Buscar el desierto.

Siete nombres: Tiberio, Poncio Pilato, Herodes, Felipe, Lisanio, Anás y Caifás. Unidos a sus respectivos títulos de autoridad sobre los territorios gobernados, estos personajes sirven al evangelista san Lucas para situar el comienzo de la vida pública de Jesús en el corazón de la historia de la humanidad.

Desde el más lejano y poderoso, el César de Roma, hasta los más cercanos y con un poder más limitado: los sumos sacerdotes. En este sucederse de nombres poderosos, la Palabra de Dios viene… sobre Juan, un nuevo personaje. Él no pertenece a ningún ámbito de poder: ni político ni religioso, ni lejano ni cercano. Pero es él el elegido por Dios para ser profeta de su palabra, para preparar al pueblo para los tiempos finales. Y lo hace en el desierto, lejos de la ciudad, en la soledad y el silencio de parajes inhóspitos.

Dios viene –recordamos en este Adviento– llega el fin de la historia, la victoria definitiva del bien se va acercando. Para preparar la meta de los tiempos, Dios envía mensajeros que ayuden al pueblo a disponerse y colaborar en esta irrupción del Reino de la justicia.

Estos mensajeros no son el emperador Tiberio, ni los reyes vasallos de los territorios de Oriente, tampoco los sacerdotes jefes, sino un desconocido que vive en la soledad de la estepa, con la austeridad de quien no tiene nada que perder.

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Marcha de Adviento.

Los jóvenes de nuestra parroquia participan este fin de semana en la Marcha de Adviento, de Miguelturra a Ciudad Real. ¡Una buena manera para prepararse para el tiempo de Adviento! 🙂

El corazón se hace pesado.

Recuerdo aquel chiste malo que decía cómo un hombre llevaba un yunque por el desierto. ¿Para qué? Él lo tenía muy claro: por si se presentaba un león u otra fiera, al soltarlo quedaría libre para correr más rápido…

En la vida, nos vamos cargando de yunques y los vamos portando por el desierto de nuestros caminos. ¿Su utilidad? Quizá no tengamos mejor respuesta que la del hombre del chiste.

La libertad tiene que ver con la soltura, con la ligereza, con la falta de peso, con la agilidad. El peso esclaviza; los bolsillos llenos nos impiden avanzar más deprisa.

Jesús de Nazaret también fue maestro clarividente de libertad. Antes de marchar, dejó a sus discípulos en atenta espera de la plenitud del Reino. Para ello, debían estar vigilantes, preparados, libres; aunque tardara en llegar el día definitivo. La rutina aparta nuestra mirada de lo que realmente importa y nos hace buscar otras ocupaciones para llenar nuestro vacío.

“Tened cuidado con el vicio, la bebida y los agobios de la vida” dice Jesús de forma explícita y clara a los suyos. Estas cosas “llenan de peso el corazón” y deja de esperar.

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