Hacia el Domingo…26 de enero de 2020: “DOMINGO DE LA PALABRA”

El papa Francisco ha querido que hoy sea el primer domingo dedicado a la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios es raíz del cristianismo todos los domingos, todos los días: es el origen y cimiento de la fe de la Iglesia. Pero, para subrayar su importancia, el papa pide a todos los cristianos meditar de forma especial en una jornada para hacernos conscientes de cómo estamos viviendo esa importancia de la Palabra en nuestras vidas y nuestra fe.

Sucede algo parecido con la Eucaristía, fuente y meta de toda la vida cristiana, pero que, ya desde antiguo, tiene un día para meditarla y ensalzarla: el día del Cuerpo y la Sangre de Cristo. También sucede lo mismo con el domingo de la Santísima Trinidad, o el jueves dedicado a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Poner en primer plano la Palabra de Dios está en continuidad con la senda marcada por el Concilio Vaticano II y tiene mucho que ver con una vuelta a los orígenes de la Iglesia, lo que hace posible una verdadera reforma.

Este hecho, por otro lado, sirve para avanzar en el misterio de la unidad con los demás creyentes: muy especialmente las comunidades de la Reforma subrayan el papel de la Palabra en la celebración, la vida y la fe. Ayer, precisamente, finalizaba la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

Por otro lado, en este día se celebra, como cada año por estas fechas, la Jornada de la Infancia Misionera. Ahí también tiene la Palabra un lugar privilegiado: la misión consiste en el anuncio completo del Evangelio. La Palabra que nos ha hablado y configura nuestras vidas quiere llegar también a todos los rincones del mundo: Dios quiere hablar con cada uno de los hombres, criaturas suyas, para llamarlos a ser sus amigos.

Una de las iniciativas que se pondrán en marcha, fruto de esta Jornada de la Palabra, es la entronización de la Biblia en algunas casas. Es significativo y bello que en los hogares cristianos haya un lugar, no solo para las imágenes, sino también para la Biblia. Hemos de recordarnos cada día que, además de ver, el misterio nos invita a escuchar. No hay fe sin palabra.

Es verdad que la Palabra de Dios no se reduce a la Biblia. Para los discípulos de Jesús, ya desde que san Juan escribiera su evangelio, la Palabra de Dios es el Hijo hecho carne, es Jesús mismo como Dios-entre-nosotros. La Palabra de Dios es también el mensaje que los apóstoles transmitieron sobre la vida, la muerte y la victoria de Jesús. La predicación de san Pablo, de san Pedro, de todos los apóstoles, es la Palabra de Dios que fue fundando la Iglesia por todos los rincones de la antigüedad.

La Biblia es testigo de esa persona que es la Palabra y recoge las palabras de los primeros apóstoles. La Biblia es testigo del primer diálogo entre Dios y los hombres: ella nos ayuda a entrar en este diálogo para formar parte del Reino.

La Biblia no es, ante todo, un texto con ideas religiosas o con normas que nos dan la clave para ser felices. La Biblia no es un libro de recetas, sino la palabra de Alguien que nos ama y quiere ser amigo nuestro. El contenido es fundamental, pero lo es aún más el sujeto que nos habla en los textos.

Por eso, la lectura de la Biblia ha de acerse con el espíritu con que fue escrita. Debemos tomarnos en serio los esfuerzos de san Pablo, san Mateo, san Juan… y debemos respetar su intención para comprenderlos: ellos transmitían un testimonio, una verdad de fe, un trozo de historia en el que Dios estaba actuando de forma definitiva para salvarnos.

Sin la fe no se puede comprender una palabra que se escribió desde la fe. Sin la lectura eclesial, comunitaria, tampoco comprenderemos el alcance de una palabra que fue escrita por un pueblo y por unas comunidades que se reunían para poder creer y vivir lo que creían.

San Pablo predicaba en las sinagogas, sus cartas se leían en comunidad. Los evangelios, por otro lado, transmiten las oraciones y las catequesis que la Iglesia vivía antes de que se escribiesen los textos.

Domingo de la Palabra de Dios: del Hijo hecho carne, de una Iglesia que acogió y transmitió su mensaje, de un libro que guardamos como un tesoro común porque en sus líneas aprendemos a escuchar al mismo Dios.

Manuel Pérez Tendero