LA HORA DE LAS CAMPANAS.

Estamos cerca del nuevo año litúrgico. Y hoy, 27 de octubre del año XX-XX, martes, las plumas de las grúas han levantado las campanas de Santiago hasta que los operarios las han introducido por los ventanos de la torre y las han instalado dispuestas a que la electricidad las mueva a gusto del campanero.

Hacía un sol hermoso, en el cielo azúl se dibujaban las nubes como una corona blanca sobre el cuerpo de la torre de nuestra parroquia.

Aunque no se hayan hecho las cosas como se querían, las campanas sonarán y nos llamarán a la presencia de Dios, en comunidad, en familia, en barrio, en pueblo. Las campanas unen y llaman. Nos hablarán tal vez no con la pasión de antaño, pero sí con la misma vocación. Esperemos que no suenen para nada. Que manifiesten nuestras ganas de ir a escuchar a Dios con los demás, y no sólo para nosotros aislados. También los sonidos son semillas de palabra, y si son armónicos, mejor. Les encontraremos el punto. Seguro.

Aquí dejamos constancia del esfuerzo que hemos de realizar para no dejar a deber ni una campanada. Ha costado mucha parroquia. Hagámosla fructificar  con la vida. Tienen que recordarnos a las personas que nos han dejado y a las que vendrán. Que han luchado por la vida, por la fe, por la familia, por la nación, por el amor. Siempre serán un homenaje a sus biografías, a su fe, sólo conocidas por Dios. Pero testimoniadas ante nosotros también. Ellas doblarán por todas y por todos.

Y querrán dejar lo peor de este año y anunciar lo mejor de los que vienen. ¡Ya!.

Vicente R. Blanco.