Hacia el Domingo…6 de septiembre de 2020: “DESDE LA ATALAYA”

Hace unos años publicó mi amigo Jerónimo Anaya un libro de poemas titulado “Oficio de Atalaya”. El título está tomado de un paisano nuestro, que vivió en el siglo XVI, Juan de Ávila.

El santo de Almodóvar del Campo tomó esta expresión, a su vez, de un profeta bíblico que vivió hace muchos siglos en la lejana Babilonia, acompañanado el exilio de su pueblo castigado. Ezequiel, desterrado con su pueblo, se esfuerza por ofrecer luz para la vida y para el futuro a todos los israelitas.

Este domingo, el profeta Ezequiel y su oficio de atalaya serán recordados en nuestros templos, castigados también por los efectos de la pandemia. Jesús de Nazaret, también profeta, el definitivo, se inspiró en Ezequiel para hablarnos de la corrección fraterna: todos estamos llamados a ser atalaya para el hermano.

El centinela tiene el oficio de subirse bien alto, en la atalaya de la ciudad, para avisar a sus habitantes de la llegada de los enemigos. Su misión es estar despierto y anticipar el peligro. Él puede ver más allá que los demás: su oficio le ha colocado en un lugar privilegiado, como servicio a unas gentes que viven su vida tranquilos, fiados del aviso del centinela.

Es posible que, después, esas gentes no quieran escuchar al centinela, es posible que no hagan caso de sus avisos y prefieran seguir con sus vidas cómodas, sin querer reconocer el peligro inminente y la llegada del final de su propia seguridad. Pero no por ello el centinela debe callar, él no puede desertar de su oficio: sería responsable del desastre de la ciudad. En cambio, no se le pedirán cuentas si, avisando a todos, nadie quiere escucharle.

También nuestra “ciudad global” vive sus días de forma descuidada y cómoda. Creo que no hay muchos dispuestos a escuchar los avisos de los centinelas para preparse ante el peligro. Como sucedía con los antiguos falsos profetas, la gente quiere escuchar palabras alegres aunque sean falsas. La falsa profecía, de hecho, se ha convertido en un oficio en nuestros días, con escuelas y estrategias que preparan para ello: hablar lo que el pueblo quiere escuchar.

El problema, por tanto, no está solo en la tozudez del pueblo que prefiere perecer antes que plantearse la comodidad de su vida: el problema reside también en que ya no quedan centinelas que suban a la atalaya para atisbar el futuro y sus peligros.

No sé si los poetas deberían tener esta misión. Faltan profetas, ciertamente. Escuchando a Juan de Ávila podemos asegurar que los sacerdotes deberían asumir esa tarea.

A menudo me pregunto quién corrige a nuestros dirigentes. Los antiguos reyes de Israel tenían profetas a su servicio, cuya misión consistía en recordarles sus obligaciones en nombre de Dios. Natán y Gad lo hicieron con el gran rey David.

No sé si los gobernantes actuales tienen profetas, o más bien juglares que les cantan sus hazañas. También en la antigüedad abundaron los falsos profetas que nunca corregían al rey para mantenerlo contento; al final, el pueblo sufría, pero ellos mantenían su puesto.

Durante un tiempo se pensó que el periodismo podía asumir también esta función; pero son muchos los que piensan que el poder ha callado hace tiempo la dimensión profética de los medios de comunicación.

Abundan candidatos para la protesta, también para la crítica; pero faltan profetas. Gritar proclamas y repetir tópicos siempre será fácil; escudarse en la masa y en lo fácil siempre estará de moda.

Dios le habla a Ezequiel y le recuerda su grave responsabilidad de ser atalaya. Sin miedos, sin desánimos, sin estar pendiente de la posible respuesta: su oficio es necesario y urgente.

Manuel Pérez Tendero