Se multiplican, cada verano, las formas distintas de vacación que elegimos para romper la monotonía del año. Muchos eligen la playa; otros, prefieren un turismo más de interior y cultural. Aumentan los viajes al extranjero, cada vez con destinos más exóticos y lejanos. Ya no es extraño encontrarse con alguien que ha viajado a China, Vietnam, Nueva Zelanda,…
Otros prefieren una experiencia más tranquila y eligen algún balneario para cuidar el cuerpo y reposar el espíritu. No faltan los que retornan al pequeño pueblo de los padres para vivir, con sus hijos, la libertad de los espacios pequeños y el frescor de las casas antiguas.
Entre todas estas experiencias, abunda cada vez más la búsqueda de enriquecimiento religioso: el Camino de Santiago, las peregrinaciones a Tierra Santa, los cursos de verano, los campamentos, los Ejercicios Espirituales.
Cada semana tiene su domingo y cada año tiene sus vacaciones. El descanso es una dimensión fundamental de la actividad humana. Lo descubrieron los judíos, con la institución del Shabat, y todos lo hemos ido asumiendo poco a poco.
¿Qué es descansar? ¿Qué necesita el cuerpo y la persona para retomar fuerzas? Está claro que no consiste, simplemente, en el cese de toda actividad. A menudo, los que vuelven de vacaciones llegan más cansados de lo que se marcharon. ¿Cuál es el descanso que necesita nuestra año ajetreado?
