Hijos del Trueno

Santiago siempre nos habla de camino. Las dos tradiciones españolas sobre este “hijo del trueno”, hermano de Juan, así lo atestiguan.

Su presencia en Compostela, como meta que puso en pie a muchos europeos y, de esta manera, hizo nacer el espíritu de España y Europa. Pero también la tradición de Zaragoza, en el pilar junto al Ebro: un apóstol venido de lejos –como más tarde hará san Pablo– para transmitir un tesoro que le cautivó a él en las otras orillas del Mediterráneo. Un apóstol tentado y cansado, pero que vence las dificultades con la ayuda de la discípula-madre, que da firmeza y esperanza a la tarea del apóstol.

La impresión que tenemos en los comienzos del tercer milenio es que escasean los peregrinos. ¿Por qué? El peregrino es aquel que busca algo y se pone en camino para encontrarlo, sin quedarse en los atractivos o las dificultades del recorrido. Tal vez, el hombre de hoy, el europeo de hoy –quizá el mismo cristiano medio de hoy– ya no busca nada, ha perdido sus inquietudes más profundas; sus interrogantes más humanos se ahogan en la trastienda de sus necesidades más inmediatas.


Por eso, la búsqueda espiritual ya no mueve desde dentro sus pasos de caminante. Se hace el Camino, pero no como fruto de una necesidad interior. Se celebran fiestas y procesiones, pero como rutina-tradición que, a lo sumo, pretende mantener una supuesta riqueza de nuestro pasado. Incluso, muchos creyentes escuchan la Palabra, pero sin buscar la voz que resuena en ella ni el Rostro que la pronuncia.

Debajo de nuestra sociedad en crisis existe una tipología humana, un modelo antropológico que se conforma con lo inmediato y lo de fuera. Pero esto no es una novedad de nuestro presente. Al propio Santiago, galileo del pasado, le sucedía algo muy parecido: se puso en camino con su hermano para seguir al Maestro de Nazaret, pero no acababa de entender su mensaje y su meta.

Con su hermano, pretendía un lugar de privilegio junto a aquel que consideraban el Mesías esperado. Seguir a Jesús era conquistar el Reino, situarse ante el mundo desde arriba. Subir a Jerusalén, peregrinar, era ganar notoriedad.

En otro momento, también junto a su hermano, se enfadaron contra un pueblo samaritano que no quiso acoger a los discípulos que se dirigían con su Maestro a Jerusalén. Ellos, los “hijos del trueno” quisieron enviar fuego sobre aquel pueblo, impetrar el castigo divino sobre sus oponentes. En el camino, peregrinando con Jesús, no supieron comprender los caminos de la misericordia y el amor al extraño.

Como Santiago, muchos somos los peregrinos de la vida que iniciamos el camino con unas motivaciones no siempre puras y que nos humanizan. Ser peregrino con Santiago significa aprender en el camino, convertir nuestras motivaciones, purificar nuestras búsquedas.

El peregrino cristiano, en concreto, aprende con Santiago estas dos dimensiones en las que el Maestro purifica su camino: la humildad y el amor.

La meta está en lo alto, es fruto del esfuerzo; pero está también en lo más bajo. A veces, cuesta más bajar que subir. La fama más importante se guarda en la memoria oculta del Todopoderoso, ante quien nada queda en el olvido. El peregrino está dispuesto a aprender la asignatura más difícil de la vida: ser hombre es vivir en la humildad.

Con Santiago, el peregrino también aprende a sobrellevar el rechazo de los demás con amor y perdón. Hay pueblos que no están de acuerdo con nosotros y no nos acogen, existen personas que se oponen a nuestro camino. ¿Qué nos enseña el Maestro que camina con nosotros? La misericordia, el amor al extraño. También por ellos peregrinamos.

Con Santiago, apoyados por el ánimo de la madre-discípula, seguimos haciendo camino y construyendo el Reino.

Manuel Pérez Tendero