Hacia el Domingo…7 de abril de 2019: “SOLTAR LAS PIEDRAS”

“El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”: todos conocemos esta famosa frase de Jesús, pero no sé si conocemos el contexto en el que fue pronunciada. Los escribas y fariseos presenta a una mujer, sorpredida en adulterio, para que Jesús juzgue sobre su condena. A ellos no les importa la mujer: la utilizan para poder acusar a Jesús, para exigirle una respuesta que, en cualquier caso, le compromete.

¿No es este el caso de muchos “aficionados a jueces” que vemos en los medios de comunicación y que utilizan casos concretos de sufrimientos personales para atacar a la Iglesia o a personas que no piensan como ellos? El evangelio según san Juan nos dice algo parecido en el caso de Judas y su crítica al perfume de María de Betania con la excusa de los pobres: “Lo dijo –dice el narrador–, no porque le importaran los pobres, sino porque era un ladrón y quería quedarse con el dinero”.

Es la impresión que dan, en algunos casos, muchas ideologías que gritan con violencia en defensa de ciertos desfavorecidos de cualquier condición. Parece que las piedras que los fariseos le quieren tirar a la mujer no son sino el signo de que la mujer misma, y su pecado, es utilizada como piedra lanzada contra Jesús. ¿No hemos convertido a los pobres, o a otras dimensiones de la problemática social, en piedras arrojadizas contra personas que conviven con nosotros y no piensan como nosotros? ¿Buscamos la justicia y la verdad, o la violencia contra el pecador y la difamación del Maestro que nos interroga?

Jesús calla, escribe, siembra una pausa. Después, lanza la famosa frase: invita a convertir una cuestión meramente jurídica en una cuestión moral, de conciencia. ¿Qué perspectivas se abrían para salvar a la mujer?

La primera, muy en consonancia con nuestra mentalidad actual,  habría sido la de declarar nula la ley: negando el pecado se niega todo posible juicio. No faltan quienes interpretan la “misericordia del Dios de Jesús” desde esta perspectiva: el Maestro de Nazaret habría venido a abolir toda ley, toda moral tradicional; pero no es esto lo que nos encontramos en el Evangelio, nunca es esta la solución que Jesús aporta.

El segundo camino para solucionar el problema habría sido convencer a todos de la inocencia de la mujer. En un alarde de retórica, aquel que es la Palabra podría haber hecho enmudecer a todos y dejarles convencidos, sin respuesta, sin argumentos contra la mujer. Pero tampoco fue esta la solución de Jesús: de igual manera que no justifica el pecado, tampoco inventa una apariencia de inocencia en el pecador.

La solución que Jesús busca es total: como en sus parábolas, el Maestro de la misericordia implica a sus oyentes en la respuesta; los caminos nuevos que él abre en nuestros problemas sin solución nos cambian la vida a todos: acusadores y acusados, grandes y pequeños, buenos y malos. La ley existe, la mujer ha pecado… ¡pero los acusadores también! El pecado de otro puede ser ocasión propicia para transformar mi propia vida. Nuestra miseria es oportunidad, ante todo, de misericordia hacia los demás.

El gran problema que tenemos cada uno de nosotros no es el pecado de los que nos rodean, sino nuestros propios pecados que, a menudo, queremos ocultar con los gritos de acusación contra los demás. No estamos llamados a ocultar la verdad del pecado en el mundo: Jesús nos llama a desvelar del todo el misterio del pecado, también el nuestro, sobre todo el nuestro. Entonces, cuando nos enfrentemos a nuestras propias tinieblas, cuando nos demos cuenta de dónde provienen nuestros gritos violentos, nuestro odio a los demás, podremos marchar en paz a reconstruir nuestra vida y haremos posible que también la mujer acusada, aquel a quien odiamos, pueda asumir su propio pecado y reconstruir, como nosotros, su futuro desde la misericordia.

Así actuó Jesús, así sigue actuando, así funciona el misterio de la misericordia: nunca se ejerce desde arriba, con paternalismo y condescendencia, sino desde el reconocimiento humilde de nuestra propia condición frágil. Los límites son el lugar propicio para que crezca la misericordia entre nosotros.

Manuel Pérez Tendero