Judá y comienza la llanura costera. Por eso, allí muy cerca se sitúal el aeropuerto de Tel Aviv. Al lado está también el valle de Ayyalón donde, según las Escrituras, Josué le dijo al sol que se detuviera: un episodio que nos ha costado grandes disgustos en la historia de las relaciones entre la fe y la ciencia.

En aquel lugar vive hoy una comunidad monástica de nueva fundación, francesa: la comunidad de las Bienaventuranzas. Custodian unas ruinas de época bizantina, con alguna reconstrucción de la época de los cruzados. Quizá porque solo quedan ruinas, el lugar desprende también una cierta espiritualidad de lo genuino, lo original, lo histórico.

En el siglo II se pensaba que este era el lugar del Emaús bíblico. De hecho, Orígenes cambió el texto de san Lucas para hacer coincidir la distancia con este emplazamiento: no sesenta, sino ciento sesenta estadios. De esta manera, se justificaban los treinta kilómetros que separan Emaús de Jerusalén.

Tres lugares preciosos, con razones arqueológicas y con atmósfera espiritual para celebrar un aconteciento importante de los orígenes del cristianismo.

Emaús es, ante todo, la meta de los que han quedado frustrados, el hogar al que se regresa después de haber perdido la esperanza. Por eso, Jesús resucitado, como pastor al que le importa la oveja descarriada, se pone en camino y comparte diálogo y mesa con estos discípulos. Es la primera vez que la Eucaristía sale de Jerusalén, a la búsqueda del discípulo que se marchó.

Al final, se produce el milagro: la frustración se supera con palabra y fuego interior, con pan y reconocimiento; de esta manera, el camino cambia y los discípulos regresan a la Iglesia, a Jerusalén, a la misión.

¡Cuántos paralelismos entre la experiencia de los de Emaús y muchos creyentes de nuestros tiempos! Ojalá sepamos llevar la Palabra y el Pan a todos los rincones para recuperar corazones creyentes y devolver a nuestros caminos la esperanza.

Manuel Pérez Tendero