Hacia el Domingo…29 de marzo de 2020: “LÁZARO ESTÁ ENFERMO”.

Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: “Señor, aquel a quien tú quieres está enfermo”.

Somos muchos los que hacemos nuestra la petición de Marta y María de Betania: se ha llenado de rostros nuestra oración en estas semanas. Sabemos que tenemos que hacer muchas cosas en estos días: lavarnos mucho, aportar lo que esté en nuestras manos, continuar con nuestros trabajos en la distancia, llamar por teléfono y fortalecer la comunión, escuchar mensajes que nos llegan, muchos de ellos religiosos… Pero sabemos que también hemos de encontrar tiempo para la oración, para hablar con Jesús de nuestros hermanos enfermos y de nuestros hermanos que está exponiendo su salud y su vida por cuidarlos. Creo que no es suficiente con una petición general: es importante poner rostro a nuestra oración, hablar con el Amigo de personas concretas, hermanos nuestros, que sufren y tienen miedo. Dedicar tiempo ante Dios a esas personas: esa es la clave de nuestra oración.

En lo profundo, tenemos la misma convicción de Marta y María: “Aquel a quien tú amas…”. Sabemos que todos aquellos a los que amamos han sido amados antes por su Creador. Sabemos que el Señor ama más que nosotros: rezar es unir nuestro cariño al suyo por cada una de sus criaturas, por cada hijo, por cada amigo, por cada hermano.

No rezamos tanto “para que Dios esté”, sino “porque Dios está”. Es verdad que, a menudo, nos parece ausente y no se hace patente su presencia. También lo experimentaron Marta y María y, por eso, repiten al Maestro: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”.

¿Estaremos viviendo un tiempo de ausencia de Dios? Pero Jesús siempre estuvo pendiente de Lázaro y, marcando él los tiempos, realizó el signo que dio la vida al enfermo y regaló la fe a todos.

También en el relato de la tempestad calmada, con el que el papa rezó el pasado viernes ante todo el mundo, Jesús parece dormir en la barca que sucumbe a la fuerza de las olas. Los discípulos, todos, viajan juntos y tienen un destino común en esa barca; el mar es más fuerte que su pericia de marineros. El Señor está ahí, en la popa, detrás, y parece dormir.

En el milagro de Lázaro, Jesús viene a despertar al amigo; en la tempestad, son los discípulos los que tienen que despertar al Maestro: “¿No te importa que perezcamos?”. Sabemos que él siempre está, como los discípulos: pero, ¿no parece dormir? Desde nuestra perspectiva, siempre limitada, ¿no pensamos que  las cosas podrían ser de otra manera?

Cuando llega a Betania, dialogando con Marta, Jesús le asegura que, si cree, verá la gloria de Dios. Los tiempos de Jesús, comprender su ausencia y su presencia tienen que ver con nuestra fe.

Es también lo que el Maestro de la barca, después de calmar la tempestad, enseña a sus discípulos: “¿Aún no tenéis fe?”. La fe es esa otra perspectiva, la real, la de Dios, que mira el mundo y sus circunstancias desde la otra orilla.

Muchas cosas tenemos que aprender en estos días de dificultad, siempre estamos aprendiendo. Aprendemos la caridad y la paciencia, el esfuerzo y la esperanza, la colaboración. Entre tantas cosas, también estamos llamados a aprender a creer: este mundo es de Dios; cada persona, cada hermano nuestro, es Lázaro, el amigo del Maestro. El mar es suyo y la barca también, como suyos somos nosotros.

Desde dentro de la barca, desde la casa que cuida al hermano enfermo, desde esta historia llena de límites que nos desbordan, miraremos al Amigo y le hablaremos de nuestras vidas y sus sufrimientos, le hablaremos, despacio, de cada uno de los que amamos. Porque él ama y está, convertimos nuestras preocupaciones y esfuerzos en oración. Con mucha esperanza.

Manuel Pérez Tendero