El pasado día de la Pandorga, un periodista de televisión entrevistaba a cuantos iban pasando a la catedral para ofrecer sus dones a la Virgen del Prado. Uno de los grupos pertenecía a la Hermandad de la Virgen de la Cabeza. El entrevistador preguntó si no había “competencia” entre ambas “Vírgenes”. Le contestaron de una forma muy sencilla: es la misma Virgen, María, la de Nazaret.
La Virgen del Prado en Santiago
Las Poderosas MACS
Hace unos días pude ver, a ratos, una película titulada Las poderosas Macs. Está basada en un hecho real. En los años setenta, el equipo de baloncesto de un colegio de monjas católicas, la Inmaculada, fue capaz de ganar el campeonato nacional de Estados Unidos durante varios años. La gran protagonista es la entrenadora, esposa de un entrenador de la NBA. Junto a ella, una monja joven ejerce las funciones de segunda entrenadora.
Cuando llegan a la final, la monja escribe en la pizarra del vestuario, con letras bien grandes, una palabra: BELIEVE, creer. Esta es la clave para llegar a la final y poder conquistarla. La palabra es muy adecuada, dirigida a un grupo de estudiantes de un colegio católico.
Literatura Viva
“Escribo esto porque las personas a las que amé están muertas”. Así comienza un autor israelí una de sus novelas más famosas.
A menudo, se escribe para poder expulsar el sufrimiento que llevamos dentro, para sanar la memoria de los vacíos que la vida nos ha ido dejando.
A menudo, el alma respira por los pulmones de la palabra.
El relato pone distancia a nuestros sentimientos, los objetiva, y nos sitúa frente a ellos para poder seguir viviendo sin su oscura opresión.
El relato ayuda, también, a seguir dibujando el rostro de quien hemos amado para que el tiempo no arranque de nuestra memoria sus trazos más concretos y su singularidad única.
El relato, a menudo, es un servicio a la memoria que nos ayuda a sanar y a vivir con nueva luz.
Muchos siglos antes de que Amos Oz comenzara su novela, otros escritores tomaron la pluma –literalmente– en la misma tierra en que el novelista judío escribe.
¿Por qué escribió Marcos su relato? ¿O Juan, el pescador? ¿También ellos estaban llenos de nostalgia? ¿Querían dejar por escrito su memoria viva, intentar expresar un amor tan grande que solo se pude comprender una vez que se ha marchado?
¿Por qué nos contaron los milagros del carpintero de Galilea? ¿Por qué se esforzaron en transmitirnos y explicarnos sus palabras? ¿Por qué nos hablaron de él, de sus relaciones, de sus proyectos, de sus promesas y su fracaso?
¿Podrían ser los evangelistas algo parecido a muchos escritores de novelas modernos, que convierten en belleza literaria la historia cotidiana de las relaciones humanas?
Jugando con las palabras de Oz, podríamos atrevernos a imaginar que Juan, el discípulo amado, podría haber comenzado su relato de la siguiente manera: “Escribo esto porque la persona a la que he amado está viva”.
Los evangelios no son relatos que nos llevan al pasado a través del interior de quienes lo han vivido. Son algo más: pretenden lanzarnos al futuro a través del interior del protagonista real de quien se habla. No es la literatura la que da vida a unas relaciones pasadas: es la persona viva la que, a través de esta literatura ungida, nos llama a una relación con futuro.
Unamuno llamaba novelas a los evangelios, pretendiendo ensalzarlos frente a cualquier confusión con un “cronicón cualquiera”. Y tenía parte de razón. Pero los evangelios no son una simple novela “basada en hechos reales”. Brotan de otro terreno, se expresan de un modo distinto y tienen otra finalidad.
Hay en ellos creación artística, esfuerzo literario, memoria expresada, sufrimiento transmitido. Pero no es la nostalgia su tono, ni es el autor su protagonista. Como diría Lewis, la poesía no está en el primer plano en los relatos de la Biblia.
Si es cierto que los personajes, en la novela moderna, quieren independizarse de su autor, podemos decir que, en los evangelios, el personaje principal adquiere todo su protagonismo y la palabra del autor literario está llamada a ser, ante todo, palabra suya. A través del discípulo nos está hablando el Maestro.
A parte de los temas, los protagonistas, el tono del relato, la veracidad histórica, y muchas otras cosas, tal vez la principal diferencia estriba en el motivo y la finalidad, en contraste con el bello inicio de Amos Oz: porque vive aquel a quien hemos conocido, os transmitimos su palabra y su aliento para que también vosotros podáis conocer su amor.
De hecho, así comienza Juan otro escrito suyo que intenta ayudarnos a interpretar su evangelio: “Os anunciamos la Palabra de vida, lo que existía desde el principio, para que también vosotros participéis de esta comunión”.
Por eso, la lectura de los evangelios no está llamada a producir, ante todo, un placer literario, sino una inquietud que hace posible la fe.
MANUEL PÉREZ TENDERO
Cizaña creciente
“Sembrar cizaña” es una expresión común entre nosotros que proviene de una parábola de Jesús. El dueño de un campo sembró semilla buena en su terreno; pero, por la noche, el enemigo sembró cizaña en su campo. Con el tiempo, la cizaña empezó a brotar junto con el trigo. La primera pregunta de los criados es sobre el origen: “Señor, ¿de dónde sale la cizaña si tú sembraste semilla buena?”
El bien y el mal siguen conviviendo en la historia. En estos últimos días, parece que la cizaña se ha multiplicado de forma creciente. “¿De dónde?”, es la pregunta que los siervos le hacemos a nuestro Señor. ¿Por qué? ¿Cuál es el origen de tanto mal, del mal que produce el ser humano? ¿No fue el mismo Dueño de la historia quien modeló el corazón del hombre y sembró, también en él, semilla buena?
En la parábola, el dueño responde: “Un enemigo lo ha hecho”. Existe, desde la perspectiva bíblica, un origen personal en el misterio del mal. En la explicación posterior de la parábola, en casa, Jesús pone nombre a este enemigo: el diablo. La cizaña que crece es identificada con los partidarios del Maligno.
¿Es esto cierto? ¿No será el Nuevo Testamento, y la misma idea de Jesús, fruto de una concepción mítica y caducada del misterio del hombre y de la historia? El mal existe, qué duda cabe; pero, ¿cuál es su origen? ¿Es solo cuestión de un conjunto de personas con el corazón torcido? De su origen brota también el misterio de su solución: ¿se puede erradicar el mal, sin más, con buenas intenciones, cambiando el rumbo que lo originó? ¿No tenemos la impresión, más bien, que se nos va de las manos muchas veces, que nos desborda?
La parábola de la cizaña se puede aplicar también de forma individual: en cada uno de nosotros existe la buena semilla y la cizaña; pero no es esta la perspectiva original de la parábola, sino el sentido histórico, social. Existe el mal, existe una libertad que quiere el mal, que toma decisiones para hacer daño al hombre, para sembrar división y dolor, para que haya muerte y se quiebre la esperanza.
La segunda pregunta que surge en la parábola es sobre la erradicación de la cizaña: “¿Quieres que la arranquemos?”, preguntan los criados al amo. Él responde de forma negativa, porque se podría perder también el trigo. Se debe dejar que crezcan juntos hasta el final. Allí, aparecen unos nuevos personajes: los segadores. Ellos hacen la cosecha del trigo para el amo y arrancan la cizaña para arrojarla al fuego. Aunque la parábola no lo dice, podríamos pensar que los siervos no serían capaces de arrancar toda la cizaña; pero el amo, sí. Una pregunta que surge siempre en la historia a Aquel que la conduce con sabiduría es: “¿Por qué permites que el mal crezca?” Además de preguntar por su pasado, por su origen, nos preguntamos por el presente, por el dolor que el mal nos sigue causando: ¿no puede Dios en su poder acabar con él? Al menos, que nos deje intentarlo a nosotros…
En la respuesta de la parábola hay mucha sabiduría: crecen demasiado juntos el trigo y la cizaña, es imposible quitar uno sin dañar al otro. El maniqueísmo ha pretendido siempre separar con nitidez ambas dimensiones y, a la larga, termina por considerar cizaña casi todo lo sembrado.
Pertenece a la historia de este mundo la ambigüedad moral, la coexistencia del bien y el mal. Dios se empeña, con los hombres, en hacer que prevalezca el bien, que no domine la cizaña; pero la solución final no llegará hasta el fin de los días.
De hecho, entre la parábola de la cizaña y su explicación, tenemos otras dos parábolas que nos ayudan a entenderla mejor: la semilla de mostaza y la levadura. Ambas nos recuerdan la importancia de lo pequeño que crece y se multiplica. Nadie conoce, ni siquiera el Maligno, todas las posibilidades de vida que tiene la semilla sembrada por Dios en nuestra historia. Hemos visto, en muchas ocasiones, el gran alcance que el mal puede llegar a tener, pero no sospechamos la fuerza muy superior del bien, aunque aparece siempre como realidad pequeña y frágil.
Ante tanto mal y tanta muerte que se multiplican a nuestro alrededor, buscamos la sabiduría del Maestro, nos interrogamos para poder comprender, actuar y acrecentar la esperanza.




