Hacia el Domingo…5 de abril de 2020: “COGIDOS A SU MANO”

La Semana Santa que ahora empieza es, ante todo, memorial: recuerdo vivo de unos acontecimientos que sucedieron en un momento histórico del pasado.

Los dirigentes paganos de la antigüedad solían celebrar también ciertos acontecimientos históricos en los que ellos eran protagonistas. En Israel, en cambio, se celebraban, sobre todo, los acontecimientos históricos importantes que había vivido el pueblo. El sujeto principal de la historia de Israel, a diferencia de la mayoría de las culturas circundantes, no eran los dirigentes, sino el pueblo.

En la Semana Santa y en todas las demás fiestas cristianas también está presente el pueblo, pero como sujeto celebrante; en el origen está una persona, que no fue dirigente: Jesús de Nazaret. El acontecimiento del pasado más celebrado de la historia es el destino de un varón judío del siglo primero, natural de Galilea.

 

¿Por qué fue tan importante la biografía de este hombre para que haya configurado el devenir de la humanidad? Es verdad que su mensaje es profundo y humano, cargado de verdad y de bondad; pero no es su mensaje el contenido principal de nuestras fiestas, sino su biografía, su camino, su destino, su persona.

Fueron muchos los crucificados por el poder de Roma en todo su Imperio; han sido muchos los que, antes y después, han sufrido la injusticia de los poderosos y las envidias de la muchedumbre. Son incontables las personas que han intentado vivir religiosamente el dolor y han encontrado esperanza en Dios para seguir construyendo sus vidas, antes incluso de que Jesús viviera entre nosotros. ¿Qué hubo en la vida y la muerte de este hombre para que sigamos celebrándolas?

¿Qué tiene que ver su muerte con mi vida? ¿Qué tiene que ver su vida con mi sufrimiento? ¿Qué tiene que ver su cruz con mi futuro, con el futuro de aquellos a los que amo y de aquellos a los que ni siquiera conozco?

Muchos ven un sublime ejemplo de consuelo, motivación para nuestra paciencia, llamada a la compasión, desahogo para nuestras lágrimas. Pero, ¿existe algo real detrás de todo ello? ¿Hay verdad en la cruz? ¿En virtud de qué esa cruz, esa muerte, ese dolor pueden llegar a ser salvación para mí y para mi pueblo?

¿Ha sido Jesús el único que ha sufrido? ¿Ha sido el mayor ejemplo de paciencia? ¿Fue la suya la mayor injusticia de todas las injusticias de los hombres?

¿Por qué este hombre: por qué nos hemos quedado con sus parábolas, por qué hacemos memoria de sus sufrimientos, por qué meditamos su fracaso, por qué nos conmueve su dolor? En el fondo, es la familia la que recoge en su historia y guarda en la memoria la biografía de sus seres más queridos: ¿somos nosotros la familia de este hombre?

No sé cuál es la respuesta a estas preguntas, no sé cuál es la clave última de la Semana Santa. Supongo que habrá muchas formas de responder a este misterio.

Me atrevería a dar dos claves de respuesta: sí, somos su familia, él ha sido amigo de cada uno de nosotros, el motivo fundamental de la celebración y el recuerdo es el amor: sabemos que él nos ha amado como nadie y le amamos con toda la fuerza y los límites de nuestro ser.

La segunda clave es, en el fondo, la fe: creemos que este hombre es el enviado de Dios, es el Hio entre nosotros. Su biografía es la historia humana de Dios, su muerte es la lucha del Dios único para vencer nuestras muertes.

El amor a Jesús y la fe en Jesús siguen siendo posibles como clave de cada celebración, como luz en el dolor y como puerta cierta de esperanza, porque lo creemos resucitado. Nuestra Semana Santa no es solo recuerdo, sino presencia. Nuestro presente y nuestro futuro incierto están presentes ante él porque vive y nos cuida, porque es Pastor que nos conduce y no deja a nadie de la mano.

Cada enfermo, cada difunto, cada trabajador, cada familia: todos podemos agarrarnos a su mano. Nosotros celebramos su biografía única y él rescata cada biografía nuestra para Dios; nadie vive, ni sufre, ni muere en vano: por eso existe la Semana Santa.

Manuel Pérez Tendero