Hacia el Domingo…8 de septiembre de 2019: “ECHAR CUENTAS”

Comienza un nuevo curso. Es tiempo de retomar las tareas y volver a coger el ritmo cotidiano que nos ayuda a ordenar el tiempo y a hacerlo fecundo. Para muchos, es tiempo también de elegir, o de haber elegido hace unas semanas.

No son muchos los que pueden elegir el trabajo que retomar, pero sí es habitual tener que elegir lo que hemos de estudiar. Existen otras decisiones importantes que tienen que ver con nuestro futuro, como elegir la persona con la que compartir nuestra vida o algún destino en el trabajo que configurará nuestras relaciones en el futuro.

Debemos también tomar decisiones menos importantes, pero que no dejan de ser un signo de esa criatura, hermosa y difícil, que es la libertad.

Es posible que, a menudo, elijamos de forma apresurada y movidos por las circunstancias, o por nuestros deseos instantáneos: son decisiones con un muy pequeño grado de libertad. A otras, en cambio, les dedicamos tiempo, pedimos consejo, estudiamos las consecuencias.

Además del criterio “me gusta”, muy habitual en estos tiempos, es importante discernir si “voy a ser capaz”. Para ello, es necesario conocerse a uno mismo y conocer bien aquello que se pretende elegir, es necesario tener una cierta dosis de sabiduría humana.

Si voy a construir una torre, habré de calcular los gastos y el dinero con el que cuento: sin ello, cualquier empresa que realice está llamada a fracasar. La insensatez es propia del adolescente, pero se supone que va desapareciendo en la persona adulta.

No podemos ponernos metas irreales, ni siquiera en nuestras pequeñas cosas cotidianas, en nuestro carácter o en nuestro propio cuerpo: podemos hacerlo, pero, tarde o temprano, nos llegará la frustración. Es importante ser valientes y decididos, tener amplios horizontes; pero es igualmente necesario tener sensatez, capacidad de medir y ganas de trabajar.

¿Qué capacidades necesito y qué grado de esfuerzo estoy dispuesto a invertir para cursar esta o aquella carrera? La capacidad es también compromiso, esfuerzo sostenido, convencimiento en la meta para aguantar en el camino.

Un grupo reducido de jóvenes también miran al futuro con otro tipo de preguntas: ¿qué quiere Dios de mí? ¿Es posible que esto que experimento en la cabeza y en el corazón pueda llamarse vocación?

En la gran mayoría, esta pregunta no pasa de ser una idea pasajera que pronto se abandona. En otros, en cambio, es una inquietud que no deja de resurgir en ciertos momentos de la vida, cada vez más a menudo en muchos casos. Solo una minoría llegan a realizar un discernimiento.

Normalmente, las dificultades para dar el paso en una vocación suelen ser del tipo “no valgo para esto”, “todavía no estoy preparado” y cosas por el estilo. En el fondo, en muchos casos, se tratan de razones más o menos reales que esconden un motivo más profundo: la dificultad para la entrega. Vivimos mejor con la idea de que nuestra vida está en nuestras manos y no queremos ponerla en manos de otro, aunque sea el mismo Dios.

Existe, además, otra dificultad en el discernimiento, en este caso como fruto de una errónea concepción de la llamada. En el evangelio que proclamaremos este domingo Jesús nos ofrece una clave fundamental: para ser discípulo hay que calcular si seré capaz, efectivamente; pero, ¿qué es ser capaz para el seguimiento? Para construir una torre, importa el dinero con el que se cuenta; para hacer la guerra, los soldados disponibles; para seguir al Señor es justamente lo contrario: cuánto no tengo, de cuánto me he desprendido. “El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”.

En el fondo, los jóvenes que no se atreven a decidirse han comprendido muy bien: no se ven capaces, no por sus incapacidades, sino porque no están dispuestos a renunciar a todo. Los jóvenes, y los no tan jóvenes.

Manuel Pérez Tendero