Hacia el Domingo…8 de noviembre de 2020: “LLEGA EL ESPOSO”

Es habitual la comparación bíblica entre la relación del hombre con Dios y el misterio del matrimonio. Ya en los antiguos profetas la alianza es simbolizada con el amor nupcial: Dios es el esposo y el pueblo es la esposa. Esta imagen implica, ante todo, la alegría de la alianza, toda su bondad. La relación con Dios se compara con una de las realidades más hermosas de la vida cotidiana: el banquete de bodas, la unión entre dos personas que se quieren y se vinculan para siempre.

También aparece un matiz menos positivo en esta metáfora: es el profeta Oseas quien primero llama la atención sobre el pecado de infidelidad del pueblo. Si la alianza es una boda, la idolatría es un adulterio: el pueblo no corresponde al amor de Dios. ¿Qué tendrá que hacer el esposo engañado, más aún si este engaño se repite numerosas veces? El ejemplo del matrimonio ayuda a comprender la tragedia del pecado: no se trata de incumplir unas normas, sino de ser injustos con quien nos ama y ser infieles al compromiso que un día realizamos.

También en el Evangelio aparecen estas dos dimensiones, de alegría y llamada, en la metáfora de las bodas. En los comienzos de los evangelios de san Marcos y san Juan, Jesús aparece como el Novio que llega para desposar a su amada en una nueva y definitiva alianza, con un vino nuevo que no acaba y que es mejor que el antiguo. El Reino, la propuesta de Jesús, como aparece también expresado en las Bienaventuranzas, es una llamada a la alegría, a la plenitud humana. No es por temor que se deja todo y se sigue a Jesús: es por seducción, porque se ha descubierto un enorme tesoro que nos deja insatisfechos ante todo lo demás.

Al final del evangelio según san Mateo, en cambio, aparece la otra dimensión de la metáfora de la boda, por dos veces. En una parábola que leíamos hace unos días, el Reino es comparado a la gran boda del hijo de un rey; extrañamente, los invitados rechazan la invitación: ello hace posible que acudan nuevos invitados, pero se cierran las puertas para los primeros e, incluso, el rey castiga duramente a estos amigos suyos por su rechazo. La boda se ha convertido en tragedia.

Un poco más adelante, de nuevo san Mateo, transmite una parábola que no aparece en los demás evangelios: las diez vírgenes. Cinco de ellas son necias, cinco son sensatas: desde el principio se apunta el doble desenlace, positivo para las sensatas y negativo para las necias.

El novio, que llega de forma inesperada en medio de la noche, cierra las puertas de la boda a aquellas jóvenes que están ausentes en el momento de su llegada. ¿Qué novio haría eso? Parece no cuadrar mucho esta actitud con el resto del Evangelio.

Por otro lado, también llama la atención el diálogo entre las vírgenes sensatas y las necias: las primeras pueden ser muy sensatas, pero aparecen poco solidarias. ¿Se está insistiendo en la necesidad de personalizar la responsabilidad y no vivir del “aceite” y prudencia de los demás? En cualquier caso, el novio y las vírgenes sensatas no parecen muy “evangélicos”.

¿Cómo hemos de interpretar esta paradoja? En la historia, en muchas ocasiones, se ha insistido de forma unilateral en el aspecto de aviso y denuncia, de ahí que se ha podido entender la parábola como una llamada al temor: estar preparados por miedo a que nos pille descuidados la llegada del juez. Pero quien llega es un novio que ama, no un juez que acusa…

Otros piensan, quizá más acertadamente, que hemos de interpretar esta parábola en relación con los demás textos de boda: el amor del Esposo no ha de ser una excusa para nuestra irresponsabilidad; el amor que recibimos debe movernos a un amor vivo y operante, que configura toda nuestra vida. Esta parece ser la perspectiva de todo el evangelio según san Mateo, que insiste en la insuficiencia de nuestra pertenencia a la Iglesia o nuestra condición de cristianos: es necesario responder, esforzarse, dar fruto de todo aquello que hemos recibido.

Por otro lado, también podemos acoger la parábola como una llamada al interrogante. Casi todas las parábolas de Jesús tienen algún elemento desconcertante: no son meras “explicaciones sencillas” para que comprendamos, sino llamadas de atención para pensar de otra manera y actuar de forma nueva. La parábola no solo deja en nosotros una “moraleja”, sino una inquietud: seguimos entrando en el misterio del Reino.

Manuel Pérez Tendero