DESCANSO

Se multiplican, cada verano, las formas distintas de vacación que elegimos para romper la monotonía del año. Muchos eligen la playa; otros, prefieren un turismo más de interior y cultural. Aumentan los viajes al extranjero, cada vez con destinos más exóticos y lejanos. Ya no es extraño encontrarse con alguien que ha viajado a China, Vietnam, Nueva Zelanda,…

Otros prefieren una experiencia más tranquila y eligen algún balneario para cuidar el cuerpo y reposar el espíritu. No faltan los que retornan al pequeño pueblo de los padres para vivir, con sus hijos, la libertad de los espacios pequeños y el frescor de las casas antiguas.

Entre todas estas experiencias, abunda cada vez más la búsqueda de enriquecimiento religioso: el Camino de Santiago, las peregrinaciones a Tierra Santa, los cursos de verano, los campamentos, los Ejercicios Espirituales.

Cada semana tiene su domingo y cada año tiene sus vacaciones. El descanso es una dimensión fundamental de la actividad humana. Lo descubrieron los judíos, con la institución del Shabat, y todos lo hemos ido asumiendo poco a poco.

¿Qué es descansar? ¿Qué necesita el cuerpo y la persona para retomar fuerzas? Está claro que no consiste, simplemente, en el cese de toda actividad. A menudo, los que vuelven de vacaciones llegan más cansados de lo que se marcharon. ¿Cuál es el descanso que necesita nuestra año ajetreado?

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¿DE DÓNDE NOS VIENE EL PAN?

“¿No es este el hijo de José? ¿No conocemos a su madre y a sus parientes?” Todos los evangelios recuerdan este escándalo de los paisanos de Jesús que, en el fondo, es el escándalo del hombre ante un Dios demasiado cercano.

Creer en Dios no resulta fácil, especialmente en los tiempos que corren. Resulta aún más difícil aceptar sus mediaciones: santuarios, sacerdotes, normas, dogmas,… Pero, ¿cómo creer en un hombre? Esto parece ya imposible. O, tal vez, sea una imposibilidad que se ha hecho único camino posible de fe para una sociedad que dice solo creer en el hombre.

Cuando, entre nosotros, el hombre se hace más poderoso que Dios; cuando la religión va descendiendo en incidencia social. Quizá, entonces, se despejan nieblas para poder aceptar a Jesús.

Creer en un hombre que es Dios es solo posible como fruto de un milagro. Pero, después de haber acogido ese milagro, el hombre puede llegar a ver que esa fe le humaniza como ninguno de sus sueños, más allá de todas sus conquistas.

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BAJO UNA SINAGOGA BLANCA

“Los restos de la sinagoga de Cafarnaúm conforman uno de los lugares más dignos de ser visitados en Palestina”. Así se expresaba un famoso arqueólogo en el siglo pasado. Gran edificio público, construido con piedra blanca caliza, traída desde lejos; dinteles bellamente labrados, columnas esbeltas: en el siglo cuarto de nuestra era una gran comunidad judía construyó un bello edificio junto al lago de Galilea. La piedra blanca resalta aún más entre los restos del poblado antiguo, todos ellos de basalto negro, piedra abundante en la región.

La entrada está orientada hacia el sur, hacia Jerusalén. Ahí se leía la Ley y todos los participantes oían la palabra con el cuerpo, la mirada y el corazón orientados hacia la ciudad santa.

Uno de los adornos más bellos de la sinagoga es un bajorrelieve de un arca de la alianza –lugar donde se guardaban los rollos de la Ley– con ruedas. Es algo más que una mera cuestión práctica: la Ley se mueve con los creyentes, Dios se mueve y camina con su pueblo.

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Hijos del Trueno

Santiago siempre nos habla de camino. Las dos tradiciones españolas sobre este “hijo del trueno”, hermano de Juan, así lo atestiguan.

Su presencia en Compostela, como meta que puso en pie a muchos europeos y, de esta manera, hizo nacer el espíritu de España y Europa. Pero también la tradición de Zaragoza, en el pilar junto al Ebro: un apóstol venido de lejos –como más tarde hará san Pablo– para transmitir un tesoro que le cautivó a él en las otras orillas del Mediterráneo. Un apóstol tentado y cansado, pero que vence las dificultades con la ayuda de la discípula-madre, que da firmeza y esperanza a la tarea del apóstol.

La impresión que tenemos en los comienzos del tercer milenio es que escasean los peregrinos. ¿Por qué? El peregrino es aquel que busca algo y se pone en camino para encontrarlo, sin quedarse en los atractivos o las dificultades del recorrido. Tal vez, el hombre de hoy, el europeo de hoy –quizá el mismo cristiano medio de hoy– ya no busca nada, ha perdido sus inquietudes más profundas; sus interrogantes más humanos se ahogan en la trastienda de sus necesidades más inmediatas.

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