Hacia el Domingo…26 de agosto de 2018: “¿A DÓNDE IREMOS?”

“¿Dónde vamos a acudir? Solo tú tienes palabras de vida eterna”. Esta frase, pronunciada por Simón de Galilea, me parece una de las más bellas del evangelio.

Después de haber multiplicado los panes para la multitud, Jesús comienza la explicación de ese signo tan llamativo y poderoso. En la sinagoga de Cafarnaúm, el Maestro de Galilea pronuncia un largo discurso sobre el “Pan de vida”. ¿El motivo? El milagro inmediato de la multiplicación de los panes y los peces. ¿El trasfondo? El pueblo caminando por el desierto, siglos atrás, alimentado por Moisés con ese pan sin cuerpo llamado “maná”.

¡Qué hondura de discurso! ¡Cuánta novedad cada vez que podemos releerlo, despacio, para iluminar las experiencias misteriosas de nuestra existencia! Por toda esta belleza y hondura, llama la atención la reacción que tuvo este discurso entre los primeros oyentes: no fue la admiración, sino el rechazo. “Desde aquella hora, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él” nos dice el evangelista.

¿Por qué? ¿A qué se debió aquel rechazo? ¿Qué escandalizó a los galileos y judíos que habían creído en Jesús? No les gustó el “menú” que el Maestro les proponía. Los antiguos libros de la Escritura nos presentaban a la Sabiduría personificada preparando un banquete y ofreciendo como manjares la prudencia y los caminos de la ley de Dios. No sabemos cuántos israelitas hicieron caso de aquellos textos antiguos.

Ahora, la Sabiduría en persona, con carne nuestra, nos ofrece un nuevo banquete en el que la prudencia y los mandamientos han tomado también carne: el propio cuerpo de Jesús. El pan multiplicado era el signo de las enseñanzas de Jesús, de su conocimiento íntimo de Dios que se nos ofrecía como regalo inesperado. Pero esa intimidad es tal que no es suficiente con escucharla: es necesario comerla. No se puede entrar en comunión con el otro solo con la palabra: necesitamos sentarnos a la mesa con él y, en el colmo de la comunión, comer su propia vida.

¿A quién de nosotros no escandalizarían estas palabras de Jesús? Nos hemos acostumbrado a acercarnos a las iglesias y decir “Amén” cuando se nos ofrece un trozo de pan y se nos presenta como el “Cuerpo de Cristo”; pero, ¿no es esto una barbaridad, un misterio que nos desborda? La rutina hace imposible la fe. Si la eucaristía no nos sorprende es que no hemos comprendido todo su alcance. La primera reacción, cuando no hay fe, es el rechazo.

Los antiguos judíos, como nosotros ahora, preferían una comida de mandamientos y normas morales claras, aunque fueran difíciles de cumplir. Es más sencillo un Dios que nos dice lo que tenemos que hacer que un Dios que se nos ofrece en comida. ¿No nos da miedo la intimidad? ¿No nos pedirá, al final, demasiado aquel que nos sienta a su mesa y se nos ofrece como anfitrión y como pan?

Solo la fe hace posible la superación del escándalo. Una fe que no es solo “cumplir los mandamientos de la sabiduría”, sino comer toda su intimidad, hacernos familia suya, sentarnos a su mesa y hacernos carne de su carne, en una entrega recíproca que construye un amor sin fisuras.

La mayoría de los discípulos de Jesús se echaron atrás. ¿No sucede hoy lo mismo ante el misterio de la Eucaristía? ¿Cuántos discípulos de Jesús no se echan atrás a la hora del Pan? ¿Parábolas, milagros, devociones íntimas? Sí. ¿Comida en comunión, Eucaristía en medio de la Iglesia? No. “Nada nuevo bajo el sol”.

En los comienzos, cuando todos se van, Jesús mira a sus más íntimos, a los Doce, y les pregunta: “¿También vosotros queréis marcharos?” Simón responde, con esa frase que está llena de ternura y que no se puede pronunciar sin unos ojos bañados de emoción: “Maestro, ¿a dónde vamos a acudir? Solo tú tienes palabras de vida eterna”.

Hoy, también, el Maestro se vuelve a los íntimos y nos pregunta lo mismo: “¿También vosotros os vais cuando me doy a comer?”. Simón volverá a responder. Tú y yo, con voz pequeña pero firme, queremos responder: “¿A dónde iremos, Jesús? Solo tu palabra nos llega al alma y llena nuestras vidas de esperanza. Seguiremos aquí, anclados a tus huellas”. Hacemos nuestras las bellas palabras de Rut a su suegra Noemí: “Donde tú vayas, yo iré; viviré donde tú vivas, tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios”.

Manuel Pérez Tendero