Hacia el Domingo…26 de julio de 2020: “COMO SANTIAGO”

Una madre quiere siempre lo mejor para sus hijos.

La mujer de Zebedeo tenía dos hijos, Santiago y Juan; se habían convertido en seguidores de aquel Maestro de Galilea que atraía a las masas con su palabra y sus milagros. Ella también formaba parte de aquellos que lo escuchaban con gusto y seguían de cerca sus pasos.

Después de casi dos años caminando por Galilea, sobre todo junto a las riberas del lago, el camino de aquel hombre tomaba un nuevo rumbo y apuntaba a Jerusalén. Si es el Mesías y nos habla del Reino, dirigirse a la capital solo podía tener un significado: el Reino iba a despuntar de inmediato.

La madre se atreve a hablar con el Maestro y le hace una petición, no por ella sino para sus hijos: que se sienten a su lado en el Reino, que estén cerca del Mesías, que sean sus lugartenientes, que sean los primeros entre todos los seguidores.

No es fácil encontrar nuestro puesto en la vida. Normalmente, no estamos satisfechos con el lugar en el que los acontecimientos nos han colocado; casi siempre miramos hacia arriba. La madre de los hijos de Zebedeo nos representa a todos nosotros: desde siempre, la mayoría de las personas han buscado vencer, sobresalir, sentarse en los mejores puestos. Lo vemos cada día a nuestro alrededor: en nuestras familias y en los personajes de nuestras pantallas, hombres de negocios, políticos, funcionarios… También dentro de la Iglesia suele ser habitual buscar los primeros puestos; también hay frustración entre los creyentes porque, a menudo, sentimos que no nos tratan como merecemos o no nos han colocado en el puesto que nos correspondería.

Los hijos de Zebedeo, que hoy proclamamos apóstoles santos, también participaban de nuestra debilidad: tuvieron que ser educados por Jesús en el largo camino del seguimiento. Como ellos, también el resto de los discípulos tienen las mismas pretensiones: quién es el mayor solía ser una conversación habitual cuando subían a Jerusalén.

La petición de la madre de Santiago y Juan está, sin ella saberlo, anunciando dos paradojas que tienen mucho que ver con el verdadero sentido de la misión de Jesús. Al final, el Reino no irrumpirá como ella quería: despuntará en las puertas de Jerusalén, al atardecer de un viernes, con el Mesías colgando en un madero. Supongo que la madre, que estaba allí presente, se alegró de que sus hijos no estuvieran con ella, junto al Maestro, compartiendo la cruz. Están, en cambio, dos malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda, como ella pedía.

¡Qué diferencia de perspectivas, que tronos más diferentes, que rey más paradójico y de qué corte se acaba de rodear!

Le espera otra paradoja a la madre de los Zebedeos: su hijo Santiago, al final, sí será el primero en compartir el Reino con Jesús. El primero, no en posición, sino en el tiempo: será el primero de los apóstoles que dio su vida por el Maestro. No sé si aún vivía la madre cuando Herodes Agripa mandó ejecutar a Santiago y apresar a Pedro. No sé si ella imaginó esa posición para su hijo.

Dios, a menudo, cumple muchas de nuestras peticiones, pero no como nosotros querríamos; por eso, nos dice que “no sabemos lo que pedimos”. Muchos cristianos en la historia han buscado ser santos, pero no sabían lo que el camino de la santidad les iba a pedir. Muchos de nosotros queremos estar cerca de Jesús y experimentar su gozosa compañía, pero nos sorprende siempre el rostro de esa presencia y nos desborda por completo.

Santiago es el patrono de los cristianos de España: como él, también nosotros tenemos deseos de ser los primeros; como él, también nosotros queremos que Dios toque nuestras vidas y transforme nuestras peticiones por los caminos de su voluntad.

Manuel Pérez Tendero