Siete nombres: Tiberio, Poncio Pilato, Herodes, Felipe, Lisanio, Anás y Caifás. Unidos a sus respectivos títulos de autoridad sobre los territorios gobernados, estos personajes sirven al evangelista san Lucas para situar el comienzo de la vida pública de Jesús en el corazón de la historia de la humanidad.
Desde el más lejano y poderoso, el César de Roma, hasta los más cercanos y con un poder más limitado: los sumos sacerdotes. En este sucederse de nombres poderosos, la Palabra de Dios viene… sobre Juan, un nuevo personaje. Él no pertenece a ningún ámbito de poder: ni político ni religioso, ni lejano ni cercano. Pero es él el elegido por Dios para ser profeta de su palabra, para preparar al pueblo para los tiempos finales. Y lo hace en el desierto, lejos de la ciudad, en la soledad y el silencio de parajes inhóspitos.
Dios viene –recordamos en este Adviento– llega el fin de la historia, la victoria definitiva del bien se va acercando. Para preparar la meta de los tiempos, Dios envía mensajeros que ayuden al pueblo a disponerse y colaborar en esta irrupción del Reino de la justicia.
Estos mensajeros no son el emperador Tiberio, ni los reyes vasallos de los territorios de Oriente, tampoco los sacerdotes jefes, sino un desconocido que vive en la soledad de la estepa, con la austeridad de quien no tiene nada que perder.

