Hacia el Domingo…30 de agosto de 2020: “ES POSIBLE UN CAMBIO”

¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?

Hace mucho tiempo que Jesús de Nazaret dirigió esta pregunta a un grupo de discípulos que le seguían. La respuesta a este interrogante cambio sus vidas y, años más tarde, lo pusieron por escrito, junto con toda su experiencia, para que siguiera cambiando la vida de muchas personas después de ellos.

Hace dos días celebrábamos la memoria de una de estas personas cuya vida cambió por aquellas palabras escritas: Agustín de Hipona, que vivió una preciosa odisea humana y espiritual a finales del siglo cuarto.

Agustín fue un buscador inquieto de la verdad y pasó muchos años hasta que encontró la clave de su vida. Fue gracias a un obispo de Milán, san Ambrosio, que le abrió las puertas para comprender de forma profunda las Escrituras.

Agustín, como un nuevo Pablo de Tarso, se convirtió a Jesucristo por los caminos nuevos de la fe y de la gracia. La conversión ha sido siempre la clave de la fe. De hecho, estas fueron las palabras que resumían la propuesta de Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio”.

¿Es posible la fe sin la conversión? ¿No será esta una de las claves de la pérdida de la fe de nuestros contemporáneos? Si nunca ha habido conversión, si no están dispuestos a dejar atrás un tipo de vida y una forma de pensar, ¿cómo podrán andar por los caminos nuevos del Evangelio?

En la convicción de que todos estamos llamados a la conversión, imaginemos cuatro casos, simplificando mucho, que pueden ayudarnos a ver la actualidad de las palabras de Jesús.

Una persona completamente atea, que rechaza a la Iglesia y cree tener una seguridad intelectual en la no existencia de Dios. Los ateos, a diferencia de los indiferentes, suelen estar preocupados por la pregunta religiosa, sobre el sentido de la vida y el futuro del hombre, aunque dan a esta pregunta una respuesta negativa.

Una persona bautizada, que acude a la Iglesia en contadas ocasiones y dice creer en Dios de una forma confusa, sin plantearse si esa fe es verdad o no, sin plantearse la coherencia de esa fe y sus consecuencias para su vida. Una fe que existe, al menos en nombre, pero intrascendente para la vida.

En tercer lugar, pensemos en una persona bautizada y creyente, que participa de alguna de las tradiciones religiosas de su pueblo, con una práctica devocional pero no eucarística. Tiene claras sus ideas, vive religiosamente su vida y sus sufrimientos, reza a menudo. Eso sí, no siente necesidad de los sacramentos de la Iglesia, ni tampoco usa mucho la Biblia como Palabra de Dios que ilumina su vida. ¿Qué conversión tiene que hacer esta persona? Ella ya es religiosa, ya cree, incluso –piensa a menudo– más que algunos que acuden a la iglesia.

En último lugar, pensemos en alguien que vive su fe cristiana de forma sacramental y comprometida. Puede ser un sacerdote, un catequista, una madre de familia que se esfuerza en educar a sus hijos en sus convicciones profundas y sencillas.

¿A qué conversión está llamada cada una de estas personas? ¿O la conversión es algo propio solamente de uno de los casos? Seguramente, tienen algo en común cada uno de nuestros ejemplos: no ven la necesidad de la conversión en sus propias vidas. Si ha de haber conversión, ha de ser para los demás. Seguramente, también el ateo pensará que los demás deben convertirse a una idea más humana y verdadera la vida, así como a una práctica más respetuosa con la libertad.

La conversión es cosa del otro: el otro está equivocado. Esta convicción tiene también una vertiente solo humana, no religiosa: cuando tenemos algún problema con alguien, solemos pensar que la culpa es siempre suya, quien debe cambiar es él para que las cosas vuelvan a su cauce.

La clave de la conversión, por tanto, está en la personalización de la vida y en la humildad. ¿Qué tengo yo que hacer con mi vida? ¿Qué me falta, qué puedo aprender de los demás? ¿En qué debo cambiar?

Es posible que los momentos difíciles de la vida, como la pandemia que estamos viviendo, sean tiempo propicio para planteamientos profundos y puedan hacer posible el precioso milagro de la conversión.

Manuel Pérez Tendero