Hacia el Domingo…30 de septiembre de 2018: “CAMPEONES”

Una película para reír; también para emocionarse y, quizá, llorar. Algunos detalles mínimos de “poco estilo” no empañan la belleza de esta película española que nos ha regalado el cine en estos últimos meses.

Es más, algunos de estos detalles que, en un primer momento, podría resultar poco “correctos” portan detrás, en algunos casos, un mensaje precioso que forma parte de la película. Recuerdo la insistencia en uno de los protagonistas en que él tiene novia; de inmediato, otro le contesta que “es una prostituta”. En un diálogo con poca lógica se insiste en que, a pesar de todo, esa mujer es “su novia”. No podía dejar de recordar esas críticas a Jesús de Nazaret que era “amigo de publicanos y prostitutas”. Más aún, me acordaba de los comienzos del profeta Oseas: Dios le pide que se case con una mujer prostituta para significar la alianza entre Dios, esposo fiel, y el pueblo de Israel, mujer infiel que frecuenta todo tipo de Ba’ales-maridos. A pesar de ser prostituta, Israel es la esposa que Dios ama y ha desposado para siempre.

Los protagonistas de la película Campeones son aquellos que no cuentan para la sociedad actual: los que tienen deficiencias intelectuales o de cualquier tipo, los no nacidos, los que pierden partidos en el deporte, los que, aparentemente, no triunfan en la vida, los que molestan nuestra cómoda vida en el autobús o en la calle.

En cambio, son ellos los que viven felices. Los demás, sin embargo, los “normales”, viven agobiados y tristes, frustrados y con miedos a afrontar responsabilidades. Creo que este es el mensaje fundamental de la película: se puede mirar el mundo de otra manera y ser más felices desde esa nueva perspectiva.

El triunfo del capitalismo y de la sociedad del bienestar nos ha acostumbrado a pensar que solo puede ser feliz quien triunfa, quien llega el primero, quien realiza todos sus sueños de grandeza, quien tiene un cuerpo y una mente que destilan belleza y seducción hacia los demás.

Hay muchos textos bíblicos que pasan por mi mente cuando recuerdo escenas de la película; pero, tal vez, el texto clave que está de fondo en toda la obra es el comienzo del discurso del monte en san Mateo: las Bienaventuranzas. ¿Cómo pueden ser felices los pobres, los que lloran, los que se apiadan de los demás…? Jesús comienza su predicación con una llamada a un cambio de perspectiva: la felicidad no está en el triunfo, sino en el amor; no está en subir, sino en bajar; los títulos no dan la felicidad, pero saber abrazar a aquel con quien has competido, sí.

“Bienaventurados los subcampeones, porque de ellos es el la felicidad y solo ellos podrán construir comunión”.

En el fondo, el gran protagonista de la película es el entrenador. Él seguirá teniendo siempre esa “deficiencia” de no saber ver, pero va siendo educado por la vida: es lo que dice Román, que sufre una incapacidad intelectual por culpa de un conductor irresponsable que lo atropelló.

El educador que es educado por los alumnos; el entrenador que aprende a ser entrenador gracias a los jugadores; el hombre que aprende a resituar su vida gracias a aquellos que, al principio, pensaba que eran unos “subnormales” con los que no merecía la pena perder el tiempo. ¿No será el subcampeón el verdadero campeón? ¿No será el “subnormal” el verdadero normal, que nos hace entender la vida con toda su belleza y sencillez? ¿No es el “submarino” el más marino de los barcos?

Entonces, cuando los demás le han enseñado a ver la vida “del revés”: cuando ganar no es machacar, cuando jugar no es solo ganar, cuando lo que no comprende se convierte en maestro de vida; entonces, el entrenador puede afrontar sus miedos y reconstruir sus relaciones: con su madre, con su mujer, con sus futuros hijos.

La vida nos regala pequeñas puertas a diario para acceder a la verdadera felicidad; pero, tal vez, no están donde las buscamos.

Manuel Pérez Tendero