Agua y Arena

Muchos de nuestros números son también símbolos. El diez, el siete, el cinco, el doce, el mil,… El final del invierno y los inicios de la primavera están marcados en nuestra tradición por el número cuarenta: la Cuaresma que recorremos desde la ceniza hasta la semana más importante del año y más santa. ¿Qué significa el número cuarenta?

Es, ante todo, el número de una generación humana; es un número largo que pone a prueba nuestras enfermedades y debilidades –la cuarentena. Pero, como tantos otros números bíblicos, el cuarenta sirve, sobre todo, de referencia a una realidad anterior, sirve de memoria. La Cuaresma recuerda los cuarenta días que Jesús de Nazaret, antes de su ministerio, pasó en el desierto. Sus cuarenta días, por otro lado, recuerdan los cuarenta años que el pueblo de Israel, en sus orígenes, pasó en el desierto camino de la tierra prometida. Antes aún, el cuarenta señala los días del diluvio que significaron el inicio de un mundo nuevo.

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Tocado por la Ternura.

El domingo pasado veíamos acabar la jornada en Cafarnaúm con la “salida” de Jesús a “predicar” en otros pueblos. El episodio siguiente –la curación del leproso–, que leemos este domingo, acaba de la misma manera: el hombre, curado, “sale” a contar (“predicar” en el texto griego original) lo que Jesús ha hecho con él. El leproso sanado parece el primer apóstol de Jesús.

En el Antiguo Testamento, la lepra era considerada algo más que una enfermedad: era una impureza que apartaba del pueblo y, por tanto, de la elección, de la comunidad salvífica. La lepra era fuente de marginación física, social y religiosa.

El sacerdote, en esta circunstancia, tenía la misión de velar por la pureza del pueblo y, para ello, fomentar la separación del que no es puro, para que no queden todos contaminados. Si un leproso se curaba, el sacerdote debía certificarlo para que el sanado pudiera reintegrarse en la comunidad de los elegidos.

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