Hacia el Domingo de Resurrección: 12 de abril de 2020: “CON ESPERANZA”

Es Domingo de Resurrección, el día más importante del año para los cristianos. Surgen dos expresiones espontáneas del corazón: “Feliz Pascua” y “Aleluya”. Son las dos dimensiones de la alegría que se extiende a los demás: desear el bien para el otro y desear alabar a Dios con todas nuestras fuerzas (“Hallelu-ya”, “Alabad a Yahvé”).

Con esta alegría sostenida en el alma por todo lo que estamos viviendo, sugiero que nos fijemos en el misterio que ayer celebrábamos y que, a menudo, pasa desapercibido en nuestras celebraciones de Semana Santa: el sábado.

El jueves está lleno de celebraciones y recuerdos, también el viernes, con toda la intensidad de la muerte de Jesús. La noche del sábado es la irrupción definitiva de toda la hondura de esta Semana. En medio de todo, en el silencio, el Sábado Santo. ¿Cuál es su significado? ¿Qué sentido tiene ese “al tercer día resucitó de entre los muertos”? ¿Qué alcance tiene el paralismo que Jesús mismo estableció entre su sepultura y los tres días que el profeta Jonás pasó en el vientre del cetáceo?

El Sábado Santo tiene un doble significado, muy en sintonía con todo lo que estamos viviendo estas semanas de confinamiento en todo el mundo.

Un descanso fecundo

El primer significado lo marca la primera carta de san Pedro: Jesús descendió en el espíritu a evangelizar a los espíritus encarcelados; es “el Descenso a los infiernos”, que forma parte de nuestro Credo, ha sido representado en el arte y se ha desarrollado en los relatos apócrifos.

Los “infiernos”, el Hades de los griegos, el Sheol de los hebreos, es el lugar de los muertos, desde Adán y Eva. Que Cristo descienda al Sheol significa que su misión no acaba con su muerte: se trata de evangelizar todo lo creado, también las más oscuras tinieblas. Gracias al Espíritu, el Crucificado evangeliza todos los rincones de la creación y de la historia. No solo son salvados quienes lo conocen y creen en él, en el presente o en el futuro: también el pasado es redimido por la cruz de Jesús.

Él es el Buen Pastor que busca a la oveja descarriada más allá de esta historia, en los infiernos, en el abismo.

Este misterio de descenso lo podemos aplicar a la historia, desde Adán hasta nosotros; pero lo podemos aplicar también a nuestra propia historia, a nuestra personal biografía: Cristo evangeliza todos los rincones de nuestro pasado y todos los recovecos de nuestro inconsciente. Como dice el Salmo: “Hasta de noche instruye mis riñones”. Todo nuestro pasado y sus heridas, todo el subconsciente que nos influye y no dominamos: todo está llamado a ser iluminado por la luz del Crucificado, a ser sanado, a ser evangelizado.

En el judaísmo, el sábado es, ante todo, el día del descanso. Pero Dios sigue trabajando, nos dice Jesús siguiendo una tradición farisea: sigue habiendo nacimientos y muertes, Dios sigue dando vida y juzgando en día de sábado. Por esto mismo, Jesús, en su vida pública, se saltó el sábado, como un signo de su señorío sobre la historia y una continuación del trabajo de Dios que no descansa para darnos la salvación. Pues bien, en este sábado definitivo de Jesús, el sábado de su sepultura, él tampoco descansa. El silencio exterior, la muerte de su cuerpo inerte, esconde el trabajo interior, “en el espíritu”, del Hijo de Dios en medio de la historia.

Este confinamiento que vivimos, este encierro debido al coronavirus, ¿no podría parecerse un poco al Sábado Santo de Jesús? Silencio exterior, parálisis de actividades, para trabajar lo interior, para descender, de la mano del Espíritu, allá donde nunca nos atrevemos a entrar: Nuestros infiernos, nuestras muertes, nuestros miedos más profundos y nuestras tinieblas más oscuras. Un largo y personal “sábado santo” para que el Crucificado descienda a nosotros, para que nos trabje interiormente y sane e ilumine toda nuestra biografía y todas las dimensiones de nuestro cuerpo y nuestro espíritu.

 

Una espera confiada

El segundo significado del Sábado Santo tiene que ver con la fe de María de Nazaret y de todos los discípulos: a la espera de la vida. Ha sido sembrado el grano de trigo: él prometió que daría fruto.

María sabe esperar, y también sabe que no depende de ella la resurrección: será irrupción novedosa del poder de Dios, gracia inmerecida, regalo que llega según los tiempos de Dios. “Al tercer día”: el día de Dios, su momento, cuando él despliegue su misericordia.

También es esta nuestra actitud en estos días de confinamiento: trabajamos, obedecemos, nos encerramos… Pero también aprendemos a esperar la novedad. No dejamos de confiar en los tiempos de Dios, en la fuerza de la resurrección.

Manuel Pérez Tendero