Hacia el Domingo…28 de abril de 2019: “ÚNICO SEÑOR”

En boca de Tomás, apodado el Mellizo, las últimas palabras del evangelio suenan más fuertes y creíbles; suenan, ante todo, como si fuéramos nosotros mismos los que las pronunciamos, superando todas nuestras dudas y aceptando la verdad de la resurrección como una presencia que se nos regala: “Señor mío y Dios mío”. Es la confesión de fe más completa de todo el evangelio. Al principio, el mismo autor nos dijo que la Palabra era Dios; ahora, al final, después de un largo recorrido lleno de límites, el discípulo es capaz de pronunciar esa misma verdad como experiencia propia: Jesús, Palabra débil y encarnada, es Dios.

Al decir “Dios mío”, con el posesivo, el discípulo judío sabe que está parafraseando la fórmula de la alianza entre Dios e Israel: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”; mutua pertenencia, amor de alianza. “Señor mío y Dios mío” no es una confesión de fórmulas que se transmiten y se creen más o menos: es la forma de entrar en una relación; el Resucitado no es solo “Dios”: es “mi Dios”; él no es solo  “Señor” del mundo, de las cosas, de la historia: es “mi Señor”. Al final del evangelio se produce la vinculación definitiva del discípulo a su Señor, ahora que él se marcha. Gracias a su Vida y a su Espíritu, es posible una pertenencia como nunca: a ella estamos llamados, en la confesión de Tomás, todos los lectores del evangelio, todos los discípulos de todos los tiempos.

La esencia del cristianismo no está sobre todo en la compasión por los dolores del Siervo, sino en la comunión con el Señor resucitado: desde ahí, vivimos todas las demás dimensiones de la fe y el seguimiento, también los sufrimientos.

¿De dónde está tomada esa confesión de fe de Tomás, aplicada ahora a Jesús que ha vencido a la muerte? Algunos estudiosos ven en ella un reflejo de algunos títulos que se daban a los emperadores romanos, sobre todo a Domiciano: él se hacía llamar por sus súbditos “Dominus et Deus noster”, es decir, “Señor y Dios nuestro”. Sabemos, por el libro del Apocalipsis, que los cristianos de Asia Menor fueron perseguidos por no participar en el culto a este emperador divinizado. No es Dios el emperador, ni el Señor de nuestras vidas: lo es Jesús de Nazaret, que ha muerto por nosotros.

Existe otro trasfondo más cercano y cierto para esta fórmula de Tomás. En el Antiguo Testamento hebreo, son dos los nombres principales con los que se designa a Dios: Yahvé y Elohîm. La Biblia griega traduce estos dos términos por “Señor y Dios”; es la Biblia que más usaban los judíos en tiempos de Jesús y la Biblia más citada por los autores del Nuevo Testamento. Por tanto, Tomás está reconociendo, con palabras bíblicas, que Jesús resucitado es el mismo Yahvé: atrevida afirmación para un judío.

Con respecto a la primera alianza, los discípulos han descubierto que el gran Dios del éxodo continúa su manifestación y sigue desbordando las expectativas del pueblo. En el escándalo de la derrota del Hijo de Dios se puede comprender ahora todo el misterio del amor de Dios. Esto fue posible solamente gracias a la resurrección del Señor, gracias al domingo; por eso, cada domingo seguimos tomando prestadas las palabras a Tomás para seguir afirmando nuestra fe en Jesús y nuestra vinculación para siempre a su destino: en él tenemos toda nuestra esperanza.

Con respecto, en cambio, a los poderes de Roma, los cristianos afirman que toda autoridad y toda ideología están por debajo del Resucitado. Ningún Domiciano, ni entonces ni ahora, nos hará doblar las rodillas de nuestro cuerpo o nuestro espíritu. Siempre habrá Domicianos que quieran gobernar nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir; pero, de la mano de Tomás, seguiremos afirmando, alimentados por el domingo, nuestra radical pertenencia y obediencia al único Señor de la vida, a Jesús de Nazaret. Él vive para siempre y acompaña nuestras luchas y derrotas, nuestras dudas y miedos, nuestras ilusiones y proyectos. Él ha vencido y nos ha hecho seguidores suyos y partícipes de su victoria.

En los avatares de la historia dirigimos nuestra mirada a Jesús de Nazaret y hacemos un acto de fe en su señorío sobre todas las cosas: “Señor mío y Dios mío”.

Manuel Pérez Tendero