Hacia el segundo domingo de Pascua (19 de abril de 2020): LA LABOR DE LA IGLESIA

En tiempos de dificultad el ser humano suele mostrar todas sus miserias; pero también sus enormes capacidades de superación y de entrega a los demás.

Los aplausos diarios, a las ocho de la tarde, son un signo de esta capacidad para el bien que el ser humano tiene; y son signo, también, de otra realidad muy importante: la capacidad de agradecimiento. Cuando uno aplaude, no se está afirmando a sí mismo, sino la labor de los demás. La hondura humana no siempre se mide por los grandes logros personales, sino por la capacidad de saber ver los logros de otros.

Aunque el protagonismo principal lo tiene el personal sanitario, también se reconoce la labor, a veces callada, de otras personas que trabajan duro y hacen posible que la vida siga para todos.

En estos últimos días ha aparecido el agradecimiento a la Iglesia en general y a los sacerdotes en particular. No sé si es correcta esta insistencia; supongo que, en su justa medida, está bien. Pero, desde mi pundo de vista, lo más importante es que todo esto nos haga interrogarnos sobre la esencia de nuestra misión como creyentes.

Han aparecido algunas iniciativas de ayuda inmediata por parte de muchos cristianos, religiosas y sacerdotes: elaboración de mascarillas, reparto de material entre las personas más necesitadas, ofrecimiento de casas y centros para acoger a enfermos… Me parece una primera dimensión fundamental; también existía cuando no había confinamiento: la labor humana de la Iglesia, la dimensión social de la religión.

Esta dimensión no es solo importante por credibilidad, por apología: forma parte del ser del cristianismo. En su misión entre los hombres, Jesús “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Cuando envía a sus discípulos, el Maestro les dice también: “Curad enfermos, resucitad muertos…”.

Se trata de una cuestión moral y misionera. Es la fe viva, que se muestra por las obras; y es también la fe que siembra el Reino con signos de la justicia de Dios.

Existe una segunda dimensión que también se suele valorar, aunque no siempre tanto como la anterior: la labor de apoyo espiritual a las personas que sufren o que buscan un sentido a sus vidas. No somos solo salud física, no somos solo cuerpo que se alimenta y quiere no sufrir; somos personas, sujetos que buscan amar y ser amados; somos caminantes en busca de sentido, trabajadores que necesitan un sentido y una motivación para esforzarse y para salir de las dificultades y fracasos.

En este caso, gracias a las redes sociales y al teléfono, la labor de la Iglesia y de los sacerdotes no se ha visto reducida por el confinamiento, antes al contrario. Sí se ha limitado la cercanía en los entierros, el acompañamiento en el duelo: pero ahí sigue esta labor en todo lo que se puede, con fidelidad.

También en esta dimensión el cristianismo se remonta a su fundador: Jesús de Nazaret sabía predicar la Buena Noticia a todos y se acercaba con palabras de consuelo a los que sufrían. El Evangelio no es teoría abstracta, sino vida en el espíritu y en la carne, Reino que llega a todas las dimensiones de la persona.

En esta segunda dimensión de la labor de la Iglesia y sus sacerdotes también podríamos hablar de la oración. Es posible que muchos no comprendan la importancia de esta ayuda: es solo visibe para aquellos que tienen fe.

Sabemos que Dios se acuerda siempre de nosotros, sabemos que él sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos; pero sabemos también que él nos ha mandado rezar con insistencia, con fe. Sabemos que la oración es la clave para vivir los acontecimientos desde los planes de Dios. La oración no es solo eficaz en aquello que implora: hacer oración, hablar con Dios de nuestros sufrimientos y esperanzas, de los gozos y dolores de los demás, es el  gran fruto de la oración.

Rezar por los otros, rezar con los otros  –¡cuántas oraciones en familia se han recuperado en estos días!– es una clave humana que nos enriquece personal y socialmente.

Labor social, labor espiritual, oración: dimensiones importantes, necesarias, esenciales a la fe; pero creo que no acaba aquí “el puesto que Dios nos ha asignado en estos momentos”. Hay algo más, el interrogante supera a las respuestas. Seguiremos reflexinando y preguntando.

Manuel Pérez Tendero