Todos tenemos una biografía a nuestras espaldas, con sus alegrías y sus esperanzas frustradas, con sus heridas y sus logros. Todos tenemos, también, un presente y atisbamos un futuro. Todos vivimos un mundo de relaciones humanas, familiares y de amistad. Tenemos una relación laboral con la sociedad y con la realidad.
En el corazón de estas dimensiones, algunas personas cuentan con la presencia de un ser sobrenatural y bondadoso al que llaman Dios. Le piden ayuda, saben que son responsables ante él de todos sus actos, en el presente y en el futuro; también celebran sus ritos en su presencia, poniendo en relación todas las dimensiones de la vida con la dimensión religiosa: nada de lo humano le es ajeno a Dios, creador de todas las cosas.
En esta radical dimensión religiosa del ser humano se inserta el cristianismo. Pero existe un matiz importante.
El fenómeno cristiano nace por la irrupción de un hombre en la vida de un conjunto de personas judías en el siglo primero de nuestra era. Las palabras y los gestos de ese hombre, sus milagros y su autoridad, pero sobre todo su propia muerte, van a cambiar la vida de unos pocos hombres y mujeres de las regiones de Galilea y Judea. La amistad con ese hombre les ha marcado para siempre, una relación personal que configura sus vidas desde la raíz.
