«No obstante, afirmaban que su mayor culpa o error había consistido en la costumbre de reunirse en un día señalado antes de rayar el sol para cantar a coros un himno a Cristo como Dios, y obligarse mutuamente mediante juramento no a cometer crímenes, sino a no cometer hurtos, ni robos, ni adulterios, a no faltar a la palabra dada, a no negarse a restituir un depósito si se lo reclamaban».
Aunque había nacido en Como, la preciosa ciudad del norte de Italia que se refleja en el lago que lleva su nombre, Plinio el Joven había hecho carrera en Roma. Con el tiempo, fue nombrado por el emperador Trajano gobernador de Ponto y Bitinia, en la zona de Asia Menor bañada por el mar Negro. Fue un gobernador prudente y eficaz.
Plinio debió ocuparse de muchos problemas que sus antepasados habían dejado en el gobierno de aquellas provincias. Pero tuvo que afrontar también un problema nuevo para él: el caso de muchas personas, de toda condición social, que eran acusados de ser cristianos. Plinio, hombre prudente, consulta al emperador sobre qué actitud debe seguir: ¿se debe perseguir a los cristianos por el mero hecho de serlo, por el nombre, o solo cuando han cometido un delito?
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