Hacia el Domingo…3 de marzo de 2019: “DON RAFAEL TORIJA”

Hace veintiséis años puso nuestras manos entre las suyas y nos preguntó sobre la obediencia; también las ungió con un aceite especial que estremeció desde dentro todo nuestro ser. Fueron sus manos, extendidas entre el cielo y la tierra, las que imploraron, por encima de nuestras cabezas, la venida del Espíritu sobre nuestras vidas jóvenes para incorporarlas al sacerdocio.

Don Rafael Torija, obispo emérito de nuestra diócesis, murió ayer a la edad de noventa y un años. Mañana será enterrado en nuestra catedral.

Muchas son las virtudes y las anécdotas que podríamos repasar en estos días en que agradecemos, al final de sus días, toda una vida entregada en esta tierra. Creo que la mayor de esas virtudes y las anécdotas más importantes tienen que ver con su libertad puesta al servicio del Señor resucitado, nuestro Sacerdote, el Pastor de todos.

Don Rafael supo tomar su cruz y se puso en camino, como los Doce, detrás de las huellas del Maestro. Una cruz que ha vivido hasta el final de sus días, con los dolores y los límites de su enfermedad.

El último encuentro que he tenido con quien me transmitió el ministerio fue compartiendo un box de urgencias en el Hospital de Ciudad Real. Bello ejercicio sacerdotal hasta el final, más allá incluso de nuestra propia conciencia y de nuestras capacidades. Somos sacerdotes, somos creyentes, en la solidaridad de quien comparte límtes con los hermanos, tras las huellas del Dios solidario que se hizo siervo entre nosotros y compartió nuestra carne, desde la fila de los pecadores en el Jordán, hasta el suplicio de los malhechores en el Gólgota.

Nuestra fe y nuestro ministerio son más grandes que nuestras capacidades, que nuestras virtudes y proyectos, más grandes que nuestra propia conciencia. Cuando nos ponemos en manos de Otro lo hacemos con todas las consecuencias, para siempre, para vivir y gozar tras sus huellas, para sufrir y rezar a su lado, para morir junto a su cruz. Nuestra carne débil se convierte, entonces, en siembra de bendición para los demás, más allá de nuestros propios planes ministeriales y de nuestras virtudes y esfuerzos.

Don Rafael vino de Toledo, del norte, como misionero a nuestra tierra en nombre del Misionero absoluto, que vino desde fuera para quedarse dentro, que vino desde Dios para salvar nuestra carne de todos sus límites y miserias, de un futuro incierto de tinieblas.

Hay obispos porque el Pastor nos acompaña. Tenemos obispos y sacerdotes porque sigue habiendo jóvenes que se atreven a responder al único Maestro, porque arrodillan sus proyectos en la escucha del amor del Crucificado: ¡Hay tantas ovejas que cuidar! ¡Hay tanta carne que redimir y tantas libertades que sanar!

El camino fiel hasta el final de un apóstol de Jesucristo es momento privilegiado para dar gracias al Dios de la llamada, al Dueño de la mies, al Señor de nuestra libertad que hace posible la respuesta sostenida de un amor pequeño multiplicado en su Ternura.

La gran virtud de don Rafael ha sido, sin duda, fiarse de Jesucristo, perder la vida por él. En esa virtud, sus virtudes humanas y espirituales, sus talentos y sus límites, sus esfuerzos y su enfermedad, se convierten en semilla sembrada que, enterrada en la tierra de nuestra catedral, producirá frutos según Dios.

Su muerte, por tanto, es momento de oración, de petición confiada. Rogamos al Señor por su vida, por su persona: para que lo incorpore al banquete definitivo de los hijos que vuelven al hogar. Pero nos atrevemos a pedir, también, para que su semilla obtenga frutos de cristianismo entre nosotros: su cuerpo nos transmitió el Espíritu, sus palabras nos transmiteron la Palabra. Que nuestra Iglesia peregrina sea grano de mostaza que crece y se atreve a ser levadura entre los hombres y mujeres que caminan con nosotros; que el Señor no deje de suscitar en nuestra Iglesia pastores que, como don Rafael, ponen sus manos, su cuerpo y su libertad, al servicio de la bendición de los hermanos.

Que Él tome entre sus manos estas manos que nos transmitieron la gracia y las conduza a la mesa de los que sonríen por siempre en presencia del Amigo.

Manuel Pérez Tendero