La Anciana Isabel

No sé si la siguiente carta expresa correctamente el corazón de mi anciana amiga Isabel.

Estimados señores políticos:

Me gustaría dirigirme a ustedes para pedirles una actitud de la que se habla mucho en estos tiempos: misericordia. Seguro que han oído hablar de ella, aunque provenga de ámbitos cristianos. Les ruego misericordia para personas como yo, cercanas ya al final de sus días.

Hace muchos años mis hijos tarareaban una canción muy famosa de un señor inglés que vivía en Nueva York; Imagine se titulaba. Su melodía era entrañable, pero a mí nunca me gustó. Aquel señor nos invitaba a imaginar un mundo perfecto… Sigue leyendo «La Anciana Isabel»

La otra tarea

“No hay en verdad ningún otro problema europeo que la vida del espíritu y su logro”. ¿Será verdad esta proclama filosófica de un alemán de principios del siglo pasado?

¿Cuáles son los problemas de Grecia? ¿Y los de España? ¿No pertenecen al ámbito de lo económico y tienen que ver también con los problemas de la inmigración? La “tarea de nuestro tiempo”, ¿no consiste en conservar el “Estado del bienestar”? ¿No es esto lo que le pedimos a nuestros políticos y científicos? Nuestras tareas manifiestan quiénes queremos ser.

El silencio de los poetas, la falta de tiempo para la lectura y el diálogo profundo, la postergación de los problemas hondos del ser humano y, por otra parte, el protagonismo creciente de los políticos, periodistas, empresarios, figuras del deporte y el espectáculo, ¿no dependen del nivel de hondura de los hombres y mujeres de nuestra sociedad?

Lo que cada día la televisión y los periódicos nos informan no es otra cosa que los síntomas del espíritu de nuestra época, el espejo de nuestros horizontes humanos.

¿Qué es lo que nos importa de veras? Lo inmediato y lo superficial, lo individual y placentero: ¿tienen algo que ofrecer que verdaderamente importe? ¿Qué siembra dejaremos para el futuro desde nuestros sufrimientos e inquietudes presentes?

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Esa sed…

I

Hombre, ¿A qué le tienes miedo? Eres el rey de la creación y te aturdes en medio del nido de la vorágine, de la codicia y de la ambición.

¿Aún no te has dado cuenta de que es en el silencio de tu interior donde nacen todos esos susurros suaves que buscas fuera? ¿De que, a Dios, hay que buscarlo en la suavidad de la brisa?

Busca dentro de ti y llámalo, quedito. Él es suave y no está en el estruendo. Tienes un hambre y una sed que tú no sabes saciar; y los demás no te la saciarán tampoco, porque esa, la saciará sólo Aquel que la puso dentro de ti, y tú debes saber que ahí donde está esa sed, no has dejado entrar a nadie: ella necesita del que te la creó.

Búscalo dentro de ti, sin ruido, en el silencio de tu cuarto o en el de un templo, en esa plegaria que se quiere escapar de tus labios y, a veces, cuando va a brotar de tu corazón, la ahogas y no la dejas salir porque te niegas a querer creer que Dios existe.

¡Si vieras qué fácil es dejarse ganar por esa suavidad que Dios da al corazón, dejarla entrar y hallar la paz dentro de ti mismo!

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