A solas al atardecer
Ha terminado el milagro. Es necesario despedir a la multitud. Los discípulos suben a la barca: ¿para regresar al hogar? ¿Para iniciar su tarea de pesca en la noche? La multitud vuelve a las aldeas, los discípulos surcan el lago, Jesús se dirige al monte. A solas, para orar.
Junto a la oración oficial del pueblo, de la que Jesús participó desde pequeño, existe también una oración personal. Toda persona religiosa, de cualquier creencia, se siente llamado a esta personalización de la relación con Dios. Jesús frecuentó este trato personal con Dios, seguramente, como nadie en la historia.
Esta práctica nos habla del profundo sentido religioso de la persona y la misión de Jesús. El Maestro de Galilea hacía milagros, predicaba en parábolas, comía con los pecadores, pero todos sus actos estaban marcados por su relación con Dios. A menudo, los investigadores más expertos en los evangelios olvidan esta dimensión fundamental de quien era profeta, taumaturgo, Mesías y muchas cosas más: él era, ante todo, un hombre de Dios.
Hacia el domingo…13 de agosto de 2017
Desde la montaña
Subieron a un monte alto. Su rostro se llenó de luz y sus vestidos resplandecían, transmitiendo el fulgor interno que brotaba de un cuerpo como el sol. ¿Qué impresión causó esta visión en los tres escogidos que subieron a la montaña con él?
Pero aún hubo más. Se aparecieron dos personajes clave de las antiguas Escrituras: Moisés, el fundador y legislador, junto a Elías, el profeta. La Escritura hablando con la Palabra, los antiguos profetas conversando con el Mesías: ¿podía haber mayor privilegio para los tres pescadores del lago de Galilea?
Pero aún hubo más. Llegaron la nube y el trueno. Como en los tiempos primeros, Dios se hacía presente con toda su grandeza y pronunciaba su palabra. Ya no eran ni Moisés ni Elías, no eran la Ley ni los profetas, no se trataba de las Escrituras, sino de la misma voz viva del Todopoderoso.
No sabemos lo que dijeron Moisés y Elías, no sabemos lo que les dijo Jesús. Pero sí se nos dice lo que dijo la voz, y sabemos quiénes eran sus destinatarios: los tres escogidos y, junto a ellos, nosotros, lectores creyentes que, gracias al Evangelio, somos subidos al monte y podemos hacernos presentes en la misma escena del Tabor.
La voz dice de forma muy clara: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.
